El cañón de 30 mm de un A-10 puede disparar casi 4.000 proyectiles por minuto y su sonido es tan característico que los soldados lo identifican antes incluso de ver el avión venir. De hecho, durante décadas ha sido uno de los símbolos más reconocibles del apoyo aéreo en combate, aunque su retirada ya estaba decidida.
La guerra en Irán lo ha resucitado.
Lo que significa el regreso del A-10. En estos momentos hay decenas de A-10 que han puesto rumbo a Oriente Medio, y entre los analistas militares eso solo puede obedecer a una cosa: que Estados Unidos ha rescatado su avión más “bruto” para una misión que se antoja imposible, y eso apunta directamente a un cambio de naturaleza en la guerra.
Porque el Warthog no es un avión pensado para campañas limpias desde gran altura ni para guerras tecnológicas a distancia, sino para volar bajo, “sucio” y disparar a pocos metros del enemigo apoyando tropas en contacto directo. Su despliegue masivo, además en el ocaso de su vida operativa, sugiere que Washington ya no está pensando solo en degradar capacidades iraníes desde el aire, sino en escenarios donde habrá soldados sobre el terreno que necesitarán cobertura cercana, constante y brutal.
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Las distancias en la guerra. Horas antes de conocerse el despliegue se hicieron virales unas imágenes de A-10 realizando pasadas de ametrallamiento en Irak inusualmente largas (de más de 9 segundos), lo que daba una idea de que no son una anécdota técnica, sino una pista de lo que está cambiando en el campo de batalla.
Este tipo de uso (disparos prolongados, menos precisos y poco habituales) solo tiene sentido ante objetivos dispersos, dinámicos y cercanos, como grupos de combatientes, no infraestructuras. Es decir, escenarios donde el avión actúa casi como artillería aérea en apoyo directo de tropas, reforzando la idea de que el conflicto está evolucionando hacia enfrentamientos más caóticos, más cercanos y menos controlados.
Con qué encaja el A-10. Lo contamos ayer. Al mismo tiempo que llegan estos aviones, Estados Unidos no para de acumular tropas, fuerzas especiales y capacidades logísticas en la región, preparando operaciones que ya no serían solo aéreas sino incursiones sobre el terreno.
Las opciones que se barajan (desde asaltos a instalaciones costeras hasta la toma de enclaves estratégicos como la isla de Kharg o misiones para capturar material nuclear) encajan perfectamente con el tipo de apoyo que ofrece el A-10: cobertura cercana, persistente y diseñada para proteger soldados en situaciones de alto riesgo. El avión aparece así como la pieza que faltaba para completar un escenario de guerra híbrida que mezcla ataques aéreos con operaciones terrestres limitadas pero intensas.
La contradicción estratégica. Todo esto ocurre en paralelo a un discurso político desde Washington cada vez más contradictorio, donde se habla de terminar la guerra en semanas mientras se preparan despliegues que apuntan justo en la dirección contraria.
La posibilidad de cerrar el conflicto sin reabrir el Estrecho de Ormuz revela que Estados Unidos quiere limitar su implicación, pero la acumulación de medios (tropas, drones, guerra electrónica y ahora A-10) indica que se está preparando para una escalada si las negociaciones fracasan. Dicho de otra forma, estamos ante una estrategia que intenta mantener abiertas todas las opciones, pero que en la práctica incrementa el riesgo de una guerra más profunda y prolongada.
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Punto de no retorno. Si se quiere, en conjunto, todos los indicios parecen converger en la misma dirección: el conflicto está entrando en una fase donde la distancia deja de ser suficiente y el contacto directo apunta a ser inevitable. El A-10, con su capacidad para operar a baja altura y castigar objetivos cercanos durante largos periodos, simboliza ese giro hacia una guerra más cruda, más física y más peligrosa.
En cualquier caso, no garantiza el éxito para Estados Unidos (de hecho, su presencia sugiere lo difícil que será lo que viene para sus tropas), pero sí confirma que Washington se está preparando para un escenario donde ya no bastará con misiles y bombardeos, sino que habrá que sostener el terreno bajo fuego constante con esos miles de soldados que han ido llegando a Oriente Medio.
