España presume de relación privilegiada con China, pero las cifras y los hechos revelan una asociación profundamente desequilibrada de la que Madrid extrae cada vez menos de lo que aporta.
I. El déficit que no cesa
Miremos los números con honestidad. La balanza comercial bilateral es estructuralmente deficitaria para España y la brecha no se cierra: se ensancha. Año tras año importamos de China bastante más de lo que logramos venderle, y la tendencia no tiene visos de revertirse. Pero el problema no acaba en el intercambio bilateral. La competencia china en terceros mercados -en América Latina, en África, en el sudeste asiático- se vuelve cada día más asfixiante para nuestras empresas.
Y aquí conviene ser precisos, porque el Gobierno chino lo es cuando diseña su estrategia. Esa competencia no descansa solo en una superioridad genuina de productividad o de innovación. Descansa también en la creación de mercados cautivos por presencia ubicua del Estado chino detrás de cada una de sus empresas, sea formalmente pública o formalmente privada. No es competencia; es política industrial con vocación geopolítica. Exigir que nuestras empresas compitan en igualdad de condiciones con ese modelo sin que el Gobierno denuncie la asimetría con claridad es, sencillamente, abandonarlas.
II. Un mercado que se cierra
La narrativa oficial sostiene que España tiene un acceso privilegiado al mercado chino. La realidad que viven las empresas españolas sobre el terreno es otra. Las barreras no arancelarias proliferan: requisitos de certificación opacos, exigencias regulatorias que cambian con discrecionalidad, procesos de aprobación que se dilatan sine die. La reciprocidad que Bruselas lleva años reclamando sigue siendo papel mojado.
A eso se añade un fenómeno más reciente y, si cabe, más preocupante: «la involución» del propio mercado interno chino. El modelo de crecimiento chino ha derivado hacia una guerra de precios interna de una ferocidad inaudita. Los márgenes de las empresas locales se han desplomado. Las extranjeras, que operan sin las redes de protección que el Estado dispensa a sus favoritas, los ven desaparecer antes aún. Quedarse en China hoy exige resistir pérdidas sostenidas durante años, apostando a que la apertura llegará. Muchas empresas europeas, y también españolas, han dejado de creer en esa promesa.
III. La inversión que no Transfiere
El tercer pilar de la relación privilegiada era la inversión. China llegaría a España con capital abundante, generaría empleo y traería consigo conocimiento tecnológico. El balance, una vez más, defrauda las expectativas. El volumen de inversión china no ha alcanzado ni de lejos los montos que se anticipaban en los años de entusiasmo diplomático de la pasada década. Y la que ha llegado lo ha hecho, en muchos casos, en sectores estratégicos -infraestructuras, especialmente puertos, energía, tecnología de redes- generando alarmas legítimas sobre soberanía y seguridad.
Pero hay un déficit menos visible y quizás más dañino a largo plazo: la inversión china no trae tecnología. O más exactamente: la tecnología se queda en casa. Las filiales instaladas en España operan como receptoras de instrucciones y exportadoras de caja, no como centros de conocimiento ni de I+D. Sin transferencia tecnológica, el supuesto beneficio de esa inversión queda reducido a su mínima expresión: algo de empleo directo, poca cosa más. Y eso, a cambio del acceso que China obtiene a sectores sensibles de nuestra economía, es un intercambio muy desfavorable.
Sin transferencia tecnológica, sin reciprocidad comercial y sin denuncia de la competencia desleal, la relación privilegiada no es diplomacia: es rendición por protocolo.
No se trata de abogar por una ruptura ni por la confrontación. Se trata de reclamar una política comercial y exterior que exija reciprocidad, que defienda con firmeza los intereses de las empresas españolas y que no sacrifique principios en el altar de una foto. Una diplomacia que recuerde que España es un país europeo, atlántico y democrático, y que esas tres palabras no son adornos retóricos sino compromisos que condicionan cómo negociamos.
* Alicia García Herrero es Economista Jefe para Asia Paficio en Natixis e investigadora senior en Bruegel.