El esloveno gana en Les Angles, recupera el liderato y confirma que el UAE no solo tiene al favorito: tiene también el equipo que está marcando la carrera desde el primer fin de semana
Tadej Pogacar, de amarillo.- NACHO LABARGA Carcasona
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La tercera etapa no dejó una sentencia, pero sí una sensación. Y en el Tour, muchas veces, las sensaciones pesan casi tanto como los segundos. Tadej Pogacar volvió a ganar, recuperó el maillot amarillo y convirtió Les Angles en el primer gran mensaje estratégico de esta edición: el UAE manda, el resto responde y Jonas Vingegaard ya sabe que cada repecho puede convertirse en una amenaza.
No hubo una diferencia escandalosa. No hubo un ataque desde lejos ni una de esas exhibiciones que convierten una etapa en patrimonio personal del esloveno. Pogacar ganó con una arrancada corta, seca, casi quirúrgica. Dos segundos sobre Vingegaard y Carapaz. Cuatro sobre Evenepoel, Del Toro, Ayuso y Seixas. En la tabla, poca cosa. En la cabeza de sus rivales, bastante más.
Pogacar entra en escena: triunfo y maillot amarillo tras dar un golpe sobre la mesa en Les AnglesPorque lo que ocurrió en Les Angles no se mide únicamente con el cronómetro. Se mide en el modo en que el UAE controló la jornada, redujo la fuga, endureció cuando convenía y dejó a Pogacar en el punto exacto para rematar. La etapa terminó pareciendo una consecuencia natural de un dominio colectivo. Como si el equipo emiratí hubiera decidido a mitad de camino que el día merecía la pena y, a partir de ahí, todo hubiera empezado a girar hacia el mismo desenlace.
El propio Pogacar reconoció después que el plan inicial no pasaba necesariamente por ir a por la etapa. “No era el plan inicial”, admitió. Pero esa frase, en su caso, casi aumenta la amenaza. Porque el esloveno no necesitó un diseño previo para ganar. Le bastó con sentirse fuerte en el último puerto. “He notado que tenía una potencia suplementaria en el último puerto y quise imitar a Isaac y recompensar al equipo. Estamos en el Tour y si tienes la oportunidad de ganar, no hay que dejarla escapar”, explicó.
Pogacar 'cambia' de nacionalidad y ya es 'mariachi': "Poggi, hermano, ya eres mexicano"Ahí aparece una de las claves de esta resaca. Pogacar no ganó porque estuviera obligado. Ganó porque pudo. Y ese matiz retrata muy bien el momento del Tour. Cuando un corredor de su dimensión empieza a sumar victorias en días que no estaban marcados en rojo, la carrera entra en otra lógica. Ya no se trata solo de sobrevivir a las grandes etapas. Se trata de no despistarse nunca.
El otro gran nombre del día volvió a ser Isaac del Toro. Veinticuatro horas después de levantar los brazos en Montjuic, el mexicano cambió el papel de protagonista por el de lanzador. Vestido de verde, se puso al frente en los últimos 500 metros y dejó a Pogacar colocado para el golpe final. “Quería devolverle el favor de ayer a Tadej”, dijo. La frase cierra el círculo perfecto: Pogacar le regaló la gloria en Barcelona y Del Toro le devolvió la ayuda en los Pirineos.
Pero lo del mexicano empieza a ser algo más que una bonita historia de reciprocidad. En dos etapas ha enseñado dos dimensiones de corredor grande: ganar cuando el equipo le abre la puerta y trabajar cuando la jerarquía lo exige. Para el UAE es una noticia enorme. Para los demás, un problema añadido. Pogacar ya tenía un bloque temible; ahora, además, aparece Del Toro como factor emocional, táctico y deportivo en el arranque del Tour.
