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Qué pasó en los 9 meses en los que la bandera de EE.UU. ondeó en el Zócalo de Ciudad de México

Qué pasó en los 9 meses en los que la bandera de EE.UU. ondeó en el Zócalo de Ciudad de México
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La guerra de México y EE.UU. derivó en una ocupación cuyo símbolo máximo fue la bandera estadounidense izada en el Zócalo. ¿Cómo fue la vida en la ciudad en esos meses?
Qué pasó en los 9 meses en los que la bandera de EE.UU. ondeó en el Zócalo de Ciudad de México

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    • Autor, Darío Brooks
    • Título del autor, BBC News Mundo
  • 3 horas
  • Muy temprano en la mañana de ese sábado, los preparativos para un gran banquete estaban a toda marcha en el exconvento del Desierto de los Leones, en la zona montañosa al oeste de Ciudad de México.

    Era el 29 de enero de 1848 y México estaba en medio de una ocupación militar por parte del ejército de Estados Unidos. Sus jefes, encabezados por el general Winfield Scott, eran la máxima autoridad de la capital y de otras ciudades importantes del país.

    Ambos países estaban en guerra por la disputa de los bastos territorios del norte mexicano, lo cual terminaría con la pérdida para México de 55% de su territorio.

    Pero Scott y sus subalternos en aquel sábado eran ni más ni menos que los invitados de honor del banquete organizado por las autoridades del ayuntamiento de Ciudad de México, algo que dejó atónito al mayor general estadounidense Ethan A. Hitchcock.

    "El general [Scott] fue invitado por el ayuntamiento de esta gran capital del país con el que estamos en guerra -¡con el que todavía estamos en guerra!- y el ayuntamiento se encargó especialmente de que se enviara un refrigerio desde la ciudad, que incluyera todos los manjares que el país ofrece", escribió Hitchcock en su diario Fifty Years in Camp and Field: Diary.

    "[Había] una multitud de cocineros, platos y toda variedad de vinos y la mayor abundancia de todo. Incluso enviaron sillas y dispusieron una larga mesa bajo un toldo de lona con capacidad para más de 50 personas", anotó.

    La invasión estadounidense era vista por el sector de los liberales radicales, que estaban a cargo del gobierno civil de la capital, como una oportunidad: pensaban que la presencia militar invasora podría ayudarles a desarticular a los mandos militares conservadores y al poder de la Iglesia católica.

    Y es que México había estado profundamente dividido política, social y geográficamente desde su independencia, en 1821, lo que facilitó enormemente la campaña militar de EE.UU. que avanzó por muchas partes del país sin mayor resistencia.

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    "Se le llamó el Brindis del Desierto. Brindan por las autoridades militares estadounidenses, por sus éxitos militares, y les piden que no se vayan sin haber acabado antes con el clero y los militares mexicanos", explica la catedrática Marcela Terrazas, especialista en la historia de México y EE.UU. de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).

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    Algunos de los liberales radicales de aquel banquete, añade Terrazas, querían incluso que México fuera anexado a EE.UU., lo que da muestra de la división y carecía de una identidad nacional.

    "Nos parece ahora muy terrible y muy traidor. Pero con un análisis más ponderado, que no es justificación, sino comprender, ellos creen que la única posibilidad de que el liberalismo se establezca en México es incorporándonos a Estados Unidos", explica.

    La búsqueda de soluciones a través de fuerzas del extranjero no era inusual en aquella época.

    "Los conservadores pensaron, años después, que la única forma en que se frenara el expansionismo estadounidense en México y se estableciera una sociedad que no cayera en guerras era traer a un príncipe europeo", añade Terrazas, apuntando a la intervención francesa promovida por los conservadores mexicanos que llevó a instaurar una monarquía entre 1861 y 1867.

    Episodios como el brindis del Desierto de los Leones dieron muestra de cómo la débil identidad nacional de aquel México se manifestó, más allá de la política, en la vida cotidiana que tuvo la capital en los nueve meses en que la bandera de EE.UU. estuvo izada en el Zócalo de Ciudad de México.

    Mientras algunos grupos, los menos, intentaron combatir a mano armada la presencia estadounidense, otros se acomodaron a la situación y colaboraron con el ejército invasor.

