Cuando el enviado especial de la revista 'Gente' llegó al Atolón de Moruroa no se dejó arredrar por el contratiempo: decían que ese punto de la Polinesia francesa estaba siendo utilizado para pruebas nucleares y que la costa había amanecido plagada de peces muertos, ... pero al arribar a ese confín aquel periodista descubrió que el mar ya había barrido con todo y que la orilla lucía de nuevo limpia.
Samuel 'Chiche' Gelblung, que acaba de morir en Buenos Aires a los 82 años y cuyo lema parecía ser «que la realidad no te arruine una buena nota», se dirigió entonces hacia un mercado local y compró decenas de pescados: los repartió sobre la arena y tomó una foto de alto impacto. Años después le preguntaron por ese «pecado», y el reportero dijo sin inmutarse que no había sido una invención, sino apenas una recreación. «Para Gelblung una verdad es una mentira que no puede refutarse», escribí alguna vez, y él se indignó conmigo.
Algo de razón tenía, porque no lo caracterizaban las fakes o el simple sensacionalismo -pese a que cayó en esos pantanos-, sino un talento único y una voracidad épica por la exclusiva y por el hechizo del lector. Esa voracidad, cuando está libre de trampas, es irresistible.
Opinión De paseo con Vargas Llosa por París
'Gente' fue acaso la revista más exitosa de la historia argentina, una mezcla de 'Life' y 'Paris-Match' con toques de 'Hola', y fui su subdirector de actualidad durante los 90. Chiche la había dirigido unos años antes, cuando vendía 500 mil ejemplares por semana: en 1977, cuando el boxeador Carlos Monzón fue a defender su título a Montecarlo, envió un ejército de reporteros y fotógrafos, y contrató a Silvina Bullrich -escritora y antigua novia de Borges- para que narrara el glamour de esa ciudad y a Antonio Berni -el pintor más cotizado- para que dibujara escenas del gran combate.
Gelblung combinaba esas lujosas y creativas coberturas -Sábato y Bioy Casares eran niños mimados de esa publicación- con paparazzi que perseguían estrellas de moda, cazadores de infidelidades, investigadores de crímenes sensacionales y entrevistas explosivas. Seguía el estilo audaz y espectacularizado de los tabloides ingleses y los afanes del diario 'Pueblo'. Su anecdotario daría para un libro de ocurrencias geniales y de transgresiones sin perdón.
Chiche llamó por teléfono y denunció una amenaza de bomba para que demoraran el vuelo, y sus cronistas pudieran grabar a Brian Crozier
Cuando el historiador Brian Crozier visitó Buenos Aires para hablar de la Tercera Guerra Mundial, Gelblung llegó tarde y se dio cuenta de que el personaje ya estaba a bordo del avión de regreso, una nave de British Airways a punto de despegar. Chiche llamó por teléfono y denunció una amenaza de bomba para que demoraran el vuelo, bajaran a todo el pasaje y sus cronistas pudieran grabarlo en el aeropuerto.
Ya veterano entró en la televisión y llevó allí su inefable tecnología: trajo de Estados Unidos un detector de mentiras y realizó interrogatorios en directo a sospechosos de homicidios y a celebridades; simuló la operación quirúrgica de un extraterrestre con menudos de pollo para desenmascarar el incidente Roswell, hizo famoso a Antonio Escohotado y casi consigue que lo metan preso por sus teorías sobre las drogas, y caminó por el filo de la navaja, entre el periodismo, la ficción y el espectáculo.
Jugó un rol turbio durante la dictadura y enojó a Milei con sus preguntas impiadosas. En radio era un entrevistador admirable. Una vez me llamó una asistente para decirme que a Gelblung le había encantado una de mis novelas y que quería ponerme en el aire: aguanté 45 minutos en línea mientras Chiche dialogaba con un experto en pararrayos. Al terminar el programa, la productora me dijo: «Se nos fue el tiempo» y me colgó. Era la venganza por mis críticas de antaño, y sin embargo nunca logré enojarme con aquel viejo zorro: la conversación sobre pararrayos era una auténtica obra de arte. Había hecho una nota sobre la nada, donde cabía casi todo.
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Que la realidad no te arruine una buena nota
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