Pedro Almodóvar. Foto: El Deseo.
Cine Pedro Almodóvar: "Sería una agonía vivir sin rodar una película cada año y medio"Imparable, febril, insomne y adicto al cine, su vocación y su salvación, el cineasta manchego vuelve a la cartelera con ‘Amarga Navidad’, en la que se autorretrata con fiereza.
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Alberto Ojeda Publicada 17 marzo 2026 01:55hPedro Almodóvar (Calzada de Calatrava, 1949) ha tenido una noche toledana de las suyas, por lo que llega a la entrevista sin haber pegado ojo. Su frenesí creativo es tan apremiante que resulta imposible conciliarlo con el sueño. Apaga el ordenador tras teclear las últimas líneas del guion en curso y se va a la cama. Antes, ingiere la dosis de somníferos prescrita por su psiquiatra. Ya tumbado, de repente, saltan los chispazos: un giro de guion, una faz diversa para un personaje, un detallito para la puesta en escena... Entonces no hay remedio: toca levantarse y anotarlo, no vaya a ser que se extravíe en los abismos del insomnio. “Mi vida es un cuadro. Si me grabaran en mi casa…”, dice, con una media sonrisa que no opaca el poso trágico del asunto.
Así, en medio de esa batalla interior, va confeccionando las tramas de sus películas. La última, Amarga navidad, que estrena el próximo viernes 20. Es la vigésimo cuarta de su trayectoria, iniciada en 1980 con Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón. El nuevo filme, una autoficción despiadada consigo mismo, espejea con Dolor y gloria: el protagonista es aquí también un director trasunto del propio Almodóvar, interpretado ahora por Leonardo Sbaraglia (sucede a Antonio Banderas). Raúl Durán, que así se llama el cineasta con obvias hechuras almodovarianas, intenta poner en pie la historia de una directora de culto en el dique seco (Bárbara Lennie). Durante el empeño, le asaltan temores diversos: repetirse, caer en la autocomplacencia, devenir un pequeño tirano obsesionado con engrosar su filmografía al precio que sea…
Es un asedio de múltiples fantasmas que también sobrevuelan el cabello cano y cuidadosamente alborotado de Almodóvar mientras hilvana respuestas en su despacho de la productora El Deseo. Son la tres de la tarde. En su cara no hay rastro de la huella insomne. Al contrario: proyecta luz. Procede esta de la fiebre de la vocación, que le impulsa y que le embala. Almodóvar, imparable, se confiesa durante una hora larga, hasta que sus custodias se dan cuenta de que la charla se está yendo de madre.
Pregunta. Ya se autorretrató en Dolor y gloria. ¿Cómo completa el cuadro autoficcional Amarga navidad?
Respuesta. Dolor y gloria mostraba la pasividad causada por el dolor de espalda tras una operación como la que me practicaron a mí, y esta también comienza con dolores, sobre todo migrañas, pero el dolor más significativo es la crisis de creación que atraviesa Elsa [Lennie]. No puede vivir sin rodar. Para mí también sería una agonía no hacer una película cada año y medio.
P. La historia de la directora de culto con migrañas ya la tenía escrita. Se recoge en esa compilación de relatos suyos que es El último sueño (Reservoir Books). ¿Cómo surge la idea de superponerle un nuevo plano, en el que aparece otro director, trasunto obvio suyo?
R. En la época en que lo escribí, en 2003 o 2004, también sufría migrañas. Una vez se me juntaron con un ataque de pánico. Fui a urgencias, me ingresaron, me quitaron el dolor de cabeza, pero la ansiedad persistía. Desde el principio vi claro que la película alternaría esta historia con otra: la de un director que la iría escribiendo. Lo que no sabía es que, cuando la estuviese terminando, entraría en tromba el personaje de la asistente.
P. Los finales se imponen, es algo que suele repetir. En ese punto se eleva la película: hace de ella un trabajo mucho más arriesgado y original.
R. Mónica [Aitana Sánchez-Gijón] surgió de un modo iracundo, cuestionándolo todo. Y ahora veo que, si no hubiera surgido, Amarga navidad me habría interesado muchísimo menos. Hace que la película se interrogué a sí misma y que cuestione al autor, en el que yo me proyecto. Hay un placer masoquista en ello.
