Hola Nickie. Esta noche ha llegado a España la primavera. Lo ha hecho a las 00.07, como la segunda botella de champán en Nochevieja y la alarma de la pastilla del colesterol. Pero, de alguna manera, todavía no ha llegado. Porque la primavera ... en España no es un fenómeno atmosférico ni astronómico sino mitológico; no depende del lugar relativo de la Tierra con respecto al sol sino del lugar relativo del sol respecto a España. Y, sobre todo, del lugar relativo del español con respecto al resto de españoles.
Porque ese es el verdadero leit-motiv: la primavera nos hace salir del caparazón, de la cueva afectiva en la que hemos pasado el invierno para comenzar a relacionarnos de nuevo 'outdoor', como dices tú. Pero todo eso no sucede hasta que llega la buena temperatura, es decir, hasta que la primavera es primavera y no esta estafa administrativa.
Y precisamente de esto quería yo hablarte, querido Nickie. No sé si en Sheffield tendréis primavera, yo diría que no. En Sheffield no hay primavera como no hay niñas enamoradas de soldados ni poetas que miran la Alhambra desde el Albaicín. En Sheffield debe de ser siempre otoño y las hojas se han de caer cada tarde de los árboles en un remolino de sonidos industriales.
Aquella última noche por la que me preguntas
Pero aquí, en España, la primavera le pertenece a los poetas, es decir, a Sevilla: huele a azahar, a jazmines y a incienso. Yo creo que tenemos el cliché metido en los huesos. Primavera es primavera en Sevilla, Nickie, días largos, sombras cortas, alegría en grado de tentativa. También hay primavera en Madrid, cuyo mayo te explota en la frente como un gladiolo. El mayo de Madrid es el abril de Sevilla, conceptos que deberían ser Patrimonio de la Humanidad: en un caso la Feria de Abril y en el otro, San Isidro. Pero un mismo aire de toros, fiestas y piernas de mujer.
Un inglés jamás podría adaptarse del todo a esto. Creo que es imposible desde un punto de vista estructural; sencillamente no estáis preparados para ello. Nosotros tenemos una adaptación genética, como la tienen las ovejas churras al páramo castellano o los San Bernardos a los Alpes suizos. Somos los San Bernardos de la primavera, Nickie, los San Bernardos de la juerga, de un tipo de juerga explosiva que engancha con el 'joie de vibre', con una profunda alegría por estar vivos y una extraordinaria capacidad de metabolización de la vitamina D.
La primavera es una droga de metabolización lenta, uno de esos parches de nicotina que liberan la sustancia en dosis mínimas y perfectas para que no te intoxique, pero tampoco te abandone. La primavera, bien administrada, es la droga de los españoles decentes: te espabila sin destruirte. Pero, sobre todo, te hace creer que todavía estás a tiempo de enamorarte, de adelgazar siete kilos antes de junio y de perdonar hasta a la Agencia Tributaria, que ya es perdonar.
Cerrar el armario de los abrigos es abrir la puerta a la alegría. Y no hay vuelta atrás
De pronto, la vida española, que durante el invierno había quedado reducida a interiores con calefacción, jerseys oscuros y gastroenteritis circulares se abre como una persiana. El país sale a la calle con su alergia a las gramíneas, su optimismo límbico y una vocación teatral. Porque con el primer rayo de sol llega una visión de la vida como una esperanza perpetua. Y una vez que el abrigo gordo se guarda, se guarda de verdad; ya puede volver el frío -algo que, por esta tierra castellana es de lo más frecuente- que no hay vuelta atrás. Cerrar el armario de los abrigos es abrir la puerta a la alegría. Y no hay vuelta atrás. Nos da el aire y nos creemos mejores, Nickie.
Hay algo ridículo y profundamente hermoso en el español primaveral. El mismo hombre que en enero caminaba por la acera con la expresión de un administrativo sin fe, en marzo se compra unas gafas de sol y se siente el secundario de una serie italiana; la misma mujer que en febrero maldecía la lluvia con hostilidad bíblica, en abril estrena gabardina y parece que va a heredar una finca en Jerez. La primavera nos vuelve farsantes, Nickie, pero farsantes encantadores. Nos permite representar durante unas semanas la mejor versión de nosotros mismos, una obra de teatro coral en la que aún caben el deseo, la cortesía y la Esperanza, de vuelta por calle Parras.
Luego están las terrazas, claro, con una caña, unas aceitunas y el sol de las siete de la tarde cayendo sobre las fachadas como una bendición laica. Yo creo, Nickie, que España no se entiende desde los grandes tratados sino desde la primera cerveza al aire libre de la temporada. Ese momento en que alguien dice «qué rica y qué fresquita» y todos asentimos como si acabáramos de firmar la paz de Westfalia.
Una civilización, querido Nickie, no se mide por su PIB ni por su número de portaaviones sino por su capacidad para perder el tiempo al sol, como lagartos torrados
La primavera además tiene una virtud que no se estudia suficiente: suaviza los defectos de los españoles. Un antipático en diciembre es un antipático sin matices. En primavera, en cambio, parece más razonable, le da el sol en la cara y se le suaviza la misantropía. Igual no sonríe -hay naturalezas que ni con clorofila- pero al menos concede un par de frases sin veneno. Porque una civilización, querido Nickie, no se mide por su PIB ni por su número de portaaviones sino por su capacidad para perder el tiempo al sol, como lagartos torrados.
Comprenderás que nos sintamos estafados cuando el calendario declara inaugurada la primavera pero lo que tenemos fuera es este viento criminal, esta borrasca calvinista y esa tarde a cuatro grados que nos obliga a tomar la caña con abrigo, como exiliados en una versión triste de nosotros mismos. No, esto no es primavera. El equinoccio podrá decir misa, pero mientras no veamos a un adolescente en manga corta, a una pareja besándose con entusiasmo de reconquista y al primer señor en bermudas, no lo damos por inaugurado. España se funda cada primavera sobre ese hombre prematuro y valiente que enseña la pantorrilla como otros enseñaron la cruz o la espada.
Aun así, bendita sea esta vieja embustera. Nos miente, sí, pero en nuestro favor. Nos hace creer que queda tiempo, que la noche será benigna y que aún podemos sentarnos con alguien querido para arreglar el mundo entre platos de calamares. Nos devuelve una confianza elemental en la existencia. Y eso, en estos tiempos de apocalípticos, cenizos y expertos, no es poca cosa. Así que no le hagas caso al reloj astronómico. La primavera no entra a las 00.07. La primavera entra cuando una ciudad huele por primera vez a cena en la calle y cuando una viuda se pone colorete. Entonces sí, entonces ya está aquí. Y nosotros, pobres mediterráneos sentimentales, volveremos a creer en ella como los idiotas creen en los horóscopos y los ingleses en las estadísticas.
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