Una vez más, en esa mezcla prodigiosa y magnífica de prosa poética y reflexión, de metafísica y crónica melancólica y dolorosa de un mundo que ha perdido la poesía y que se halla en un estado irreconocible de mutación permanente, el mejor Peter Handke ( ... autor de obras tan famosas del caminar, del vagabundeo y de la errancia como 'Lento regreso', 'Por la Sierra de Gredos', 'La gran caída', 'Ayer, de camino', 'La ladrona de fruta' o 'Viaje de ida al interior del país', por citar solo algunas) ahora regresa con un espíritu parecido y con uno de esos viajeros sin residencia fija que serpentean rutas y vuelven de vez en cuando al lugar originario en 'La balada del último cliente'.
Una obra excelente de nuevo protagonizada por un absorto y desconcertado hombre de nuestros días llamado Gregor Werter, un nuevo Ulises, al que, en su regreso, en esas «breves visitas a su tierra natal», solo un perro vagabundo se acerca a olisquearlo y «reconoce al recién llegado».
En ese regreso que es sobre todo regreso a través de la memoria y el recuerdo, en un diálogo interior que va sin cesar del presente al pasado, Gregor intentará conectar de nuevo con los afectos familiares, con las partidas de cartas con su padre, con el rostro silencioso de su madre y con la devoción de esta y de todos ellos por el hermano menor, Hans, «en la legión extranjera».
Un entusiasta (al contrario que él descreído y siempre desorientado) «de nuestra familia, nuestra estirpe, nuestro linaje». Pero él, Gregor, el hermano mayor, ahora es el portador de una terrible noticia que no sabe cómo comunicar: el fallecimiento de Hans, el añorado y deseado.
«Pensador del instante, de esas pequeñas nadas que dan forma al mundo», como el propio Handke se ha definido muchas veces, alejado de los relatos lineales y convencionales, sus obras protagonizadas por paseantes, como las de su amigo y cómplice de hace décadas Wim Wenders, dejan siempre en suspenso la feliz fantasmagoría de la pertenencia a un lugar concreto.
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Una fantasmagoría que, como mucho, se produce a través de una larga serie de sucesos y personas ligadas a lugares y recuerdos. Así ocurre una vez al año con Gregor que, investido de «patriota local», regresa para reencontrarse con la familia y con determinadas celebraciones, como un bautizo, tras sus acostumbradas «giras expedicionarias», de continente en continente, que lo tienen ocupado todo el año.
Una vez más, este año, Gregor, por unos días «sigue escuchando en las calles los sonidos de su lengua natal» y emprende «un sendero de desaprendizaje». Más extranjero que nunca, en unos extravíos en aumento «desde niño», metáfora de toda una existencia que elude las líneas rectas, tendrá que encontrar el camino a casa en una Ciudad Nueva que ha perdido su centro y que toda ella es caótica e irreconocible periferia, pespunteada de rascacielos: «Hasta el final de sus días -se nos dice- extraviado sin remedio, tendría que caminar en zigzag y a trompicones».
Mientras pasea por esa periferia impersonal, rodeada de bosques y más bosques «con un árbol dando la mano a otro y con todas las especies de hojas imaginables», Gregor, inmóvil, congelado, sin tiempo ni espacio preciso, tiene la impresión frecuente de hallarse dentro de cuadros. Por ejemplo, de uno titulado 'La ciudad entera', de cien años de antigüedad. El surrealista Max Ernst representó en él una ciudad pétrea y desolada, que ahora, como se nos dice con ironía, se habría convertido más bien en «El bosque entero». Difuminando todos los espacios y continentes atravesados conformaría en realidad «un bosque mundial; el de Bohemia, el actual, las selvas de Hindukush, del Yukón, del Atlas, por no hablar de las selvas amazónicas, no son nada a su lado».
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Peter Handke, el imposible regreso de Ulises
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