Silvia Omedes (Barcelona, 1971) siempre quiso ser fotógrafa. Su formación es la de historiadora de arte, especializada en la disciplina, claro que sí; pero lo que a ella le llamaba era toda esa magia en relación a lo que la imagen revelaba al ser ... revelada en el laboratorio. Vivió una temporada en EE.UU., donde entró a trabajar en el Museo Guggenheim, lo que le dio mucha experiencia en gestión como ayudante.
A su vuelta a España, aún fantaseaba con la idea de empuñar una cámara. Hizo un posgrado en la Universidad Autónoma y allí es donde constata una realidad: la tremenda frustración con la que vivían muchos autores –algunos, sus profesores– al no poder publicar sus historias.
Los medios de comunicación ya no eran ese canal natural, ese altavoz aliado del fotorreportero, y grandes historias se quedaban en los cajones, pese al trabajo vocacional de sus autores. «Entonces vi clarísimo que yo no tenía que ser fotógrafa; que lo que tenía que ser era gestora y actuar como un espejo de todo ese talento que veía pasar por clase».
La ilusionante historia de Pedro 'el francés'
Omedes es hoy la directora de la Fundación Photographic Social Vision (PSV), que este 2026 cumple 25 años defendiendo la fotografía documental desde un pequeño palacete que puede pasarle desapercibido al viandante del barcelonés barrio de Sarrià, pero al que el garbí inunda de olores frutales provenientes de su recoleto jardín cuando le sopla de cara. Allí nos recibe recién regresada de participar en la feria de fotografía de Milán.
«Empecé junto a dos colegas, aunque una de ellas se desmotivó pronto. Éramos mucho más jóvenes y hemos aprendido mucho, también a base de golpes, de prueba-error», confiesa. Su misión, entonces fue dar respuesta a la carencia que diagnosticaron en un congreso sobre el sector de las ONG, que no suelen contar con buenos visuales para mostrar lo que éstas están haciendo sobre el terreno: «Yo tenía muchos contactos en el ámbito del fotoperiodismo y nos proponemos al tercer sector como las personas que producirían los reportajes que narraran bien lo que hacen. Porque al fotoperiodista se le ha visto siempre como aquel que ilustra un texto, y no como alguien con capacidad narrativa, un contador visual de historias», explica.
La idea era sencilla y funcionó bien: el nuevo equipo contactaba a los mejores fotoperiodistas y los ponía en relación con la ONG de turno, que les pagaba el viaje, les mantenía y hospedaba. Mientras, ellos desarrollaban sus historias, que luego les cedían gratuitamente. A la vuelta, la fundación organizaba una exposición, que servía para que la ONG se validase frente a sus socios y patrocinadores, mientras los fotógrafos lo lograban dentro del sector: «Eso lo hicimos dos o tres veces –continúa– y nos encantó. Nos permitió trabajar con Quim Manresa, con Elisenda Pons, con Ana Jiménez Remacha… Pero pasados dos o tres años, nos surgió la posibilidad de trabajar con World Press Photo».
Y ese será un hito importante en la Fundación, porque la misma lleva 21 años organizando su gran exposición anual en Barcelona. «Como esto tomó fuerza, dejamos de hacer los proyectos de producción de manera continuada, aunque de vez en cuando volvemos a ellos –de hecho, colaboran con más de 70 fotoperiodistas en activo– para concentrarnos en la visibilidad de WPF. Es un patronariado maravilloso, nos sentimos totalmente identificados con los colores de la Fundación World Press Photo. Y todo el éxito ha sido posible además porque desde el día 1 el CCCB nos cedió su espacio gratuitamente para exhibir. Es el coproductor que todo proyecto cultural quisiera tener».
Al tiempo que la Fundación FSV se vincula a ese gran proyecto, va creciendo y va educando visualmente a los más jóvenes. La institución desarrolla un área educativa, que sabiendo del poder que tiene la foto de transformación personal, llega también a compartirlo con colectivos en riesgo («es esa otra área increíble de la casa, que nos ha hecho desarrollar mucha fotografía participativa, género que da la cámara al otro»), que en su caso se centra en trabajar con adultos que fueron abusados sexualmente de niños, con un programa, 'Material sensible', que ya va por la quinta edición.