También Ayuso se mantiene en la fotografía principal. Sin ser el hombre del remate, sigue instalado entre los mejores y refuerza esa impresión de superioridad numérica del UAE. Del Torocuarto en la general, Ayuso quinto y Pogacar vestido de amarillo. No es solo dominio del líder. Es ocupación del territorio. Una manera de llenar la carrera de camisetas propias y obligar al resto a correr siempre rodeado de amenazas.
Vingegaard, por su parte, no se hundió. Y eso también importa. El danés cedió unos metros, perdió dos segundos y entregó el amarillo por el desempate y las bonificaciones, pero sigue igualado a tiempo con Pogacar. Su Tour no sale dañado en términos matemáticos. Sin embargo, sí queda colocado en una posición incómoda: la de quien resiste mientras otro parece disfrutar. La diferencia puede ser mínima, pero el lenguaje corporal del poder suele escribirse antes que la clasificación.
Evenepoel también salvó el día sin grandes heridas y queda tercero a 23 segundos. Del Toro está a 24, Ayuso a 27 y Seixas a 48. Todo sigue comprimido. Todo sigue abierto. Pero el orden emocional de la carrera ya no es neutro. Pogacar lidera. UAE dicta. Visma aguanta. Soudal observa. Lidl-Trek intenta encontrar su espacio. Y el resto empieza a entender que cada final nervioso puede ser una trampa.
La etapa tuvo además un decorado extraño. El Tour dejó Cataluña y entró en Francia entre calor, vigilancia y silencio, condicionado por el incendio en el Pirineo oriental. La ausencia de público en parte del ascenso final le dio a Les Angles una atmósfera distinta, casi desnuda. Sin la muralla humana de otras tardes pirenaicas, se escuchó más la carrera. Y lo que sonó fue el rodillo del UAE.
Antes de ese desenlace, la jornada había sido una pelea larguísima por formar la fuga. Lo probaron corredores de peso como Egan Bernal, Van der Poel, Carapaz o Jorgenson, pero UAE y Visma no concedieron libertad hasta el kilómetro 75. Entonces se formó un grupo de 18, con presencia española a través de Raúl García Pierna, Balderstone y Aranburu. Baudin fue el resistente más tenaz, el último superviviente de una aventura de 125 kilómetros, hasta ser cazado a 12 de meta. La fuga puso el desgaste. El UAE puso el desenlace.
Para Pogacar, el triunfo tuvo además peso histórico. Ya suma 22 victorias en el Tour, igualado con André Darrigade entre los grandes nombres de la carrera. Por delante quedan Cavendish, Merckx e Hinault, territorios reservados a gigantes. A los 27 años, el esloveno sigue acumulando números que parecen de final de carrera cuando todavía está en pleno apogeo. Y los Pirineos, una vez más, aparecen como su escenario natural: 10 de sus triunfos en la Grande Boucle han llegado allí.
“Vestirse de amarillo es un sueño para cualquier ciclista de cualquier edad y de cualquier estatus. No sé cuántas veces lo he llevado ya ni cuántos días lo voy a mantener, pero vestirlo de nuevo sigue siendo especial”, dijo Pogacar. La frase contiene emoción, pero también una advertencia. El amarillo no le pesa. Le alimenta.
Mirando al futuro
Esa es la conclusión que deja Les Angles. El Tour no está roto, pero ya tiene una dirección. Pogacar no ha ganado por aplastamiento, sino por autoridad. No ha abierto un boquete, pero ha marcado territorio. No ha eliminado a Vingegaard, pero le ha recordado que este año el peligro puede aparecer desde cualquier esquina. Y, sobre todo, ha enseñado que el UAE tiene un plan incluso cuando no lo tenía.
La carrera seguirá buscando fugas, emboscadas y días de tregua. Pero la primera lectura fuerte ya está sobre la mesa: Pogacar ha recuperado el amarillo antes de tiempo y el UAE ha empezado a correr como si el Tour le perteneciera. Todavía queda mucho, muchísimo, hasta París. Pero en Les Angles todos recibieron el mismo aviso: el esloveno no necesita romper la carrera para empezar a gobernarla.
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