La serie 'Querer', de Alauda Ruiz de Azúa, fue un revulsivo en la ficción española sobre la violencia de género. Las grietas de lo establecido se abrían paso a través de un soberbio dominio de la polisemia: qué significa querer, quién quiere y qué ... estamos dispuestos a tolerar por ello.
Paloma Bravo en 'Polis y cacos' plantea un ejercicio similar, pero retrocede hasta la infancia para preguntarse dónde empieza todo. Cómo eran las aulas en las que crecieron quienes, años después, protagonizarían historias como la de 'Querer'.
Va de tener clase y de pertenecer a una, dentro y fuera de las aulas. Va también del valor: de qué lo tiene, quién lo tiene, cómo se pierde y cómo, a veces, puede recuperarse. Del peso de las expectativas y de las etiquetas. Del miedo y del poder. Y de la certeza de que llega un momento en el que solo uno mismo puede decidir qué hacer con todo ello.
A través de un juego en el patio de un colegio bien de los 80, un coro griego reconstruye el origen de unas dinámicas que de inocentes tenían poco y que se aceptaban como inevitables durante demasiado tiempo. Una época en la que era fácil diluir la culpa en ese «nosotros» que veía, pero no entendía.
'Polis y cacos' señala a las víctimas y a los culpables y también se pregunta (nos hace preguntarnos) por la responsabilidad compartida y por el precio de la indiferencia. ¿Qué hacemos con aquello que no quisimos ver? Además de los antes mencionados, solo una filóloga y una psicóloga poseen identidad propia, aunque sin nombre. Ellas guían al grupo hasta que entiende lo que significa que la vergüenza, por fin, haya cambiado de bando. La vida iba en serio.
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'Polis y cacos', el día en el que dejó de ser un juego
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