P. Y tanto: parece una inmolación pública.
R. Ella lo pone contra las cuerdas, lo tiene casi destruido. Él topa con alguien que no conoce, aunque ha estado a su lado 20 años. No la conoce porque nunca le ha preguntado por sus problemas. El director es como un reyezuelo, un semidios. Pero ahí aflora su llama, y se rebela. En ese momento se da cuenta de que tiene que cambiarlo todo. Encuentra luz en la mayor oscuridad, en la mayor agresión.
P. La mala conciencia por haber sido un déspota ensimismado le moviliza. El resquemor interior es un motor creativo muy potente, ¿no?
R. Es muy importante, porque un creador, si encuentra muy inspirador algo que haya compartido con otra persona, nunca mira por esta si le va bien utilizarlo. El valor de lo que está haciendo no es comparable con nada. Y eso es injusto.
Almodóvar en el rodaje de 'Amarga Navidad'. Foto: ©El Deseo / Iglesias Mas.
P. Recuerda a lo que dice Carrère: que tener un escritor en la familia siempre es problemático.
R. Exacto. Los escritores se llevan muy mal con las familias. Somos muy egoístas, y yo no he querido evitar que se viese ese egoísmo en la película. Expongo mis cartas cuando el director dice: “Yo solo sé escribir desde la libertad absoluta”. Ella le pregunta: “¿Caiga quien caiga?”. Ahí se queda sin respuesta.
P. ¿Y Pedro Almodóvar la tiene?
R. Trato de no hacer mal a nadie conscientemente, pero es un debate moral al que no le veo una respuesta clara. El único reproche serio que me han hecho fue por el personaje de María Barranco en Mujeres al borde de un ataque de nervios.
P. ¿Y eso?
R. Porque está inspirado en una amiga mía que ligó con un jefe etarra. Se lo llevó a casa. Les fue muy bien la primera noche. Al tercer día apareció con unos amigos y al cuarto le revelaron que eran un comando. Ocho años después escribí Mujeres… y convertí el dolor de mi amiga, que estuvo nueve meses en la cárcel, en Candela, una mujer que era la alegría de vivir y la inocencia más absoluta. Pero ella me dijo que cómo me había atrevido a hacer eso. “Es un homenaje que te hago y ahora hace feliz a mucha gente. Además, nadie te va a reconocer”, le contesté. Pero ella me aclaró: “Él se va a reconocer”. Y tenía razón.
P. En ese careo entre Mónica y el director también queda patente que a una figura consagrada, con poder, le es fundamental tener a alguien que todavía se atreva a decirle las verdades del barquero.
R. Totalmente. Si no, puedes convertirte en un gilipollas. Lo peor es no enterarte de qué va la vida de los demás. Yo le he adjudicado ese papel a dos personas, para que puedan decirme: “No, Pedro, las cosas no van por ahí”. Son mi referencia segura, y muchas veces no están de acuerdo conmigo.
P. Esos ‘consejeros’ de confianza parecen esenciales en su caso, que con el nuevo milenio inició un proceso de aislamiento que supuso cortar relaciones con muchas personas de su entorno.
R. Ya a principios de los 90 tuve que decidir si seguir viviendo de un modo excitante o trabajar en el medio para el cual había nacido, y no digo esto por lo del talento sino por la vocación, que yo la sentía desde pequeñito. Las noches, y lo que va asociado a ellas, desaparecieron de mi vida. Al llegar a los 2000 reduje mi círculo más todavía. Es algo que se refleja en mis películas, cada vez con menos personajes. Salgo poco, alguna vez a cenar o a comer con amigos. Quizá estoy más aislado de lo deseable, porque no hago más que leer en los periódicos lo bueno que es tener un buen grupo de amigos. Hay muchas enfermedades que tienen que ver con la soledad y la obesidad, y yo vivo entre esos dos elementos.
"Al llegar a los 2000 reduje mi círculo más todavía. Es algo que se refleja en mis películas, cada vez con menos personajes"
P. Pero cuando está rodando comparte espacio con mucha gente.
R. Los rodajes los vivo en una especie de trance en el que yo manipulo todas las piezas para darle vida a una fantasía mía. El director está solo. Él sabe detalles que no están escritos en el guion. Y solo él conoce su reacción frente a todo lo que se está haciendo. Y si tienes dudas, no hay nada peor que decirle al equipo: “Pues no sé ahora si este plano es mejor con esto o con lo otro. ¿Qué os parece?”. Solo lo hice una vez, y cada uno me dijo una cosa, con lo cual el resultado era el caos. El director tiene que responder –no le exagero– doscientas o trescientas preguntas cada día, y de algunas de ellas no sabe la respuesta, pero tienes que darla porque, si no, se paraliza el proceso.