«La institución es de utilidad pública, es decir, si en el futuro desapareciese, todo pasaría al ámbito público»
«Usamos pues la fotografía como herramienta de visibilización, la foto como herramienta de transformación social». Y es entonces cuando ocurre algo mágico, otro punto de inflexión: empiezan a acercarse a la Fundación agentes como los hijos de Jacques Léonard, su primer gran nombre propio. Léonard fue un fotógrafo que llega a Barcelona en los años 50 del pasado siglo. Se enamora como un loco de Rosario Amaya, prima de Carmen Amaya, una mujer guapísima que, para ganarse cuatro duros, hacía de modelo para pintores de la época.
«Él no paró hasta casarse con ella –relata Silvia–, lo que fue dificilísimo, siendo un payo burgués, francés que apenas hablaba español». Amigo de Català-Roca, empieza a publicar en 'La Vanguardia', de forma que entra en contacto con los Godó («y así, mientras por la mañana estaba fotografiando a su familia política gitana que vive en las barracas de Montjüic, por la noche puede hacer una fiesta de esa otra familia»). Además, para ganarse la vida, pues tuvieron dos hijos, hizo foto de oficio, publicitaria, de catálogos… Fueron reconocidos vecinos del barrio gitano de Gracia. Se convirtió en el 'payo Chac'.
Ese fue el primer archivo que la Fundación comenzó a gestionar y que reveló, como todo archivo, tener una historia detrás importante: allí estaban alojados los negativos de su magnífica serie 'Barcelona gitana', que Léonard conoció desde dentro, con los que La Fábrica hace un libro; el Ayuntamiento, una exposición… «Sin embargo, tras tres años de colaboración de la familia con instituciones, nada de eso revertía en ingresos. Hasta el punto de que ni siquiera en las publicaciones se le acreditaba la autoría. Ellos, como herederos de su padre, tenían derechos, había que defenderlos». Empieza una inquietud crematística, un deseo de poner orden por parte de la Fundación.
Y en medio de todo ese jaleo, irrumpe Juana Biarnés. 'Joana' para Omedes, «la joya de la corona». Seis años de trabajo intenso, porque cuando les contacta «ella no sabe ni lo que es un píxel». Llega después de 20 años habiendo siendo cocinera en Ibiza, en Ca na Joana, restaurante que monta cuando abandona la profesión en 1985 porque algún editor quiere aprovecharse de los contactos que ha tejido durante 25 en Madrid: Lola Flores, Carmen Sevilla, los Beatles, los Reyes… Despunta la época del amarillismo en la 'prensa del cuore', la de los paparazzi, y ella no quiere entrar en ese juego: «No sólo no entra –puntualiza Omedes–, sino que se sulfura, vende las cámaras y se larga; cambia de vida radicalmente».
La directora y su equipo conocen a Biarnés cuando Cristóbal Castro, fotógrafo de 'El País' que vive en Tarrasa, de donde era originaria Juana, se dispone a celebrar una exposición conmemorativa con los fotorreportajes de las riadas históricas de la localidad y la zona del Vallès y acaba en su archivo. «Este hombre alucina con lo que encuentra: 'Joana: ¿Estos son los Beatles, esta es Carmen Sevilla, este es Polansky?'. Joana había sido fotoperiodista en Madrid para 'Pueblo', la primera mujer, de hecho, en España. Cristóbal comienza a organizarle un reconocimiento en su ciudad natal y nos llama porque es consciente de que cuando todo eso saliera a la luz, ella iba a necesitar ayuda: no ha escaneado en su vida un negativo, el archivo es una bomba y se van a multiplicar las exposiciones. Cuando llega Joana, nosotros ya llevábamos muchos años de gestión cultural en torno a la foto».
