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Economía

Por qué trabajar bajo presión no le convertirá en el empleado del mes

Por qué trabajar bajo presión no le convertirá en el empleado del mes
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Cumplir con plazos exigentes estimula el ingenio y la creatividad, pero cuando la presión para alcanzar ese objetivo es intensa y prolongada, esa urgencia necesaria se transforma en estrés, bloqueo y agotamiento. Leer
Vida en la oficinaPor qué trabajar bajo presión no le convertirá en el empleado del mesActualizado 26 JUN. 2026 - 11:18

Cumplir con plazos exigentes estimula el ingenio y la creatividad, pero cuando la presión para alcanzar ese objetivo es intensa y prolongada, esa urgencia necesaria se transforma en estrés, bloqueo y agotamiento.

Trabajar bajo presión no nos hace mejores profesionales. Aunque parece evidente que el estrés está a flor de piel en estas circunstancias, no deja de sorprender que la psicología haya estudiado este fenómeno durante más de un siglo para analizar los pros y contras de una situación más que cotidiana en cualquier trabajo. Marta Romo, socia directora de Be Up, habla de la Ley de Yerkes-Doson, que describe una curva en forma de 'U' invertida: "Cuando la presión es demasiado baja tendemos a dispersarnos o procrastinar; cuando es moderada puede aumentar la atención, la energía y el foco; pero cuando es excesiva aparecen errores, bloqueos y una caída del rendimiento". Esto quiere decir que cierto nivel de presión puede ayudar a cumplir los plazos porque provoca urgencia y "facilita la priorización", aclara.

El problema surge cuando esta presión es muy intensa y se mantiene en el tiempo. Investigaciones recientes de la Universidad de Standford demuestran que la presión de tiempo extrema activa la amígdala (centro del miedo), lo que bloquea la corteza prefrontal. Esto genera lo que se conoce como visión de túnel: el trabajador cumple con la tarea, pero es incapaz de innovar o encontrar soluciones alternativas. Bajo presión repetimos patrones conocidos; no creamos nuevos. Romo recuerda que "estamos diseñados para alternar momentos de cierta presión con momentos de tranquilidad... y en ocasiones puntuales picos de presión". José Manuel Chapado, CEO de Éthica, afirma que "si la presión, aun siendo intensa, es excepcional, cumple su misión. Cuando todo es para ayer, no se disfruta el hoy ni se cuida el mañana. No se puede funcionar siempre al límite".

Al límite

"No nos rompemos por trabajar bajo presión sino cuando trabajamos duro durante demasiado tiempo, sin un propósito claro y sin sentido, sin recursos suficientes y sin posibilidad de recuperación", afirma Elena Arnaiz, psicóloga especializada en talento. Por esta razón, saber gestionar la presión o, mejor aún, anticiparse, puede evitar el bloqueo o caer en las redes del estrés.

Un estudio internacional publicado en Nature Human Behaviour analizó el rendimiento bajo presión y descubrió que, cuando la recompensa o el castigo son muy altos, el exceso de monitorización consciente sobre una tarea que ya sabemos hacer provoca errores torpes, es decir, el cerebro "se interpone" en sus propios automatismos. Para no llegar al límite Romo aconseja verlo con perspectiva, transformar la presión en desafío, en lugar de vivirla como una amenaza: "La neurociencia muestra que el cerebro responde de forma distinta según interprete una situación como una oportunidad para crecer o como un riesgo para el control, la seguridad o el estatus. Cuando percibimos que tenemos margen de maniobra, la presión puede convertirse en motivación; cuando sentimos que no tenemos ese espacio, aumenta el estrés".

Arnaiz cree que lo que marca la diferencia suele estar en el sentido: "No es lo mismo decirle a un equipo (o decirse a uno mismo), 'necesito esto para mañana', que decir, 'este informe es clave porque mañana se decide una inversión importante; necesito que reviséis estos tres datos críticos, con este nivel de precisión, por lo que hoy quedáis liberados de otras tareas para que podáis hacer esto bien'". Destaca que en el primer caso sólo hay urgencia, y en el segundo hay dirección e inspiración.