P. O sea, no recomienda a los directores manifestar dudas.
R. Ninguna, ninguna [Sonríe].
P. Pero ¿compartir esos dilemas no ayuda a embarcar al equipo en el proyecto?
R. Sí, sí. No soy tan drástico, porque tengo un ayudante de dirección que es casi mi espejo, y con él comparto muchas dudas. Pero algunas trascienden al equipo, tienen que ver contigo mismo en relación al material que estás moldeando. Un rodaje es un viaje muy personal que hago en un barco donde siempre hay un camarote para mí solo.
P. Aparte, a base de consultar, te puedes acabar arrepintiendo de haberte dejado permear por criterios ajenos y ver que el resultado no responde a tu idea original.
R. La verdad es que yo soy dueño de todas mis películas. Hay tres o cuatro en las que encuentro bastantes defectos. Bueno, más de tres o cuatro. Yo me hago cargo de ellos, y eso es bueno. Lo que peor me sentaría es que hubieran sobrevenido por imposiciones, por ejemplo, de una plataforma. Yo no he trabajado con plataformas, pero oigo cosas horribles.
P. De hecho, no se resiste en la película a lanzar un venablo contra Netflix. Lo pone en boca de ese director que se parece tanto a usted.
R. Sí, lo lanzo, pero yo respeto absolutamente el mundo de las series y las plataformas. Por primera vez desde que hago cine en España hay una industria audiovisual, y la han creado las plataformas. Hoy es muy difícil armar un equipo porque están todos trabajando. Es muy positivo en una profesión tan precaria. Aunque yo desecho para mí sus modos de producción. No es, como dicen los ingleses, my cup of tea.
P. ¿Esos modos de producción qué consecuencias tienen?
R. Que el cine se parezca cada vez más a la televisión. El cine que se hace ahora mismo, en general, no es comparable con el que se hacía hace 20 o 30 años. Aunque también hay que decir que todo esto ya empezó cuando las grandes cadenas televisivas, Telecinco y Antena 3, producían películas muy caras y las promocionaban de manera que ni Spielberg podía igualar. Deberíamos haberlas acusado de competencia desleal. Metían la promoción hasta dentro de la trama de sus series y sus realities. Hacían un cine con actores muy conocidos para competir en la franja de máxima audiencia. Esas pelis ya desprendían un tufo televisivo. Pero, bueno, siempre hay buenas películas.
Fotograma de 'Amarga Navidad'. Foto: ©El Deseo / Iglesias Mas.
P. Díganos alguna que haya visto últimamente.
R. Un buen ejemplo son las cinco películas de habla no inglesa nominadas al Oscar. Si las comparamos con las diez nominadas a mejor película, en la categoría gorda, las primeras son infinitamente mejores que estas. Ninguna es comparable a Sirat, por ejemplo.
P. Parece que tiene pocas opciones de llevarse la estatuilla.
R. El Oscar está entre Valor sentimental y El agente secreto. Pero, vamos, el paso de Oliver ha sido gigantesco.
P. Volviendo a Amarga navidad. La asistenta lo que más reprocha al director es la autocomplacencia y repetirse. ¿Son los dos ‘pecados’ en los que más teme incurrir cuando echa la vista adelante?
R. Pues sí, son dos fantasmas que asustan. A mí me gustan mucho las películas menores de Bergman y Fellini. Este tuvo la suerte y la desgracia de haber hecho sus mejores obras antes de superar la cuarentena: La dolce vita, Ocho y medio, Il bidone y Las noches de Cabiria… Intervista es una película muy menor, pero se la agradecí tanto… Solo con ver a Anita Ekberg con 100 kilos de más contemplándose hecha una diosa en la Fontana di Trevi me compensaba. Y Bergman no quiso que sus últimas películas, Después del ensayo y Saraband, se vieran en cines porque las concibió para televisión. Era consciente de estar haciendo algo menor, y le atormentaba. Tenía una conciencia muy cruel de sí mismo. Fellini, no: fue un vividor y se divirtió hasta el final. Siempre pensé que, si esos dos fantasmas llegaban, querría ser consciente. Ahora ya no estoy tan seguro. Mi estrategia es escribir todos los días, para que la inspiración, como a Picasso, me pille trabajando. Escribo incluso en los peores días, como hoy, que apenas he dormido.