Efectivamente, comienza el 'efecto Juana Biarnés'. «Joana encarnaba además bien los valores de la Fundación: empatía, humildad, cierta inseguridad ante tal reconocimiento... Tú la conocías y al minuto uno caías rendido a sus pies». PhotoBolsillo, PHotoEspaña, cinco años viajando con ella por todo el país recorriendo festivales y recibiendo reconocimientos. «Estuvimos a punto de rotular una furgoneta de reparto que teníamos como 'Equipo Biarnés'. Si pasaban tres o cuatros días sin que nadie la llamara, se ponía nerviosa. Nosotros descansábamos», bromea la directora.
El último verano, sin saber que lo sería, agosto de 2018, y delante de un buen arroz en Palamós, Juana le pide a Silvia coger una libreta y tomar nota: «Quiero –le dice– que si algún día me pasa algo, los derechos y los negativos pasen a la Fundación. Estoy súper agradecida con el trabajo que habéis hecho, no tengo hijos y no quiero que esto acabe en un container. Y si algún día esto da un duro, que lo dudo, me gustaría que ayudarais a otros fotógrafos». El 19 de diciembre, ella muere de un resfriado, pese a estar sufriendo un cáncer que nunca quiso que se hiciera público para no ser tratada con condescendencia. Dos meses después nacía (en realidad renombraba a una existente de la Fundación) la Beca Joana Biarnés para ayudar a fotoperiodistas menores de 35 años. Este 2026 cumple siete ediciones.
Biarnés es la joya de la corona del conjunto. Ella llegó mientras se gestionaba el legado de Jacques Leónard
La fórmula fue tan exitosa, que tuvo efecto imán y empezaron a llamar a la puerta de la PSV herederos de archivos, agobiados, con mucho peso en las espaldas por cómo gestionar lo suyo. «Una experiencia justa que se está haciendo bonita con hasta diez creadores». Y hablamos de pesos pesados como Leopoldo Pomés u Oriol Maspons, los primeros en llegar; de autores vivos como Isabel Azkarate o Manuel Outumuro; de auténticos desconocidos hasta hace dos días como Tusquets de Cabirol, que en breve tendrá su gran reconocimiento en el KBr de Mapfre, o Anna Turbau, con su retrospectiva próxima en el Palau Robert. Cada uno con sus circunstancias y sus necesidades específicas.
Omedes es consciente de que la Fundación se encuentra hoy colapsada, lo que imposibilita la entrada de nuevos autores. Por eso a los 'clientes actuales' se les cobra una pequeña cuota. Pero se ve 'oxigenada' desde hace tres años por el interés de la Generalitat y el Ministerio de Cultura en la memoria histórica, lo que ha supuesto ayudas con las que se ha podido diversificar las labores de escaneo, de preservación o la compra de materiales. «Más de una tercera parte del equipo de la Fundación –13 mujeres, y Carlos, el encargado de la comunicación– se dedica a asesorar. Estamos pensando qué fórmulas en abierto podríamos compartir, un decálogo mínimo para que cualquiera pueda poner orden en su archivo».
Pero todos, sin excepción, denotan la misma lacra: la falta de internacionalización de sus nombres. Por eso, y coincidiendo con este 25 aniversario, la Fundación ha puesto en marcha una doble iniciativa: de un lado, la creación de una plataforma digital propia (archivos.fundacionpsv.org) abierta al público y de acceso gratuito desde la que dar a conocer sus contenidos. «Eso permite mandar un enlace, un mail, a una persona en París para que descubra a ese Pomés que no sabe quién es. Ya no hace falta que vayamos nosotras con un porfolio, con las copias, que era lo que estábamos haciendo».
De otro, y como consecuencia de lo anterior, su constitución como galería privada con Villa Alegre (el logo es de Juliette, la hija de Maspons): «Nuestra idea de internacionalización nace hace algunos años, cuando nos vamos a Arlés, cargadas con cajas. Y eso tenía ventajas, porque cuando ves una imagen vintage te enamoras. Pero colaborábamos con galerías extranjeras que te pedían el 50% por las copias. El patronato, en noviembre, llega a la conclusión de que igual que hay empresas que montan fundaciones, nosotros seríamos una fundación que monta una S.L. donde el único administrador es PSV, lo que nos permite participar en ferias. Queremos llegar a ParisPhoto. No puede ser que todo el mundo hable de Cartier-Bresson y no se haga de Maspons, de Freixa… El mejor ejemplo es el de Ramón Masats, que llega hace dos años a la feria y encandila a la prensa extranjera. Esto debería pasar con muchos patrimonios españoles».
