Las costumbres no se tocan, aunque dañen los oídos inocentes de niños y animales
Viernes, 9 de enero 2026, 01:00
... de donde vivimos. Los vecinos del piso de arriba se disputaban el cielo del callejón con los del edificio de enfrente, en clara revancha por la noche del año anterior. Los jóvenes, todos varones, encendían artefactos y corrían a refugiarse en el portal antes del estallido, vestidos con la chaqueta una talla menos y preparados para el cotillón. Los petardos hacían retumbar los cristales y todo el vecindario mirábamos, tras las ventanas, el espectáculo como si fuera la última oportunidad.En el planeta se desataba una competición para ver quién tenía el espectáculo más impresionante que anunciara el nuevo año. Londres, París, Sídney, Río de Janeiro...El mundo entero había decidido invertir en pólvora y que en Marte supieran que aquí estamos, poderosos y dándolo todo, porque en Dubái, ese paraíso de petrodólares, cada minuto del espectáculo costaba cerca de medio millón de dólares y en el planeta se calcula que la inversión por dejarnos estupefactos ha sido de unos 8.000 millones de euros.
Y volvemos al punto de partida, ahora bien, con una serie de propósitos alimentados por la voluntad del excepcional último brindis que durarán lo que duran los fuegos de artificio y ese olvido de lo que nos indignó en el año anterior. La verdad es que el ser humano es una maquina confeccionando sus calendarios de ocio. No sé si habrá una comisión de fiestas como la que vendió más participaciones de las que correspondían del Gordo en un pueblo de León, pero la desactivación de la consciencia, vía pólvora, pestiños y cava funciona a la perfección.
La pirotecnia deja algunos incendios y numerosos muertos, no solo en suelo patrio, sino por todo el mundo, ya que jugar con fuego siempre comporta un riesgo. Pero los fallecidos entran dentro de las estadísticas, igual que la basura que es preciso recoger después de la alegría final, que solo en la Puerta del Sol superó los 30.000 kilos.
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