P. ¿El insomnio es fértil?
R. No, es un padecimiento horrible que se me está acentuando. Estoy esperando para estrenar la película e ingresar en una clínica. Voy a un psiquiatra y me dice lo que tengo que tomar, pero estoy empezando a tolerarlo.
P. ¿La senectud le coloca a uno en una posición mejor para crear, por la experiencia, la memoria, el oficio…?
R. Afortunadamente, soy una persona excitable. Espero que siga siendo así, porque quiero ser un autor longevo y seguir teniendo tantas ideas que sea incapaz de desarrollar porque no pueda más. Como ahora, que ya he escrito el guion de la próxima película y estoy con el siguiente. Y, mientras rodaba Amarga navidad, escribí una novela.
“Hay muchas enfermedades que tienen que ver con la soledad y la obesidad, y yo vivo entre ambas”
P. Entonces no cambia mucho su actitud creativa con respecto a la juventud.
R. Hasta ahora, no, y es parte de la razón por la que duermo peor. No desconecto, estoy febril.
P. Está en un callejón sin salida, porque, si para, sobreviene el vértigo.
R. El horror vacui, que es el tercer fantasma contra el que lucho.
P. Antes hablábamos de su aislamiento deliberado, pero, cuando hay una causa que considera justa, se lanza a la calle, coge la pancarta, el megáfono y lo que haga falta. Paradójico. La última vez, a propósito de Gaza.
R. Es que me sentiría muy mal si no lo hiciera. Yo soy una persona de izquierdas y estamos atravesando una época espantosa. Me devano los sesos para hacer frente a todo lo que tenemos encima: Trump, los partidos de ultraderecha, los chavales que dicen que no les importaría vivir en una dictadura como la de Franco…
P. Es curioso también que a la Movida madrileña en los últimos tiempos se le acuse desde la izquierda de haber desmovilizado a la juventud de su época, pero usted, que fue —que es— una de sus banderas, siempre ha estado movilizado, a pesar de que también reivindicase entonces la frivolidad. Otra paradoja.
R. Yo era uno de los mayores de esa generación. Tenía 25 años cuando Olvido [Alaska] tenía 15 y Bernardo Bonezzi, 14. Hablo del 77. Yo ya estaba formado ideológicamente. En el 76, en la Telefónica, hicimos la primera huelga. Nos echaron. Fuimos a los abogados de Atocha, a los que mataron. Nos tuvieron que readmitir. Tengo muy clara conciencia de donde vengo: de una familia humilde manchega. Lo he dejado patente en mis películas. Yo tenía fantasmas del pasado; ellos, no, y rompieron con la militancia de los 70: los cantautores, las melenas, las barbas... Apostaban por el placer, la frivolidad y el pop. Se encontraron con unas libertades que antes no había, y qué iban hacer. Coño, pues disfrutarlas, lo cual era también una militancia política. Yo las disfruté con ellos, sin olvidarme de quién era.
P. En el prólogo de El último sueño dice que se supo escritor desde muy niño, desde que aporreaba una Olivetti en el patio de su casa de Madrigalejos con conejos desollados pendiendo sobre su cabeza. En breve, publicará una novela. ¿Es como cerrar un círculo?
R. Yo no quiero cerrar ningún círculo [sonrisa inquieta: cualquier atisbo de fin creativo le genera mal rollo]. Yo llevo aporreando la Olivetti y luego el ordenador toda la vida, pero soy mejor cineasta que escritor. Esta novela me ha salido del tirón a partir de una frase banal que escuché a una persona del equipo de rodaje de Amarga navidad. Yo pensaba que solo podía escribir una novela deficiente, pero no es deficiente, me gusta muchísimo. Estoy muy contento con ella.
Almodóvar está a punto de deslizar algún dato sobre la trama, pero su asistenta abre la puerta y se muestra terminante: “Pedro, venga, que tienes médico”.