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    El origen del conflicto

    La guerra de México y EE.UU. (1845-1848) tuvo sus raíces en la disputa por Texas, el territorio mexicano que declaró su independencia con apoyo de Washington en 1836 y que nueve años después fue anexado como estado.

    México nunca reconoció la separación y entró en conflicto con su vecino, que por entonces puso en marcha el "Destino Manifiesto", la ideología política con alusiones divinas que profesaba que la república norteamericana estaba llamada a expandirse.

    James K. Polk acababa de ser electo presidente de EE.UU. y tenía como uno de sus grandes objetivos expandir el territorio estadounidense. Y ante el rechazo de México de vender Nuevo México y California por US$30 millones, lanzó una provocación armada en una región el sur de Texas (que México defendía como suya).

    Para Polk no era así: "Sangre estadounidense ha sido derramada en suelo estadounidense", dijo ante el Congreso de EE.UU. al pedir la autorización de la guerra, en marzo de 1846.

    Consiguió una fuerza de 50.000 personas, pero Terrazas recuerda que aquel ejército estadounidense no era el de la superpotencia mundial del siglo XX.

    "De 50.000 que vienen a la ocupación, solo 5.500 son parte del ejército. Los demás son voluntarios. Es la gente que recién llega a EE.UU. y que quieren la nacionalidad y van a la guerra para demostrar su lealtad. De clases sociales más bajas que los soldados regulares", explica.

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    México tenía más preparación militar. Tal es así que diplomáticos británicos apostados en el país consideraban que este "aplastaría" a los estadounidenses, según decían sus comunicaciones de entonces.

    Pero el desorden político económico y división social jugaron muy en contra de la causa mexicana.

    "Las fuerzas mexicanas tienen mandos militares con experiencia, con formación, pero el 80% de sus integrantes se logran por leva. Es decir, cuando llegan a las poblaciones y a los jóvenes, a fortiori, se los llevan", señala Terrazas.

    Pero en esa época, la división étnica del país también era un factor de fragmentación, pues el grueso de la población (alrededor de 70%) era de origen indígena, que no sentía identidad con el país como tal.

    "Ellos asocian como explotador a los dueños de las haciendas, de los ranchos, de las minas. Defenderlos debió resultarles muy difícil", explica Terrazas.

    Caída tras caída hasta Ciudad de México

    Los estadounidenses lograron victoria tras victoria en los frentes del norte y del Golfo de México, con el desembarco clave en el puerto de Veracruz por parte del general Scott.

    En septiembre de 1847 se dieron las batallas por la capital en Lomas de Padierna, Churubusco, Molino del Rey y la icónica lucha de los "Niños Héroes" mexicanos por el Castillo de Chapultepec.

    Pero nada detuvo a los estadounidenses: al amanecer del 14 de septiembre marcharon hacia el centro de Ciudad de México y tomaron el Palacio Nacional y su plaza central, llamada después Zócalo, donde izaron la bandera de las barras y las estrellas en una escena humillante para México.

    "Vi en este momento desgraciado mi reloj y eran las siete y cinco minutos de la mañana", anotó el editor y litografista Abraham López en ese entonces.

    Entre las litografías de la época hay una que muestra a una mujer asomada en un balcón mirando la llegada de las tropas invasoras.

    "Esa imagen es muy simbólica: a la gente de la Ciudad de México le genera muchos sentimientos encontrados la entrada de las tropas. Desde luego temor, azoro, pero también curiosidad", señala Terrazas.

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    Tras la toma de la ciudad, hubo algunos grupos de resistencia, pero sin muchas oportunidades. Uno de ellos era el de los "léperos", como eran llamados despectivamente los hombres de la clase más baja.

    Con las pocas armas que consiguieron, incluidas piedras, intentaron defender la ciudad, pero para el día 16 ya los estadounidenses se habían librado de cualquier oposición.

    Terrazas explica que cuando se pide en Ciudad de México que los otros estados manden contingentes, la respuesta es negativa "porque las milicias locales están para defender los estados".

    "Pedir patriotismo era difícil, porque la unidad nacional no correspondía a un país en formación", señala sobre las grandes diferencias regionales, de clase y étnicas que había en México.

