El escritor y periodista Edward Dolnick recorre la fascinante historia del descubrimiento científico de estos seres en el libro 'Dinosaurios en la cena'
Regala esta noticia Añádenos en Google Paleontólogos recuperan restos de un dinosaurio en Cuenca en 2024. (EFE)Madrid
24/08/2026 a las 00:08h.En 1677, unos trabajadores que excavaban en una cantera a 40 kilómetros de la Universidad de Oxford encontraron un hueso enorme y se lo llevaron ... a Robert Plot, un reconocido naturalista que dirigía el Museo Ashmolean de la ciudad. Plot se mostró perplejo y comenzó a aventurar hipótesis que sucesivamente iba descartando: ese fémur enorme de 60 centímetros de circunferencia y diez kilos de peso no podía pertenecer a un caballo o a un buey, porque era demasiado grande. Tampoco a un elefante que los romanos hubieran llevado a Gran Bretaña en el milenio anterior.
En 1802, nadie había oído hablar de lo que era un dinosaurio y los fósiles habían aparecido durante siglos sin que nadie supiera dar una explicación. A veces, los colmillos gigantes y las costillas del tamaño de un andamio podían acabar como decoración en la entrada de la casa de un campesino. Pero en el siglo XIX ocurrió un acontecimiento que sin tener, en apariencia, ningún vínculo con los dinosaurios cambió para siempre la percepción de estos seres.
La Revolución Industrial propició una «fiebre de excavaciones» que permitió descubrir fósiles
Según cuenta Dolnick, el desarrollo de la Revolución Industrial propició una «fiebre de excavaciones» que permitió el descubrimiento de abundantes fósiles. Los trabajadores agujereaban la tierra y cuando miraban debajo de la superficie, «contemplaban cosas nunca vistas». Como no había nada real a lo que pudieran corresponder, aquellos restos se vincularon primero a dragones o monstruos. Nadie parecía capaz de recomponer un puzle que tuviera lógica con todas las piezas que iban apareciendo. Esos primeros descubridores sabían que estaban ante algo diferente y emocionante, pero no eran capaces de ponerle nombre. De hecho, explica Dolnick, la palabra dinosaurio, que etimológicamente significa «lagarto terrible» o «lagarto terriblemente grande», no se utilizó hasta 1842 acuñada por Richard Owen, otro de los protagonistas del libro.
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