Imagen | U.S. AIR, United States Air Force
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La noticia
Que haya decenas de A-10 rumbo a Irán solo puede significar una cosa: EEUU ha rescatado su avión más “bruto” para una misión imposible
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Xataka
por
Miguel Jorge
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Que haya decenas de A-10 rumbo a Irán solo puede significar una cosa: EEUU ha rescatado su avión más “bruto” para una misión imposible
El conflicto está entrando en una fase donde la distancia deja de ser suficiente y el contacto directo se vuelve inevitable
El cañón de 30 mm de un A-10 puede disparar casi 4.000 proyectiles por minuto y su sonido es tan característico que los soldados lo identifican antes incluso de ver el avión venir. De hecho, durante décadas ha sido uno de los símbolos más reconocibles del apoyo aéreo en combate, aunque su retirada ya estaba decidida.
La guerra en Irán lo ha resucitado.
Lo que significa el regreso del A-10. En estos momentos hay decenas de A-10 que han puesto rumbo a Oriente Medio, y entre los analistas militares eso solo puede obedecer a una cosa: que Estados Unidos ha rescatado su avión más “bruto” para una misión que se antoja imposible, y eso apunta directamente a un cambio de naturaleza en la guerra.
Porque el Warthog no es un avión pensado para campañas limpias desde gran altura ni para guerras tecnológicas a distancia, sino para volar bajo, “sucio” y disparar a pocos metros del enemigo apoyando tropas en contacto directo. Su despliegue masivo, además en el ocaso de su vida operativa, sugiere que Washington ya no está pensando solo en degradar capacidades iraníes desde el aire, sino en escenarios donde habrá soldados sobre el terreno que necesitarán cobertura cercana, constante y brutal.
Las distancias en la guerra. Horas antes de conocerse el despliegue se hicieron virales unas imágenes de A-10 realizando pasadas de ametrallamiento en Irak inusualmente largas (de más de 9 segundos), lo que daba una idea de que no son una anécdota técnica, sino una pista de lo que está cambiando en el campo de batalla.
Este tipo de uso (disparos prolongados, menos precisos y poco habituales) solo tiene sentido ante objetivos dispersos, dinámicos y cercanos, como grupos de combatientes, no infraestructuras. Es decir, escenarios donde el avión actúa casi como artillería aérea en apoyo directo de tropas, reforzando la idea de que el conflicto está evolucionando hacia enfrentamientos más caóticos, más cercanos y menos controlados.
Con qué encaja el A-10. Lo contamos ayer. Al mismo tiempo que llegan estos aviones, Estados Unidos no para de acumular tropas, fuerzas especiales y capacidades logísticas en la región, preparando operaciones que ya no serían solo aéreas sino incursiones sobre el terreno.
Las opciones que se barajan (desde asaltos a instalaciones costeras hasta la toma de enclaves estratégicos como la isla de Kharg o misiones para capturar material nuclear) encajan perfectamente con el tipo de apoyo que ofrece el A-10: cobertura cercana, persistente y diseñada para proteger soldados en situaciones de alto riesgo. El avión aparece así como la pieza que faltaba para completar un escenario de guerra híbrida que mezcla ataques aéreos con operaciones terrestres limitadas pero intensas.
La contradicción estratégica. Todo esto ocurre en paralelo a un discurso político desde Washington cada vez más contradictorio, donde se habla de terminar la guerra en semanas mientras se preparan despliegues que apuntan justo en la dirección contraria.
La posibilidad de cerrar el conflicto sin reabrir el Estrecho de Ormuz revela que Estados Unidos quiere limitar su implicación, pero la acumulación de medios (tropas, drones, guerra electrónica y ahora A-10) indica que se está preparando para una escalada si las negociaciones fracasan. Dicho de otra forma, estamos ante una estrategia que intenta mantener abiertas todas las opciones, pero que en la práctica incrementa el riesgo de una guerra más profunda y prolongada.
Punto de no retorno. Si se quiere, en conjunto, todos los indicios parecen converger en la misma dirección: el conflicto está entrando en una fase donde la distancia deja de ser suficiente y el contacto directo apunta a ser inevitable. El A-10, con su capacidad para operar a baja altura y castigar objetivos cercanos durante largos periodos, simboliza ese giro hacia una guerra más cruda, más física y más peligrosa.
En cualquier caso, no garantiza el éxito para Estados Unidos (de hecho, su presencia sugiere lo difícil que será lo que viene para sus tropas), pero sí confirma que Washington se está preparando para un escenario donde ya no bastará con misiles y bombardeos, sino que habrá que sostener el terreno bajo fuego constante con esos miles de soldados que han ido llegando a Oriente Medio.