    "Entre los mexicanos había tales enfrentamientos, sobre todo en los sectores políticos, que llegó un momento que el ministro de Guerra Luis de la Rosa dice que hay más gente luchando contra otros mexicanos que luchando contra los invasores", añade Terrazas.

    El gobierno mexicano y parte del Ayuntamiento de Ciudad de México se trasladaron a la ciudad de Querétaro, dejando a los capitalinos a disposición de los estadounidenses.

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    La vida en la capital

    La ocupación de Ciudad de México duró nueve meses, entre septiembre de 1847 y junio de 1848. Otras urbes y poblados del país también estuvieron ocupadas en mayor o menor medida por fuerzas estadounidenses.

    No es que Estados Unidos gobernara todo México, explica Terrazas, porque las fuerzas invasoras no necesitaban controlar todo el territorio. El país era más centralista que federalista.

    En otros estados seguía la vida con cierta normalidad limitada por la ocupación de la capital y los recursos que procedieran de ahí. Pero Ciudad de México quedó en general a merced de las disposiciones del general Scott.

    Para los capitalinos, esos nueve meses bajo la intervención de EE.UU. tuvo sus pros y contras, según refieren documentos de la época e investigaciones.

    Scott promulgaría sendos edictos, uno de ellos aseguraba que las tropas actuarían con sobriedad, sin ocupar iglesias, conventos ni edificios públicos. Que la justicia y la ley serían las vigentes en México y que velarían por la seguridad pública.

    Al frente quedaba el mayor general John Anthony Quitman, como gobernador civil y militar del Distrito Federal.

    La fracción de autoridades que quedó en el Ayuntamiento capitalino aceptó colaborar con las fuerzas estadounidenses y pidieron a los habitantes corresponderle a las tropas invasoras "sin bajeza, pero con la debida moderación".

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    El diario El Monitor, como muestra una amplia investigación hemerográfica del historiador Ernesto Lemoine Villacaña (UNAM), dio cuenta del acontecer de la capital, incluidas penurias e injusticias.

    "Las autoridades municipales volverán a funcionar en sus atribuciones ordinarias en la ciudad y distrito de México, en todo lo que no sea opuesto a la ocupación militar de la ciudad", decretó el ejército estadounidense.

    Ya desde el 16 de septiembre empezaron a reabrir los negocios, cita Lemoine, "pero con algún temor". A los mexicanos se les prohibía exhibir armas o portarlas fuera de la vista.

    Al poco tiempo, el dólar fue empezando a circular como moneda corriente, según Lemoine, y fue haciéndose más frecuente escuchar inglés en las calles, donde "por efecto de la ocupación fueron muchos los que se esforzaron en aprender el idioma", principalmente las del centro donde se daba el comercio y transcurría la vida más activa.

    Cada tanto surgía una noticia de algún militar estadounidense herido o asesinado, por lo que las tropas estadounidenses tomaban la justicia en sus manos. Cuando ocurrían ese y otro tipo de delitos, buscaban generar un escarnio público que sirviera de advertencia.

    Así lo retrató El Monitor:

    Un criado de esta casa (calle de San Bernardo, núm. 6), ha sido llevado a la Alameda, colgado a un árbol y en seguida fue azotado por mano de un norteamericano y conducido allí por otros muchos; los norteamericanos han cometido dos excesos: uno, el hacerse justicia por sí solos, dado por hecho que la tienen, pues el delito que se le supone no fue él quien lo cometió. Este delito fue el robo de una rueda de coche: luego apareció el verdadero delincuente, y nuestro mexicano inocente está muriendo en el lecho del dolor.

    Durante toda la invasión, EE.UU. tuvo 750 muertos en combate y unos 60 más en la ocupación. Los estadounidenses fueron enterrados en Ciudad de México en un cementerio que se conserva hasta la actualidad y en donde siguen desde entonces izadas las banderas de ese país.

    En el periodo de ocupación también llegaron a la capital milicias mexicanas que hacían labores sucias de seguridad para Scott, entre ellas un grupo de la ciudad de Puebla.

