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Quevedo y las mujeres. Misógino, burlón y... ¿feminista?

Quevedo y las mujeres. Misógino, burlón y... ¿feminista?
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En sus sátiras pinta a las mujeres como gentes de poco fiar y escasa inteligencia: «Escobas de una cara», las llamó. Pero no era tan misógino como se creía: lo argumentan estudios y libros recientes. Una nueva biografía incide, además, en su carácter apasionado y en su defensa del feminismo.   
En su 'Sueño del infierno', entre otras cosas, Quevedo satiriza a los hombres y mujeres adúlteros. Aquí, un cuadro de Sans Cabot: 'Lutero. Asunto tomado del Sueño del infierno, de Quevedo', de 1858. Quevedo y las mujeres. Misógino, burlón y... ¿feminista?

En sus sátiras pinta a las mujeres como gentes de poco fiar y escasa inteligencia: «Escobas de una cara», las llamó. Pero no era tan misógino como se creía: lo argumentan estudios y libros recientes. Una nueva biografía incide, además, en su carácter apasionado y en su defensa del feminismo.   

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Fátima Uribarri

16/06/2026 a las 17:00h.

a boda fue una sorpresa, una extravagancia tardía. Se casó a los 54 años tras haber echado pestes del matrimonio toda su vida. Lo maldijo ... en endecasílabos: «Dime, ¿por qué en modo tan extraño procuras mi deshonra y desventura, tratando fiero de casarme hogaño?»; y en prosa: «A los hombres que se casan les había de llevar la iglesia con campanillas delante», escribió en una carta al duque de Medinaceli. Una carta que envió... recién casado.

Quevedo fue secretario, hombre de confianza y compañero de parrandas del duque de Osuna.

Y, a pesar del error, la malicia y la escarcha, se casó con una. Y no llegó a la iglesia con campanillas. La ceremonia se celebró en la capilla del castillo palaciego de la villa de Cetina, cerca de Calatayud. Y hubo solo cuatro asistentes: los novios y dos testigos, mosén Juan de Aguilera y mosén Francisco Martínez.

La novia era doña Esperanza de Mendoza, dama de la alta nobleza de Aragón, viuda, con cinco hijos, hermana del obispo de Barbastro y señora de Cetina. La había encontrado para él su amigo el duque de Medinaceli. Cumplía por lo menos uno de los requisitos de la novia perfecta detallados por el poeta en su Carta de las calidades de un casamiento: doña Esperanza tenía posibles. «Esa boda le aseguraba una renta al casarse con una viuda», cuentan Fernando Martínez Laínez y Marcos López Herrador, autores de Quevedo, señor de letras y sombras (Edaf).

Con su agudeza habitual, Quevedo había expresado sus preferencias en una novia. La quería «noble y virtuosa», pero «no beata ni ermitaña». «Ni fea ni hermosa», porque «fea no es compañía sino susto; hermosa no es regalo sino cuidado». Ahora, si hay que elegir una cosa o la otra, se queda con la guapa «porque es mejor tener cuidado que miedo». También es mejor alegre que triste, que no quiere pesadumbres el poeta. ¿De tipo? Prefiere un término medio, pero si no puede ser, mejor flaca. Respecto a la edad «no la quiero ni niña ni vieja, que son cuna y ataúd».

¿Y de dineros? «Ni rica ni pobre, sino con hacienda, que ni ella me compre a mí ni yo a ella».

Su experiencia matrimonial no fue exitosa, pero Francisco de Quevedo tuvo bastantes amoríos y dos hijos, y eso que su físico no ayudaba... Era cojo, patizambo y miope

Hacienda tenía Esperanza, pero Quevedo no pudo catarla. Dos meses duró el casamiento, en mayo ya estaba don Francisco de vuelta en la corte mientras Esperanza se quedó en Cetina. «No logró cobrar los réditos de la dote de su mujer, además de perder un dinero que le llegaba de una subvención eclesial por profesar órdenes menores», se explica en Quevedo, señor de letras y sombras.

Su experiencia matrimonial no fue exitosa, pero Quevedo tuvo sus amoríos, y eso que el físico no lo acompañaba. Era cojo, patizambo (con los pies hacia dentro) y miope, de ahí sus sempiternos anteojos de pinza a los que ha dado nombre. «Pata coja», lo llamaba Ruiz de Alarcón; «pies de cuerno», lo calificó Luis de Góngora, su más enconado rival literario.

