Justo al empezar a hablar Pedro Sánchez en el hotel Palacio La Marquesa de Teruel, en una de las salas de actos, una chavala le gritó «hijo de puta». Estaba colocada frente al escenario. El presidente, consciente de lo bien que le sienta el caos, esbozó una sonrisa mientras cuatro o cinco simpatizantes cayeron sobre la infiltrada. La emprendieron a golpes. La chavalilla, escondida detrás de unas gafas de sol, sufrió tirones en el pelo y alguna patada también. La melé de charos había resuelto en un minuto el incidente y la mujer que se dirigió al presidente en un cara a cara súbito parecía asustada por las consecuencias. No había calibrado la eficiencia del último anillo de seguridad compuesto por la guardia personal de Sánchez: su club de fans. «Me duele la mano del tirón de pelo que le he pegado», comentaba una de ellas. También echaron a un hombre que apenas pudo musitar «Viva Vox» cuando lo sacaban del antro.
La sala de actos del hotel era un antro. Subterránea, húmeda y abarrotada. La apertura de puertas fue todo un hito de la coreografía política. Los militantes podían entrar por turnos. En la fila había bastantes clichés, algunas caras de ilusión y muchos reflejos azulados, medio violetas entre las mujeres de una determinada edad. Los reflejos son la marca con que saldan el rito de iniciación en el sanchismo. Aunque a Sánchez se le vea cómodo entre los suyos, algunas cuestiones que no tienen que ver con el relato desmienten su tranquilidad. Parece esconderse, la seguridad roza la paranoia, no hay naturalidad. La gira de elecciones autonómicas expone sus debilidades. Es probable que no pueda caminar por las ciudades que visita; la elección de espacios reducidos para presentarse ante sus partidarios confirma su soledad; vive dentro de una cámara de eco. Dejar de pie a unos cuantos jubilados no funcionaba tan bien como pensó la organización en el juego de las apariencias.
Pedro Sánchez, en un momento del acto del PSOE este domingo en Teruel.Toni GalánEl argumento definitivo de Sánchez para convencer de votar a Pilar Alegría fue la crisis provocada por la policía migratoria de Estado Unidos en Mineápolis. «Mira Trump», dijo a los aragoneses. Si ya fue difícil entender su argumentación a favor del decreto ómnibus, la mención a la política interior americana fue demasiado compleja de asimilar. Detrás del presidente había una mujer que aplaudía a destiempo. No estaba sincronizada. «¿Necesitáis otro argumento?», preguntó el presidente. Ella puso cara de querer responder «sí».
A Sánchez se le queda corto Vox en su búsqueda de un enemigo que justifique algunas patrañas. La ultraderecha mundial propicia un chivo expiatorio mucho más exótico, una vez que ha puesto a recargar el comodín de Abascal. En este extremo también supera a Zapatero. El mentor de Sánchez, el hombre del Plan E, acuñó la alianza de civilizaciones y encontró en Obama el encuentro interplanetario que necesitaba. Ahora Sánchez se ha montado un derbi con Trump para que un paisano de Teruel vea a Pilar Alegría como posible presidenta de su comunidad. Bravo.
Al final, cuando ya se habían agotado todos los juegos de palabras con el apellido Alegría -un apellido difícil de corear, sufrieron las dinamizadoras, no encajaban bien la rima-, la ministra de Educación tenía el mismo semblante que Miguel Ángel Gallardo, el hombrito seleccionado por Sánchez en Extremadura. El hotel, situado en el casco histórico de Teruel, estaba a poco más de un kilómetro del Parador, donde presuntamente participó en la fiesta organizada por Ábalos. Ya reconoció que durmió aquella noche allí. Sánchez no perdona: Alegría lleva la mancha, está tocada por la negra, de haber molestado al líder.
Por eso tampoco les salían a sus paisanas con ganas el cántico tan pelota y repetido por los militantes en campaña. No les daba para cantar el «presidenta, presidenta» de manera unánime. Alegría, lo que se dice alegría, pues la verdad es que no.