- PEDRO AZNAR*
La cuestión es cómo gestionamos una fuente de riqueza y empleo indudable, pero reconociendo sus impactos económicos y sociales.
Cuando empieza el verano es habitual que los expertos en turismo se vean interpelados a contestar la pregunta clásica: ¿Cuántos turistas vendrán a España este verano? El año pasado, el debate giraba en torno a si el país lograría alcanzar la cifra de 100 millones de turistas internacionales. Finalmente, el año que se cerró con 96,8 millones de visitantes y un crecimiento del 3,8%. Los últimos datos de la Encuesta de Movimientos Turísticos en Frontera reflejan que, en lo que va de año, el número de turistas internacionales ha crecido cerca de un 3,4%. Si durante los meses de verano se mantiene esta tendencia, alcanzar los 100 millones dejaría de ser una hipótesis para convertirse en una realidad al cierre del ejercicio.
Pero este no será un verano cualquiera. Confluyen diversos acontecimientos y fenómenos que no siempre se mueven en una única dirección. El primer elemento es la incertidumbre geopolítica que el conflicto en Oriente Próximo ha generado. La percepción de seguridad en destinos como Catar, Baréin o Emiratos Árabes Unidos ha caído en picado, con un efecto contagio a países como Egipto y, especialmente, Turquía. Es importante destacar que buena parte de los viajeros que eligen estos destinos proceden de Alemania, Italia o Reino Unido, precisamente algunos de los principales emisores de turismo a España. En este contexto, es esperable un efecto sustitución: parte de esa demanda podría desplazarse hacia destinos percibidos como comparables en clima, oferta y conectividad, pero con una percepción de riesgo menor. España aparece bien posicionada para captar parte de este flujo adicional, lo que podría sostener -o incluso superar- el ritmo de crecimiento observado el verano anterior.
El conflicto también tiene una cara menos favorable. La tensión en Oriente Próximo encarece, de forma notable, el precio del combustible, con un impacto directo en lo que pagamos por las vacaciones. Antes del conflicto con Irán, el precio del combustible para aviones, el queroseno, estaba en 831 dólares por tonelada, actualmente se sitúa cerca de 1.200 dólares. Una parte del aumento del coste se traslada a precios finales. Las vacaciones se han convertido en algo a lo que no queremos renunciar, y es más fácil que los turistas ajusten días de estancia, destino o recorten otros gastos antes que renunciar a unos días de vacaciones. Pero un mayor precio del paquete de servicios que el turista demanda también influye en cómo se distribuye el gasto final del turista.
El coste de la incertidumbre
Más allá del precio del transporte, la incertidumbre geopolítica, en particular el conflicto en Oriente Próximo se alarga en el tiempo sin vislumbrar un final claro. Esta incertidumbre política tiene un coste económico directo, afecta a los mercados financieros, a la inversión, a las expectativas empresariales, y cuando el aumento del precio de la energía se traslada al conjunto de bienes y servicios que consumimos, erosiona el poder adquisitivo de las familias. Y ahí sí aparece un impacto en la decisión de gasto. Cuanto más dure el conflicto internacional, peor para el turismo y también para España.
Otro elemento que influye, y de hecho será decisivo en largo plazo, es el cambio climático. El turismo implica realizar muchas actividades de ocio al aire libre y cuando las temperaturas superan cierto umbral impacta de manera negativa en la experiencia del turista. El análisis de los datos de ciudades del sur de Europa, destinos turísticos de España tanto del norte como del sur para el período 2015-2025 confirma que el aumento de las temperaturas máximas tiene un impacto sobre el grado de ocupación hotelera. Una estimación razonable apunta a que, en algunos destinos mediterráneos, por cada 1ºC de aumento de la temperatura máxima, la ocupación hotelera disminuye cerca de dos puntos porcentuales. Aunque el efecto parezca pequeño no dejamos de registrar aumentos de temperatura y olas de calor que pueden reconfigurar la competitividad de los destinos turísticos, con efectos asimétricos, perdedores y ganadores. Por ejemplo, regiones del norte de España ya están observando un aumento del flujo de turistas y gozan de un modelo menos estacional que destinos de sol y playa.
Comenzaba este artículo hablando de los hipotéticos 100 millones de visitantes, y ahí radica un problema añadido: la métrica para analizar el turismo. La contribución económica del turismo, en términos de PIB y empleo, no depende solo del volumen, sino también del gasto por turista. El turismo impacta en el crecimiento económico, pero no de forma lineal. Llegado un punto, la presión sobre recursos naturales, el impacto para los residentes, por ejemplo, en términos de vivienda, lleva a que una parte de la población cambie su opinión con respecto al turismo.
Por eso, el debate no es turismo sí o turismo no. La cuestión es cómo gestionamos una fuente de riqueza y empleo indudable, pero reconociendo sus impactos económicos y sociales. La oferta turística de España, tanto desde la perspectiva hotelera, como restauración y servicios añadidos ha dado un salto de calidad innegable en las últimas décadas. Somos una potencia turística, eso es innegable. Ahora toca gestionar de forma eficiente ese éxito.
Este será, probablemente, un buen año en términos de cifras. Pero el verdadero desafío está más allá del número de visitantes: gestionar mejor la estacionalidad, avanzar hacia modelos turísticos más sensibles al bienestar de los residentes y prepararnos para afrontar retos ineludibles como el impacto del cambio climático. En todo caso, queridos lectores, les deseo un muy buen verano y un merecido descanso.
Pedro Aznar, Profesor del Departamento de Economía, Finanzas y Contabilidad de Esade
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