Corto de vista y con las piernas torcidas

Él no tuvo complejo alguno. Es más, se gustaba. Se define como «corto de vista como de ventura», «largo de frente y de razones», «quebrado de dolor y de piernas», «y poeta sobre todo». Incluso bromea acerca de sus imperfecciones: «Cejijunto y medio bizco, más negro que mi sotana, más áspero que un erizo», dice de sí mismo. O «tartamudo de zancas y achacoso de portante». Y muy orgulloso de su ingenio: «No causo risa a los que me ven, aunque ríen mucho los que me oyen».

Le encantaba hacer reír, por ejemplo, a la duquesa de Medinaceli, gran amiga suya, a la que enviaba textos «para que su excelencia se ría». Tuvo buenas amigas, señoras a las que admiró como Luisa Manrique de Lara, duquesa de Nájera, a la que consideraba muy inteligente e ingeniosa: «No sé que haya hombre en el mundo tan entendido», comentó sobre ella al duque de Osuna.

Asegura Pablo Jauralde, biógrafo y experto quevedista, que «por las venas de Quevedo corría a mares el chorro de la pasión amorosa». Lo prueban sus obras. Escribió más de 200 poemas amorosos, algunos tan emotivos como «la luz de tus ojos es de suerte que aún encender podrá la nieve fría». Este campeón de la burla creía en el amor que trasciende más allá de la muerte. Suyo es el célebre y sentido colofón «polvo serán, mas polvo enamorado».

Dedicó poemas a la actriz Ana Martínez de Leyva y a Constanza de Alderete. A una tal Lisi (probablemente Luisa de la Cerda) la vio solo una vez y diez años después seguía enamorado: «Diez años en mi mente con imperio tus luces han reinado», dice. Y con otra actriz, Ana de Ledesma, mantuvo una larga relación y dos hijos no reconocidos. Se sabe porque la Junta de Reformación (un órgano para promover reformas morales y económicas del reino) investigó la moral de la cómica.

Es autor de 'La hora de todos', considerado el «primer discurso feminista de la Historia de España», dicen sus biógrafos, donde regaña a los hombres por despreciar a las mujeres

Quevedo ni tuvo complejos por su aspecto ni fue tan misógino como se ha dicho. Cierto es que en sus obras satíricas abundan los desdenes a las mujeres, pero Celsa Carmen García Valdés –experta quevedista y autora de ¿Misoginia o tradición? La mujer en la obra de Francisco de Quevedo– concluye que no lo fue. «Las ideas que Quevedo pudiera tener sobre la mujer deberían fundamentarse en los datos y documentos sobre su persona», afirma. Hay que fijarse no solo en sus sátiras. Además, Quevedo es autor de lo que se considera el «primer discurso feminista de la Historia de España», dicen sus biógrafos. Se refieren a La hora de todos, donde regaña a los hombres por despreciar a las mujeres: «tiranos […], ¿por cuál razón habéis hecho vosotros solos las leyes contra ellas y a vuestro albedrío?», pregunta indignado. El adulterio «en ellas es delito de muerte, y en ellos entretenimiento», añade. Las quieren «buenas para ser malos, honestas para ser distraídos», denuncia. Lo dice en un contexto cultural en el que predomina «la tradición androcéntrica que no admite que existan mujeres de gran entendimiento o elevado ingenio», añade García Valdés.

«En cuanto a alma y talento, considera iguales a hombres y mujeres», concluyen sus biógrafos. Le repelía el matrimonio no por rechazo visceral a ellas, sino por miedo a perder libertad y a asumir responsabilidades económicas.

No vivió mal Quevedo. Toda su vida estuvo entre poderosos sin ser uno de ellos. Su familia era hidalga, sus padres trabajaron en la corte: él, entre otras cosas, fue secretario de la reina Ana de Austria, la cuarta esposa de Felipe II, y ella dama de cámara de la reina. Quevedo se crio y educó en la corte y en palacio, rodeado de los hijos de la más alta nobleza. Destacó en los estudios (se formó con los jesuitas) y sobresalió por su vivísima chispa.

Es uno de los grandes de la literatura. «Desenmascaró la pompa y la cursilería», dice de él Carlos Canales. «Hablo palabras con barriga, preñadas», decía él. Tenía unas portentosas dotes para manejarlas, era agudo, incisivo, se divertía con sus juegos: los dentistas, por ejemplo, «comen con muelas ajenas». Se metió con los médicos, los frailes, los maridos, las beatas…

Fue un certero lanzador de dardos, un genio del ingenio. «Encarna la pura literatura», en opinión de Fernando Lázaro Carreter. Y también fue un hombre enamorado. «Bien sé lo que es amor, amor lo sabe», confesó.

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Fuente original: Leer en Diario Sur - Ultima hora
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