La eficiencia

Sin embargo, existe una cara B en entornos dominados por la presión, las prisas y la ansiedad por superar a la competencia, ya sea empresarial o profesional. Una investigación de la American Psychological Association concluye que si existe presión, pero mucha autonomía para decidir cómo resolverla, el impacto en la salud es mínimo y el rendimiento es máximo. Sin embargo, si uno tiene mucha presión y baja autonomía, el riesgo de infarto y burnout aumenta un 50%.

Chapado reconoce que la presión moderada favorece la concentración, reduce distracciones y aumenta la calidad del trabajo: "El problema es que un exceso de presión puede provocar colapsos y errores, y hay tareas y funciones en los que el margen de error es muy reducido". Menciona las prisas como uno de los grandes enemigos: "La exigencia de mayor velocidad puede hacernos perder el objetivo, que no siempre consiste en terminar antes, sino en hacerlo con calidad y precisión técnica".

Los resultados

Cierto grado de presión favorece los resultados, ya que, como apunta Chapado, "fomenta la concentración, reduce distracciones y aumenta la calidad del trabajo". Pero también reconoce que un exceso de presión puede provocar colapsos, de ahí que considere importante "fijar qué tareas pueden ser afrontadas desde la urgencia, y cuáles son importantes y requieren tiempo y velocidad adecuados". En este sentido, Arnaiz advierte de que "trabajar bajo presión genera una sensación de rapidez frente a la urgencia, pero esa prisa suele ser barata al principio y tremendamente cara al final".

Existe otro factor que puede ser determinante: la seguridad psicológica que menciona Amy Edmondson, profesora de la Harvard Business School. Los equipos que mejor trabajan bajo presión no son los más "duros", sino aquellos en los que existe esa seguridad psicológica: si un trabajador siente que puede fallar sin ser humillado, la presión se traduce en reto. Si teme el despido o la burla, se traduce en parálisis. "La presión deja de ser una amenaza cuando se convierte en un reto con sentido, está delimitada en el tiempo y se explica con claridad qué se espera de la persona", afirma Arnaiz.

Romo cree que el impacto de la presión en los resultados depende de la tarea: "En trabajos rutinarios o muy automatizados, un nivel relativamente alto de presión no perjudica demasiado e incluso acelera la ejecución. Si la tarea requiere creatividad, pensamiento estratégico, aprendizaje, análisis o toma de decisiones complejas, el exceso de presión suele reducir la calidad del resultado. Bajo mucha presión tendemos a simplificar el pensamiento, recurrir a automatismos y cometer más sesgos cognitivos".

10 consejos y 5 preguntas

Sobrevivir en entornos de presión requiere calma, mucho temple y también un gran ejercicio de autoestima. Marta Romo, socia de Be Up, y José Manuel Chapado, CEO de Éthica, proponen estos 10 puntos esenciales:

  1. Decida su agenda, y que la agenda no decida por usted. La vida es tiempo.
  2. Que la urgencia no se coma lo importante, ni la ansiedad decida su velocidad.
  3. Descanse para recargar pilas. Intercale periodos de relajación entre actividades intensas.
  4. Atención a las alertas que previenen ante el estrés que resta. El olvido o el malestar físico pueden ser dos detonantes.
  5. Celebre los éxitos y tome conciencia de sus objetivos.
  6. Elimine cosas que hace y que no le aportan nada.
  7. Divida el plazo final en microplazos.
  8. Cuide su cuerpo. Dormir poco, comer mal o pasar muchas horas sin moverse aumenta la sensación de estrés y reduce el rendimiento cognitivo.
  9. Haga pausas estratégicas.
  10. Comparta la presión que siente. Compartir dificultades, pedir ayuda o contrastar decisiones con otros es una estrategia de rendimiento.

Elena Arnaiz, psicóloga especializada en talento, propone cinco preguntas para reducir la presión y avanzar antes.

  1. ¿Esto es realmente urgente o se ha vuelto urgente por costumbre?
  2. ¿Entiendo exactamente qué se espera de mí o estoy compensando la falta de claridad con más esfuerzo?
  3. ¿Estoy trabajando desde el compromiso o desde el miedo?
  4. ¿Este ritmo sería sostenible durante un año?
  5. ¿Qué necesito para seguir pensando bien?
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Fuente original: Leer en Expansión
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