En el 'núcleo duro' de la Fundación PSV, junto a Omedes, las 'Chicas Photographic' («excepto cuando organizamos el WPF, que pasamos a ser las chicas WPF»): Marina Balagué, la cabeza visible del departamento de conservación; Inma Cortés, maestra de la comercialización; María Planas, procedente de la Bienal de Fotografía Xavier Miserachs, y la gestora cultural Valeria Fossati, que trabajó en galerías y que era el perfil que les hacía falta.
Su sede, esta villa, cada vez más permeable, que, como señala la directora, «ha sobrevivido a todas las promociones inmobiliarias del mundo», alquilada a un antiguo parvulario por 50 años a cambio de asumir la reforma del inmueble. Hoy, en él todo rezuma fotografía: las publicaciones de la biblioteca; las imágenes dispuestas en la sala que hace las veces de show-room a las visitas privadas; la 'nevera', con los negativos de Joana Biarnés, el único archivo allí custodiado físicamente; los planeros, en los que descansan los positivos de Forcano, joyas del documentalismo subjetivo de 'Ferran Freixa', el amor al circo de Azkarate («nuestra Diane Arbus»)...; la pequeña colección atesorada por la institucion «a base de trueques», como el Miserats de la escalera... Incluso si uno entra en el baño, le sale al paso, antes de entrar, la mujer de Pirri, fotografiada por Biarnés, y, una vez dentro, una 'descocada' Carmen Sevilla, de la misma artista, a tamaño más que natural. Y ese jardín que posibilita una feria del libro fotográfico y que cada Sant Jordi antecede a una exposición con la que explicar al barrio su labor.
«Esto es la sede privada de la fundación, pero es muy porosa a tener citas con investigadores, comisarios, artistas, coleccionistas [hoy mismo saludamos allí al director del Lumínic y conservador del MNAC]. Queremos que Villa Alegre sea también un buen lugar para encontrar buena fotografía de colección».
«De aquí a nada van a llegar las personas que solo han trabajado en entorno digital y van copiando discos duros , aunque la labor de difusión y de mantenerlos vivos es la misma»
Pregunto a Silvia si su fundación es comparable a alguna otra. Ella me recuerda que nació, en Barcelona, a la par que FotoColectania, pero allí solo tienen que gestionar una colección y un legado, el de Paco Gómez Martínez. Y hay una cosa básica que aprovecha para explicarnos ahora: «Esta institución arranca definiéndose como fundación de utilidad pública: si en el futuro desapareciese, todo pasaría al ámbito público. Aquí no hay intereses privados sino una gran vocación de cuidar lo público. En torno a un género, el fotográfico, que siempre hemos sentido con mucho poder».
Y el reto hoy, para las futuras generaciones, no solo es que valoren la foto, es que sepan leerla. De ello se encarga el área de educación. ¿También recuperar, tal vez, ese DocFilm o festival de fotografía que desarrollaron seis entregas desde su dirección?
Omedes no se lo piensa: «A mí me gustaría poder ayudar a más gente y que algunos herederos encontraran la receta básica. Esto es algo que, con apoyo del Ministerio, estamos asumiendo como paso natural: que todo lo aprendido, y por ser de utilidad pública, sea compartido. Nos gustaría compartir nuestra experiencia en congresos y universidades. Y luego que la plataforma nos facilite trasladar recetas. Que algunos herederos se fueran; el problema es que estamos enamorados de todos, pero eso facilitará estar andando de la mano de otros. Quizás también salir del ámbito de Cataluña… De aquí a nada van a llegar las personas que solo han trabajado en entorno digital y van copiando discos duros en discos duros, aunque la labor de difusión y de mantenerlos vivos es la misma. Así que ya toca plantearse qué vamos a hacer con todo ese material».
Tenemos, al menos, otros 25 años para descubrirlo. Per molts anys!
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Photographic Social Vision: la casa del fotorreporterismo español
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