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Por qué importan las elecciones húngaras

Por qué importan las elecciones húngaras
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Puede que no exageren quienes grandilocuentemente afirman que las elecciones del domingo en la territorialmente amputada Hungría representen nada menos que un choque de civilizaciones, entre el espíritu de la ilustración y el de la reacción déspota y absolutista. Leer
Ensayos liberalesPor qué importan las elecciones húngaras
  • TOM BURNS MARAÑÓN
Actualizado 10 ABR. 2026 - 00:56El primer ministro de Hungría, Viktor Orbán, buscará el domingo un quinto mandato.ZUMA vía Europa PressZUMA vía Europa Press

Puede que no exageren quienes grandilocuentemente afirman que las elecciones del domingo en la territorialmente amputada Hungría representen nada menos que un choque de civilizaciones, entre el espíritu de la ilustración y el de la reacción déspota y absolutista.

Las elecciones generales en Hungría pasado mañana puede que pongan pie en pared al proceso de derechización de la sociedad occidental. Puede que reafirmen las políticas centristas y de consenso que fueron dominantes no hace tanto y que hoy se encuentran más en desuso con cada día que pasa.

Alternativamente, el voto húngaro puede dar alas al populismo insurgente y autocrático, "patriótico" y "soberanista" que en tantos países ha puesto a la defensiva a la mismísima democracia liberal. Quienes celebren este posible triunfo han de tener en cuenta que tal resultado estimularía, como reacción, a la izquierda radical, "antifacha" y, en definitiva, antisistema.

En el primer supuesto, Viktor Orbán, el primer ministro de Hungría, que lleva dieciséis años consolidando y defendiendo lo que llama una "democracia iliberal", perdería las elecciones y, en teoría, se retiraría a su casa para escribir sus memorias. Por el contrario, en la segunda suposición el hombre fuerte de Budapest conseguiría otros cuatro años en el poder y su influencia se extendería de una manera ya inapelable fuera de las fronteras del antiguo reino de Hungría.

Orbán es el ídolo de la derecha fundamentalista en Europa, es el líder del movimiento MAGA en el Viejo Continente y es el elemento díscolo en un bloque donde hoy por hoy imperan las políticas de centroderecha y de centroizquierda.

Por primera vez desde que ganó las elecciones en 2010, Orbán no las tiene todas consigo. Le reta el cansancio inevitable que provoca en todo electorado quien se prolonga en el poder. Y lo que le es aún más perjudicial, se enfrenta a la novedosa competencia de un disidente de su propio partido.

El eurodiputado y curtido activista político Péter Magyar ha conseguido unir a distintos partidos opositores en una misma plataforma contra el eterno líder. Su promesa es que normalizará las relaciones de Hungría con la Unión Europea.

La campaña electoral ha sido sucia. Se ha desarrollado en términos poco menos que mesiánicos, han abundado intoxicaciones y desinformaciones en las redes y Orbán y Magyar se han cruzado acusaciones de ser marionetas de Moscú y de Bruselas, respectivamente. Algunas encuestas anuncian el fin de la era Orbán y otras que el resultado de las elecciones está en el alero.

En plena crisis de la Guerra del Golfo, JD Vance, el vicepresidente de Estados Unidos, viajó a Budapest esta semana para resaltar el pleno apoyo de Donald Trump a los "principios cristianos" que abandera Orbán y para acusar a la "burocracia de Bruselas" de interferir en el proceso electoral con la intención de derrocar al "gran estadista" y buen amigo de Trump en Hungría.

El presidente de Estados Unidos no pierde ocasión para alabar a Orbán y su entusiasmo por el líder húngaro es compartido por Vladímir Putin y por la derecha conservadora europea que está en el poder, la italiana de Giorgia Meloni en primer lugar, y por la que aspira a estarlo como es el caso de Marine le Pen en Francia, de Alternativa por Alemania y de Vox en España. Toda ella, junto con La Libertad Avanza del argentino Javier Milei, hizo piña recientemente en Budapest con Orbán. Es así como en un pequeño Estado europeo, económicamente renqueante, un poco más grande y algo más poblado que Andalucía, ha pasado a ser la zona cero del tema más importante de nuestro tiempo, el que enfrenta a la democracia liberal con sus enemigos.

Hungría fue un caso claro de Estado fallido en el siglo XX. Tras la Primera Guerra Mundial perdió dos terceras partes de su territorio, sus centros industriales, sus recursos minerales, su salida al mar y la mitad de su población. En la siguiente gran guerra cayó en el lado soviético del telón de acero y su heroico levantamiento contra el comunismo en 1956 fue violentamente reprimido por los tanques que envió Moscú.

El futuro de la corrección política

Ya bien entrado el siglo XXI, Hungría es el escenario donde se porfía por el futuro de lo que se ha dado en llamar la "corrección política" que aprobó Occidente hace ocho décadas tras la Segunda Guerra Mundial y que triunfó cuando cayó el Muro de Berlín en 1989. Se polemiza porque ese decoroso consenso occidental no iba a ser nunca una sensibilidad estática. Quiérase o no la "ventana" de valores que lo enmarcaba se iría moviendo. Y al deslizarse el "escaparate", el nuevo panorama resultaría aceptable para unos pero inadmisible en el parecer de otros.

