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'Protocolos'

'Protocolos'
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Mi hermosa lavandería

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Isabel Coixet

17/07/2026 Actualizado a las 11:34h.

Antes solía entrar en prisiones como abogada. Ahora soy escritora». Previamente a publicar libros, Constance Debré fue abogada defensora penal durante años. Hasta cierto punto ... este libro enjuto, seco y percutante como ella muestra cómo su escritura fue nutrida al mismo tiempo por su primera vida y por la decisión que tomó al renunciar a ella.

Ya el primer capítulo del libro es un mazazo: la descripción de cómo se prepara a un prisionero para la silla eléctrica, cómo se lo viste, por qué se le pone un pañal, qué partes del cuerpo se le afeitan, qué ocurre en el cuerpo en las primeras descargas. Cómo se lo remata. El nivel de hervor de los órganos internos. Los globos oculares abandonando las cuencas. Quién puede acudir a verlo hasta momentos antes de que se empiece el procedimiento mortal. En apenas tres páginas, Constance Debré pulveriza cualquier ilusión de humanidad del procedimiento: es de una brutalidad absoluta, sin ambages.

Tuve que detenerme antes de seguir leyendo. Y sé que el adjetivo 'necesario' se utiliza con una frivolidad tal que su significado ha perdido totalmente su valor. Pero sí, este es un libro absolutamente necesario

Confieso que tuve que detenerme antes de seguir leyendo y refrené la pulsión de alejar el libro de mí. Sé que el adjetivo 'necesario' se utiliza con una frecuencia y frivolidad tal que su significado ha perdido totalmente su valor. Pero sí, este es un libro absolutamente necesario.

En la minucia de sus detalles encontramos todo el horror de la violencia del Estado. La obscenidad de un sistema legal que mata con las mismas saña y falta de escrúpulos con que los romanos echaban a sus prisioneros a los leones.

Cuando la autora habla con médicos dentro del sistema penal, no hay ni uno solo de ellos que crea que al prisionero no se le causa un daño innecesario. La horca, el fusilamiento, la silla eléctrica, la inyección letal… ni siquiera han sido científicamente estudiados y no garantizan la muerte, y hay presos que han sobrevivido hasta a tres intentos. Y han muerto acto seguido de un cáncer.

Pero la fascinación de Debré por los protocolos viene también de los que aplica a su vida: las mujeres intercambiables que pasan por su cama, los largos de piscina que hace cada día, los cacahuetes y el café comprados en gasolineras… La vida que describe en Estados Unidos es un espejo de la pornografía de lo real con la que convivimos cada día. Ese nuevo 'normal' que nos deshumaniza y nos lleva al scrolling continuo, a la atención dividida y dispersa que nos hace apartar lo desagradable, lo que no queremos ver.

Cuando leí hace muchos años A sangre fría, me pareció el mejor alegato contra la pena de muerte que se pudiera escribir. Después vi Dead man walking y volví a sentir lo mismo. Protocoles, de Constance Debré, es otro tipo de alegato que no necesita humanizar al condenado para que nos compadezcamos de él: basta saber que su cuerpo va a estar sufriendo lo indecible durante unos minutos. Y que si esa mañana ha tenido algún tipo de malestar, lo llevarán al hospital para curarlo y llevarlo en buen estado al cadalso.

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Fuente original: Leer en Diario Sur - Ultima hora
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