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¿Qué iba a decir yo...?

¿Qué iba a decir yo...?
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Intentas decir una palabra, la Sientes 'en la punta de la lengua', pero no te sale. este lapsus Tiene explicación científica. en principio no es grave, salvo que sea demasiado frecuente o vaya acompañado de otros problemas cognitivos. Te contamos en qué consiste y cómo afrontarlo.

Síndrome de la punta de la lengua

¿Qué iba a decir yo...?

Intentas decir una palabra, pero no te sale. Este lapsus tiene explicación científica. Te contamos en qué consiste y cómo afrontarlo.

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Fátima Uribarri

29/06/2026 a las 13:54h.

Sé que empieza por la letra 't'. Sé que el objeto al que da nombre sirve para cortar, tengo la imagen en la cabeza. ¡Por ... Dios bendito! ¿Cómo es posible que no me salga la palabra? Me esfuerzo hasta el dolor de cabeza; parece que la tengo, está al caer… Y no soy capaz de pronunciarla. ¿Es un principio de alzhéimer? ¿Debo ir al neurólogo? ¿Estoy padeciendo un microictus?

Las palabras en las que más fallamos son los nombres propios de persona, ya que son «expresiones referenciales puras, su red semántica es más restringida que la de los nombres comunes y los verbos»

Y sí, influye la edad, pero es un fenómeno que (en menor medida) también padecen los jóvenes y es, además, universal, como demuestra el hecho de que muchos idiomas contienen expresiones para designarlo. Nos falla la palabra, pero recordamos –con una precisión que nos resulta irritante– algunas de sus características, como el número de sílabas, la letra inicial, palabras que suenan de una manera parecida o términos que tienen cierta relación con la palabra en fuga. Es así porque el fenómeno 'punta de la lengua' no es exclusivamente un fallo de la memoria –el recuerdo está activo–, sino que es algo relacionado con las conexiones cerebrales que enlazan memoria y fonología.

Se produce como una grieta entre saber algo y ser capaz de decirlo. «Se debe a un fallo en la activación fonológica de la palabra una vez accionada la representación semántica correspondiente», explican los autores del artículo de la Universidad de Santiago de Compostela. Detallan en él lo que sucede en nuestro cerebro. «La producción de una palabra exige tres sistemas de nodos jerárquicamente relacionados: un sistema semántico situado en el nivel superior representa los conceptos y proposiciones subyacentes a la palabra; un sistema fonológico situado en el siguiente nivel representa las unidades fonológicas; y un tercer nivel representa los movimientos bucofonatorios». Cuando nos visita el síndrome de la punta de la lengua, los nodos semánticos están activados (tenemos la palabra en la cabeza), pero no se conecta con la información fonológica porque las señales no llegan a su meta, son débiles.

Las palabras en las que más fallamos son los nombres propios de persona. Es decir, el habitual «¿cómo es posible que no me acuerde de cómo se llama fulanito?» tiene explicación científica. Los nombres propios son «expresiones referenciales puras, su red semántica es más restringida que la de los nombres comunes y los verbos», afirman los autores de El fenómeno de la punta de la lengua en el proceso de envejecimiento.

Otro término: anomia. Es el «trastorno del lenguaje que impide llamar a las cosas por su nombre», según la definición de la Real Academia Española. Es una de las quejas cognitivas más habituales en personas mayores.

Cuándo hay que preocuparse

¿Es preocupante? «Habría que preocuparse si es muy recurrente o si interfiere en las actividades cotidianas de nuestra vida», matiza el doctor Ángel Martín Montes, neurólogo del Hospital Universitario La Paz, de Madrid.

Para evitar las incómodas intrusiones del síndrome de la punta de la lengua, conviene practicar algunos entrenamientos. Por ejemplo, «realizar actividades que fortalezcan nuestra atención y nos estimulen cognitivamente –señala el neurólogo–. Aunque no tiene mucho sentido que si nunca has jugado al ajedrez te empeñes en hacerlo ahora; la idea es hacer cosas que tengan que ver con nuestros gustos».

¿Cómo es de determinante la edad en estos fallos? Afectan varios factores: las distracciones, la falta de descanso (sobre todo dormir mal), la depresión, el estrés... y también los años. «Con la edad hay deterioro en funciones complejas como la atención. Lo importante es que no repercuta en nuestras actividades cotidianas. Si eso sucede y es un fenómeno progresivo sería pertinente hacer una valoración neuropsicológica», sugiere el neurólogo de La Paz.

Otra situación frecuente en la madurez: estoy en la cocina y no recuerdo a qué he venido. Al igual que ocurre con el olvido de palabras, no es preocupante si se trata de lapsus transitorios que no trastornan la vida cotidiana. Estos olvidos se deben al 'efecto umbral' y se producen cuando cambias de escenario; de habitación, por ejemplo. Es un problema de atención. Tu cerebro guarda la idea del contexto anterior (estabas viendo la televisión en el salón) y al entrar en otro espacio (la cocina), actualiza su atención y 'borra' el pensamiento de la memoria a corto plazo. Pasar de una habitación a otra actúa como una 'puerta' mental que hace que el cerebro cambie de enfoque.

Las distracciones son las 'culpables' de estos fallos. Si piensas en meter el neceser en la maleta, hazlo inmediatamente porque si a continuación vas a buscar calcetines es posible que el neceser acabe quedándose en casa. Las interrupciones desplazan la atención y la intención original.

Algunos incentivadores de estos olvidos son el estrés, estar a muchas cosas, ciertas medicaciones (tranquilizantes, por ejemplo) o patologías (hipotiroidismo). También la edad contribuye. Con el envejecimiento del cerebro «se ralentiza el procesamiento de la información y disminuye el control cognitivo», explica José María Ruiz-Vargas, catedrático emérito de Psicología de la Memoria en la Universidad Autónoma de Madrid y autor del libro La memoria y la vida. «El olvido de nombres propios en personas mayores –dice Ruiz-Vargas– probablemente sea el resultado de la influencia insidiosa de factores emocionales y afectivos como la ansiedad y la depresión, nada infrecuentes en las personas de edad avanzada».

A partir de los 30 años comienza a mermar la memoria, y es normal que empecemos a buscar las gafas, el móvil o las llaves más de la cuenta o que olvidemos los nombres de la gente. Pero hay que ir al médico si no sabemos en qué día vivimos, no recordamos nuestra dirección o el nombre de nuestra pareja. Y también hay que visitar al neurólogo si estos fallos son demasiado frecuentes o si se acompañan de otros síntomas neurológicos, ya que puede tratarse de un deterioro cognitivo. Pero si no son más que lapsus, solo hay que ejercitar más el cerebro, hacer vida sana y reírnos mucho con los amigos.

Por cierto, la palabra perdida del principio de este texto era... tijera.

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Fuente original: Leer en Diario Sur - Ultima hora
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