Plantar cara a Trump: así se ganan unas elecciones
Mundo Telón de seda Plantar cara a Trump está de moda: claves para ganar unas elecciones nacionalesNi Sánchez es un héroe ni Starmer un redentor por levantar la voz ante el estadounidense. Son, en todo caso, intérpretes de una melodía que el público quiere escuchar.
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Ana Núñez-Milara Publicada 21 abril 2026 16:22h Las clavesLas claves Generado con IA
‘Estar soltera está de moda’. Yplantar cara a Trump, también; porque da popularidad; porque te pone en el ‘lado bueno de la historia’; porque te convierte en el chulito de la clase; porque te da retuits; porque es más fácil que explicar por qué sube la deuda o por qué la vivienda está tan cara; porque suma una pátina de valentía de bajo coste; porque se te arriman de la izquierda; y de la derecha; porque es como ladrar en brazos; y porque las encuestas mejoran tu popularidad.
Y esto, como los ladridos, da gustito.
Seamos serios: ¿quién va a salir a defender las políticas de Trump? Es tan obvio y tan poco heroico que roza lo automático. Dan ganas de coger el mando y avanzar el capítulo. El público compra la melodía del ‘no’ a Trump y los líderes que tienen buen oído lo saben y bailan al son de la canción. ‘Está de moda’.
Este lunes publicaba EL ESPAÑOL el avance de Pedro Sánchez en las encuestas al calor de su campaña del ‘no a la guerra’. Y no es un fenómeno aislado, sino parte de una tendencia que se consolida en el mundo: el bautismo de popularidad que llega cuando uno le pone el puntito en la boca de Trump.
Ahí está Keir Starmer, el británico, que amagó con alinearse con Estados Unidos en Irán y reculó en el tiempo de descuento. Según una encuesta de JL Partners, su aprobación en casa ha aumentado casi 11 puntos desde que puso a Trump en su sitio. Y eso que más de la mitad de los británicos desaprueba su gestión doméstica. Chupito de té.
El diario Politico dedicó el siguiente titular a la primera ministra danesa: “Mette Frederiksen tiene una persona a la que agradecer por rescatarla de un inminente abismo político: el presidente de EEUU, Donald Trump”.
Tras el descalabro en las elecciones locales del pasado año, su partido de centro-izquierda experimentó un aumento drástico en las encuestas en el mes de enero, coincidiendo con su enérgica defensa de la soberanía de Dinamarca ante las amenazas del estadounidense de anexionarse Groenlandia.
El pasado mes de marzo y en plena crisis de liderazgo, el sondeo Ifop para L’Opinion otorgaba al francés Emmanuel Macron una remontada de 5 puntos —hasta el 23% de apoyo— en la opinión sobre su reputación, coincidiendo con el enfrentamiento abierto con el norteamericano: “No somos parte del conflicto y Francia nunca formará parte de las operaciones para abrir o liberar el Estrecho de Ormuz en el contexto actual”, espetó, triunfal.
Aunque en su caso no le ha durado la dopamina porque este mismo mes y esta misma encuesta le ha dado una nueva caída de un punto.
Girando el globo y echando el calendario atrás, también vimos este fenómeno en Australia, donde plantarse ante Trump se convirtió en el combustible indispensable para que los laboristas ganaran con mayoría absoluta en una campaña librada en plena guerra arancelaria con EEUU.
Y lo mismo ocurrió con el Partido Liberal del primer ministro canadiense Mark Carney, el banquero sin experiencia política que cargó contra su vecino del sur porque, según dijo, hay que “enfrentarse a un matón”.
Y estos acordes empiezan a llegar hasta los oídos de Giorgia Meloni. Tras construir parte de su perfil internacional sobre una relación fluida con Trump, ha terminado tensando la cuerda. Aunque en este caso ha pesado mucho el rifirrafe con el Papa en una población con más de la mitad católica. Por ahí no se pasa.
Una encuesta de YouGov de marzo reveló que el 80% de la población tiene una opinión desfavorable hacia el estadounidense. Y los analistas locales creen que el rechazo que vivió Meloni en el referéndum sobre la reforma judicial no fue sino un aviso hacia su gestión nacional, pero también internacional. Sin olvidar que los disparos israelíes contra cascos azules italianos que estaban desplegados en el marco de la misión UNIFIL abrasó la opinión pública.
El patrón es cristalino: la política nacional es compleja, incómoda, retadora. La exterior, sin embargo, es agradecida. Porque no hace falta resolver nada: basta con parecer firme y erigirse en defensor de los valores compartidos, de la democracia liberal y de los intereses nacionales frente a la presión externa para que uno se sienta empoderado.
Además, desplazar el foco es una batalla relativamente segura, puesto que ningún líder se mide en solitario con Trump: lo hace bajo el paraguas de la Unión Europea y del resto de socios de la OTAN. El coste real, por tanto, queda limitado.
Puedes elevar el tono, parecer el defensor de las causas universales justas y ponerle una manta por encima a los desafíos domésticos. Tiene algo de terapéutico, de desahogo.
Y, a la vez, permite poner el relato por encima de la gestión, concediendo así una bocanada de aire. Ligera, pero suficiente para no ahogarse.
El precio de la vivienda ha escalado el Mont Blanc; pedir cita para el digestivo dispara el Helicobacter pylori; alrededor de 3 millones de jóvenes no culminan la formación escolar en Europa; el déficit de vivienda superará los 800.000 inmuebles en España el próximo año, según BBVA Research; casi 2,5 millones de trabajadores cobran el salario mínimo; más de un cuarto de la población vive en riesgo de pobreza; la tabla salarial de los sanitarios se tiene que mirar con lupa; y los autónomos se rompen la cabeza para llegar a fin de mes con la mayor dignidad que les queda.
Y todo esto desaparece momentáneamente cuando el foco apunta a un conflicto exterior, fuera de casa. Lejos, muy lejos. Porque nos podrán privar de la vivienda, pero jamás de defender nuestros valores —otra vez, los valores—.
Y ni Sánchez es un héroe ni Starmer un redentor por levantar la voz ante Trump. Son, en todo caso, intérpretes de una melodía que el público quiere escuchar.
Algo ha cambiado en la forma en que votamos y los líderes que aprovechan esta ola cuentan con el mando de la ventaja. Posicionarse en el tablero internacional en el momento adecuado tiene un retorno rápido en un ecosistema mediático que premia, sobre todo, lo visceral e inmediato.
Estar contra Trump está de moda. Y quiénes bailan la melodía tienen una de las claves para ganar las elecciones en casa.