Se sabe –hay un amplio consenso– que Harold Brodkey era un individuo un tanto insoportable y muy megalómano. Brodkey (Illinois, 1930-1996) no dudó en autoproclamarse «la voz de los tiempos por venir».
No dejó de cobrar sucesivos y cuantiosos adelantos durante décadas ... por lo que anunciaba como la novela más importante después de Proust (la triunfalmente fallida 'El alma fugitiva' –1991–, a la que siguió la más humilde y tal vez mejor lograda 'Amistad profana' en 1994).
Denunció que Sean Connery había robado su «personalidad» al a hora de interpretar al padre del legendario arqueólogo en 'Indiana Jones y la última cruzada'. Juró que había sido amante de Marilyn Monroe (y que no había sido para tanto).
Acusó a colegas por descolgarse por las cornisas de su piso en Manhattan para espiar las páginas de su manuscritos. Rememoró demasiado selectivamente en la 'memoir' formidable 'Esta salvaje oscuridad: la historia de mi muerte' (reescribiendo sus apetitos sexuales y el cómo y por qué del sida que lo aniquiló para indignación de la comunidad gay).
Y afirmó hasta su último aliento que Norman Mailer, John Cheever, Saul Bellow y John Updike no habían dejado de robarle indiscriminada y descaradamente «mis oraciones». Cuentan que sus cada vez menos amigos lo escuchaban pacientes y puntuaban cada una de sus diatribas con un tan afectuoso como resignado «Oh, Harold...». También –admirado por Cynthia Ozick y Harold Bloom y Don DeLillo y Salman Rushdie y Susan Sontag y Gordon Lish, quien lo definió como «lo más importante que nos ha sucedido desde William Faulkner»– Brodkey fue un gran escritor.
Y este bienvenido rescate de su debut de 1957 en el cuento (es una pena que a esta nueva encarnación no se hayan añadido los tres 'bonus-tracks' en su reedición póstuma de 1998) vuelve a ponerlo en evidencia. Cortadas y confeccionadas según los patrones temáticos tan rígidos como funcionales de 'The New Yorker', lo que se reúne aquí son perfectas piezas de orfebrería narrativa. Inmensas miniaturas en las que –en perspectiva-retrospectiva– se extrañan las, por entonces, impensables maravillas (de)formales reunidas en su siguiente antología, la colosal 'Relatos a la manera casi clásica' (1989) y en su coda-eco post-mortem y aún por traducir 'The World is The Home of Love and Death' (1997).
En cualquier caso, en 'Primer amor y otros pesares' hay, por lo menos, dos obras maestras del género: 'El estado de gracia' y 'Educación sentimental'. Dos joyas de alguien quien no dudaba en denunciar: «He sido tan maltratado, se me negaron premios, se me empujó a un rincón... A mí me odian. Cualquiera que yo no aprecie especialmente tenderá a apartarse de mí en defensa propia a causa de quien soy... En cierto sentido yo soy el 'establishment' literario».
Interrogado por 'The Paris Review' acerca de cuál era su ideal artístico, Brodkey no dudó en responder que lo suyo, su épica, pasaba por «alterar la conciencia, cambiar el lenguaje de tal manera que todas aquellas formas de conducta a las que yo me opongo se vuelvan absurdas, impopulares, improbables... ¿Los ideales? Los ideales son para los que escriben esos textos en las postales de felicitación que se envían durante bautismos, bodas y cumpleaños».
Y concluía con un: «Es peligroso ser tan buen escritor como yo».
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'Primer amor y otros pesares', 'Oh, Brodkey'
'Primer amor y otros pesares', 'Oh, Brodkey'