En Occidente se abrió una brecha entre quienes decían estar en un supuesto lugar "correcto" de la Historia y quienes se situaron en un término muy distinto. La colisión de percepciones tras el movimiento de la "ventana" se manifestó de una manera dramática en 2015, cuando Europa se enfrentó a la mayor crisis de refugiados desde la rendición de la Alemania nazi en 1945. Desde entonces, la inmigración ha estado en el centro del debate político en las democracias liberales.

En cuestión de meses, aquel año unos dos millones de desplazados llegaron al Viejo Continente. La mayoría venía de Siria; hubo un número alto de iraquíes, de afganos, y de pakistaníes, y llegaron también de los Balcanes, de Eritrea y de Nigeria. Más de la mitad de ellos pidió asilo en los Estados miembros de la Unión Europea.

La buenista reacción de Angela Merkel en la Alemania reunificada fue decir Wilkommen refugiados, "seáis bienvenidos", Wir schaffen das, "lo haremos", os asimilaremos. Y, por lo tanto, se abrieron las puertas a los inmigrantes. La canciller en Berlín al frente de la economía más potente de Europa decidió por su cuenta y riesgo el nuevo y "correcto" emplazamiento de la "ventana".

La respuesta al inmenso flujo inmigratorio de Orbán, que para entonces había ganado un segundo mandato, fue la radicalmente opuesta y, en consecuencia, su notoriedad no ha hecho más que crecer desde entonces. El primer ministro húngaro ha obtenido claros réditos electorales, al menos hasta ahora.

En el verano de ese año de la avalancha inmigratoria, Hungría comenzó a construir un muro para cerrar sus fronteras a cal y canto, reforzó sus leyes para sancionar a los llegados irregulares y se negó a participar en el reparto de refugiados que pidió la Comisión Europea. El muro de Orbán inspiraría el de Trump en la frontera con México.

El elemento discordante

Desde la crisis inmigratoria, la Hungría de Orbán no ha dejado de ser el elemento discordante en la Europa de los Veintisiete. Tras la invasión rusa de Ucrania en febrero 2022, Budapest se opuso a las sanciones que Bruselas impuso a Moscú y a los préstamos que acordó con Kiev. Orbán desprecia al ucraniano Volodímir Zelenski y sus relaciones con Putin, al igual que las de sus ministros con sus homólogos en el Gobierno ruso no pueden ser más cordiales.

La lista de "incorrecciones" que a ojos del consenso europeo ha cometido Orbán es larga. Ha intervenido en el nombramiento de jueces, ha conseguido que empresarios afines controlen gran parte de los medios y que correligionarios suyos encabecen instituciones académicas. Según se mire, su Gobierno es de amiguetes o es una mafia.

Los mandatos de Orbán han exaltado el soberanismo y han denigrado prácticamente todas la vacas sagradas del liberalismo contemporáneo, entre ellas las de la división de poderes y la reforzada institucionalización de checks and balances, las políticas climáticas y las de género.

Hungría ha suprimido asociaciones cívicas participadas por extranjeros y Orbán ha convertido al nonagenario inversor George Soros, nacido en Budapest y afincado en Estados Unidos, en el apestado enemigo público número uno.

La persecución del financiero por el primer ministro es un asunto feo, puesto que Soros filantrópicamente pagó los estudios de Orbán en Oxford. Su mecenazgo del entonces joven liberal y europeísta le salió rana.

Con todo lo que contiene el listado de agravios, lo que probablemente más escandaliza a la "corrección política" es que el primer ministro húngaro se jacta de ser un demócrata "iliberal" y que, hasta ahora, ha tenido mucho éxito político por serlo. A Orbán, al igual que a Trump y que a Putin, no le duelen prendas a la hora de descalificar a sus adversarios por ser wokistas convictos y confesos que, en su caso, corroen las esencias del ser húngaro. La honda preocupación de quienes administran las políticas públicas en las democracias liberales es que la "incorrección" de Orbán sea contagiosa. Y es por eso por lo que, quizás, no esté fuera de lugar retratar el voto húngaro este domingo como una batalla decisiva en la llamada guerra cultural.

Puede que no exageren quienes grandilocuentemente afirman que las elecciones del domingo en la territorialmente amputada Hungría representen nada menos que un choque de civilizaciones. El voto en Hungría encarna el encontronazo actualizado entre el espíritu de la ilustración -las libertades, los derechos etc.- y el zeitgeist de su antagonista, que es el de la reacción déspota y absolutista, el de la calumnia y de la cancelación.

Es una batalla que se ha librado desde la invención de la imprenta y que hoy se lleva a cabo, recrudecida y con creciente ira, en las redes sociales. Orbán, como Trump y como Putin, criminaliza y él, al igual que ellos, es a su vez demonizado.

El domingo se sabrá si este "hombre fuerte" que protagoniza el iliberalismo, desafía el globalismo y reconquista la soberanía obtiene por quinta vez sucesiva el respaldo de las urnas.

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Fuente original: Leer en Expansión
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