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«Los escritores de derechas ganaron la guerra, pero perdieron la literatura», escribió Andrés Trapiello con esa crueldad elegante que cierra el debate sin necesidad de abrirlo. Desde entonces, la frase se repite como un dogma útil, revelador del todo. Porque en España no ... se decide quién escribe mejor: se decide quién merece ser leído sin recelo. Aquí los escritores no desaparecen. Se olvidan. Se enfrían. Se les baja la calefacción, se les quita el foco académico y se les deja escribir en mangas de camisa mientras otros disfrutan del brasero institucional. Nadie censura. Nadie prohíbe. Simplemente se recuerda, con una sonrisa educada, la ideología de quien se da la espalda.
Agustín de Foxá, por ejemplo, escribía con ironía, música y resaca moral. 'Madrid, de corte a checa' es una gran novela, monumental, incómoda como lo son todas las que no sirven para confirmar el relato correcto. Por eso Foxá no está prohibido, sino clasificado. Se le cita poco, se le contextualiza mucho y se le disfruta a escondidas, como un vicio elegante. No vaya a ser que alguien confunda talento con legitimidad y te llamen fascista. Él mismo dijo aquello de «soy gordo, conde y fumo puros, ¿cómo no voy a ser de derechas?» Pero la crítica se lo tomó demasiado en serio.
Gonzalo Torrente Ballester tuvo más suerte, o más paciencia. Conservador, escéptico, demasiado libre para encajar del todo. Durante años fue el raro que escribía novelas enormes mientras el canon miraba a otra parte. Luego llegó el Cervantes, que es una forma española de pedir perdón sin decirlo. Aun así, Torrente sigue siendo más respetado que leído, que es una manera educada de mantener la distancia, esa frontera que tantos siguen dibujando en su memez ideológica.
Federico García Lorca no entra en este juego porque Lorca ya no es un autor: es un símbolo. Y con razón. Poeta inmenso, asesinado por los malos oficiales, convertido en mártir perfecto. Su obra se protege con un silencio reverencial. Pedro Muñoz Seca, en cambio, murió fusilado por los buenos equivocados. Dramaturgo brillante, inventor de una comedia popular y precisa, hoy es apenas una nota incómoda. El humor no redime y, si vota mal, condena para siempre. Aquí está la trampa. A Lorca se le separa la obra del autor. A Muñoz Seca se le pega la biografía con recelo, con envidia y con esa endiablada forma de dictaminar que la comedia es un arte menor. Y es que la literatura no decide. Decide el relato.
No se les niega la palabra. Se les niega el entusiasmo, que es lo único que de verdad consagra
El mismo mecanismo funciona hoy con mejores modales. David Uclés publica una novela ambiciosa, sensible, comentada por los que dispensan el carné de lo correcto y entra directamente en la zona templada del sistema. No tiene que justificar nada. Su libro llega ya con el certificado moral incorporado. La crítica no pregunta si está bien, sino por qué es importante. Y eso, en este país, es empezar el partido con dos goles a favor. Yo en este aspecto solo le pido que deje de cantar. Leerle o no es una decisión personal, pero escucharle por Robe Iniesta es una verdadera putada. Pero el personaje pide que haga esas cosas.
Mientras tanto, otros escriben con más riesgo, más ambición o más belleza, pero sin la etiqueta adecuada. Se les concede una reseña tibia, un premio lateral, una tolerancia con el ceño fruncido. No se les niega la palabra. Se les niega el entusiasmo, que es lo único que de verdad consagra. Los premios literarios funcionan como sacramentos civiles. No premian libros: absuelven trayectorias. A unos los convierten en ejemplo. A otros, en excepción incómoda. El escritor correcto entra en el canon. El incorrecto entra en una nota a pie de página con un «sí, pero». Así se construye el mapa cultural español: zonas cálidas y zonas frías. Autores con calefacción crítica y otros que escriben con abrigo.
No es odio lo que hay. Es algo peor y se parece demasiado a la pereza moral. La necesidad de que la literatura confirme lo que ya pensamos para no tener que pensar más. Cunqueiro, Cela, Foxá, Delibes, Ballester o el mismísimo Juan Manuel de Prada, son autores gigantes a los que se lee bajo sospecha, no de esa forma benevolente que te hace coincidir con tu fondo ideológico que, en realidad, no es más que el paripé en el que uno se disfraza para quedar bien con el sindicato del crimen cultural.
La derecha tiene un problema con la cultura: siempre le ha parecido menos importante que el dinero
Tal vez Trapiello tenía razón, pero no del todo. Los escritores de derechas no perdieron la literatura. Perdieron el permiso para ejercerla sin pedir perdón. Y, aun así, algunos siguieron escribiendo. Con frío. Con ironía. Con memoria. Como se escribe siempre cuando la literatura importa más que el relato. La derecha tiene un problema con la cultura: siempre le ha parecido menos importante que el dinero. Pero lo que es verdaderamente estúpido es el intento de hacernos creer al resto lo que está bien y lo que está mal. El mundo es demasiado gris como para que se defiendan las posiciones con tanta torpeza. Lo penoso es que sigamos así casi cien años después.
En el camino, nos hemos dejado premios prestigiosos, como el González Ruano, que una conocida compañía dejó de patrocinar en un acto de bilis institucional. Incluso hemos prendido fuego a la memoria de otros, desde Ezra Pound a Louis-Ferdinand Céline por ser de uno u otro bando. Como si fuera algo que importara. Posiblemente, no estar dentro del circuito oficial y oficioso de pancarta y superioridad moral, sea lo que a un escritor le salve de hacer buenos libros. Perderemos la batalla cultural, pero ganaremos la literatura.
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Alfonso J. Ussía (Madrid, 1983) es escritor por vocación. No podía ser de otra manera. Ha publicado columnas en El Confidencial y en The Objective. Colabora con la revista Ethic y tiene una sección en Onda Cero, Contrabando, en la que reúne algunos de los personajes más ilustres, canallas y desconocidos, que gastaron sus días en la ciudad de Madrid.
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