    Lemoine señala, sin embargo, que el problema de las fuentes de esa época era las críticas de los diarios mexicanos y el "antimexicanismo" de diarios estadounidenses que empezaron a circular con la invasión, Daily American Star y The North American(ambos con ediciones bilingües).

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    Al avanzar las semanas desde la ocupación, las cantinas se volvieron puntos cada vez más frecuentados por los estadounidenses. También se abrieron casas de juego, salones de baile y surgieron "caros y lujosos prostíbulos, bajo protección de las autoridades enemigas", cita Lemoine.

    Incluso una compañía de teatro inglesa puso en escena en el Teatro Nacional un par de obras, The Lady of Lyon y Love and Pride, para deleite de los estadounidenses.

    El comercio y este tipo de espectáculos cayeron bien entre las esferas más acomodadas de la sociedad capitalina, que a través de sus negocios y propiedades comenzaron a tener mayor colaboración con las tropas de EE.UU.

    También los jerarcas católicos mostraron colaboración con los estadounidenses, pues libraban su propia batalla contra las autoridades liberales que pretendían confiscar sus bienes para obtener recursos.

    Y es que desde Washington se impuso a México pagos mensuales por cientos de miles de pesos para costear la guerra, lo que llevó a las autoridades mexicanas a tener que recaudar a través de diferentes impuestos y fuentes.

    "La vida para los citadinos en esos 9 meses fue muy complicada, pero también tuvo unos aspectos, aunque no lo creamos, positivos. Había mayor seguridad por la fuerza de ocupación. Había más orden. Y lo que es particularmente la Ciudad de México, tenía más autonomía", dice Terrazas.

    El ejército estadounidense contrató a mujeres para confeccionar uniformes. Y en general pagaba por las provisiones que requería, aunque el pago venía de la misma tributación mexicana que exigía.

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    La retirada y liberación

    Para cuando se dio el brindis del Desierto de los Leones, México y EE.UU. estaban a punto de llegar a un acuerdo que sellaría el conflicto: el Tratado de Guadalupe-Hidalgo que fue acordado el 2 de febrero de 1848.

    Con él, EE.UU. obtenía los bastos territorios del norte mexicano a cambio de US$15 millones, menos los costes de la guerra.

    Pese a que se firmó a inicios de año, los Congresos de ambos países tardaron meses en ratificarlo (marzo el de EE.UU. y mayo el de México), por lo que la ocupación continuó en Ciudad de México.

    "En el momento en el que el Tratado de Guadalupe llega al Congreso de EE.UU. ya hay un sector muy radical que se hace llamar 'All Mexican', es decir, que querían ir por todo. ¿Qué salvó a México de esa medida? El racismo contra los mexicanos", explica Terrazas.

    El presidente Polk, según citas de la época, menospreciaba a la población indígena de México que mayoritariamente se asentaba en el centro y sur del país. Prefería simplemente anexar el norte, que estaba más despoblado.

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    Los sectores políticos mexicanos comenzaron a retomar el control poco a poco, con fuertes acusaciones a los diputados que ratificaron el Tratado por el que México perdió casi dos millones de kilómetros cuadrados de territorio.

    Entre la población, aquellos que habían tenido algún tipo de colaboración con los estadounidenses empezaron a temer por las agresiones que se presentaban conforme las fuerzas de EE.UU. se retiraban del país.

    Pero las circunstancias políticas y sociales internas de México habían sido el factor de mayor peso para lo ocurrido.

    "Los liberales radicales y los conservadores van a responsabilizar a los moderados de la pérdida, lo cual es una visión bastante errada y hasta equivocada. Los moderados negociaron la paz porque ya no había nada que hacer", sostiene Terrazas.

    El evento traumático en la historia de México de hecho no derivó en la unión y el fortalecimiento de la identidad nacional, pues el sectarismo continuó por las siguientes dos décadas hasta la restauración del gobierno mexicano que siguió a la intervención francesa (1867).

    "Fueron años de asimilar dos traumas fuertes", considera Terrazas.

    "Y fue un periodo que hay que mirar sin esos lentes de 'patriotas y traidores', sino que hay que comprender las circunstancias de la gente".

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Fuente original: Leer en BBC Mundo
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