El verano convierte cada plan en una sesión improvisada de modelaje no siempre satisfactoria. El problema no está en el ángulo de la cámara ni en el bikini, sino en la forma de mirarnos
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Regala esta noticia Añádenos en Google (Adobe Stock) 21/08/2026 Actualizado a las 20:52h.Hay una ley no escrita del verano. Da igual lo bien que lo estés pasando. En cuanto alguien dice «¡foto!», empiezan los problemas. «Bórrala, salgo ... fatal». «¿Por qué tengo esa cara?». «Madre mía, qué barriga». «Súbela, pero sin etiquetarme». En cuestión de segundos, un recuerdo de vacaciones se convierte en una pequeña crisis de autoestima. Lo curioso es que, muchas veces, nadie más que tú ve eso. Tus amigos están mirando si salieron con los ojos cerrados o si aparece alguien haciendo el tonto por detrás. Tú, en cambio, estás calculando si el bañador marca demasiado, si ese brazo parece más grande de la cuenta o por qué tu sonrisa no se parece a la del espejo.
Lo peor es que la cámara casi nunca es la culpable. O, al menos, no tanto como creemos. Nuestro cerebro juega con ventaja. Estamos acostumbrados a vernos en el espejo, una imagen invertida que nos acompaña toda la vida y sobre la que, además, tenemos cierto control. Al mirarnos, elegimos el ángulo, la postura, la distancia e incluso la expresión. Una fotografía hecha por otra persona rompe ese control de golpe. Nos enseña desde fuera y congela una décima de segundo que nuestro cerebro interpreta como si resumiera quiénes somos.
«El problema es convertir el cuerpo en una especie de proyecto que siempre hay que corregir»
«Comparamos nuestro cuerpo con cansancio o después de comer con una imagen elegida y editada»
La psicología lleva años estudiando este fenómeno. Los expertos lo relacionan con el llamado 'efecto de mera exposición': tendemos a preferir aquello que vemos con frecuencia. Por eso la versión del espejo nos resulta familiar y la de una fotografía puede parecernos extraña, aunque sea la que realmente ven los demás. A eso se suma otro detalle del que casi nunca somos conscientes. Un móvil no ve igual que el ojo humano. Dependiendo del objetivo, la distancia o la luz, una cara puede parecer más ancha, una nariz más grande o unas piernas más cortas. Basta comparar un selfi hecho muy cerca con una foto tomada desde unos metros para comprobar que parecen dos personas distintas.
Pero, incluso sabiendo todo eso, seguimos haciéndonos la misma faena. «Hay personas que no ven una imagen completa de sí mismas, sino una lista de defectos: mi barriga, mis piernas, mi piel o mis brazos. La foto deja de ser un recuerdo y se convierte en una lupa», explica Sánchez. Es curioso porque con los demás solemos hacer justo lo contrario. Nos fijamos en la sonrisa, en el momento, en la complicidad o en la risa. Con nosotros abrimos una especie de inspección técnica donde cada centímetro del cuerpo parece estar siendo examinado.
El espejo de las redes sociales
Las redes sociales tampoco ayudan. Antes, las fotos acababan en un álbum familiar o en un cajón, ahora se hacen pensando en Instagram. Ya no basta con que el recuerdo sea bonito, tiene que quedar bien, conseguir 'likes' y estar a la altura de todas esas imágenes perfectas que llevamos semanas viendo mientras hacemos 'scroll'. «Ya no solo pensamos si nos gusta la foto, sino qué pensarán los demás, si salimos peor o si deberíamos retocarla», apunta la psicóloga. Y ahí aparece la comparación con la influencer que lleva dos meses publicando imágenes desde una cala griega, con la amiga que parece no salir nunca despeinada o con aquella postal de hace cinco veranos en la que estábamos (o eso creemos) mucho mejor. Pero la comparativa es tramposa. «Comparamos nuestro cuerpo en movimiento, con calor, cansando o después de comer, con una imagen elegida, posada, iluminada y muchas veces editada», recuerda la experta.
¿Dónde está el límite?
Al final, casi todos caemos en el mismo juego. Nos hacemos veinte fotos para quedarnos solo con una, pedimos que no nos etiqueten, nos escondemos detrás del más alto en las fotos de grupo, revisamos una y otra vez quién ha visto la historia o dejamos de salir delante de la cámara porque así es más fácil que enfrentarse al malestar. El problema aparece cuando deja de ser una simple manía y empieza a condicionar el verano.
Cuando uno evita ponerse el bañador, rechaza planes, pide borrar todas las fotos familiares o necesita revisar cada imagen durante varios minutos antes de permitir que alguien la suba, cuidado. «Si la preocupación por la imagen empieza a robar disfrute, libertad o vida social, merece atención», advierte Sánchez. Quizá por eso el mejor consejo no tenga nada que ver con posar de perfil o esconder la tripa. «Una foto no debería responder a la pregunta '¿estoy suficientemente bien?', sino recordarnos qué estábamos viviendo en ese momento», finaliza la psicóloga.
'Tips' para verte mejor en las fotos de verano
No hace falta ser modelo ni influencer para salir bien en las fotos. Los fotógrafos coinciden en algunos consejos básicos para que el posado salga perfecto: buscar la luz natural y evitar el flash, encontrar el lado que más favorece, no colocarse completamente de frente y girar ligeramente un hombro hacia la cámara para estilizar la postura. También ayuda mantener el cuerpo relajado, separar un poco los brazos del torso y adelantar una pierna para ganar naturalidad. Las manos suelen ser el punto más conflictivo, así que recurrir a accesorios como unas gafas de sol, un sombrero o simplemente meter una en el bolsillo puede ayudar a que la imagen no se vea rígida. Y si aun así nada encaja, el mejor truco es no pensar tanto en posar y dejar que el movimiento haga su trabajo.
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