Esta tecnología se conoce como inteligencia organoide y, en términos generales, explora distintas alternativas para desarrollar equipos computacionales impulsados por organoides, pequeñas estructuras tridimensionales cultivadas en laboratorio a partir de células madre y capaces de procesar señales mediante redes neuronales.
El objetivo es aprovechar las capacidades naturales de almacenamiento y procesamiento del cerebro para desarrollar computadoras más eficaces. En los seres humanos, este órgano puede almacenar alrededor de 2.5 petabytes de información y establecer conexiones complejas en menos tiempo que algunos de los equipos más poderosos en la actualidad. Todo esto ocurre mientras consume mucha menos energía que un ordenador convencional y sin requerir complejos sistemas de refrigeración.
Además, se discute la posibilidad de que la combinación de biología e informática genere sistemas con comportamientos difíciles de predecir o, en el futuro, organismos capaces de replicarse o evolucionar. Y preocupa que la normalización de estas tecnologías pueda degradar la dignidad de la vida humana al tratar partes del cerebro como simples componentes de hardware comercial.
Biocomputadoras ¿sin ética?
Un nuevo artículo publicado en Nature señala que la falta de consentimiento explícito para utilizar tejido neural humano en biocomputación es un aspecto poco discutido, a pesar de ser fundamental para garantizar el avance responsable de esta tecnología.
Los organoides empleados en las biocomputadoras se construyen a partir de células madre pluripotentes, capaces de cultivarse de manera indefinida en el laboratorio y de utilizarse en diversos experimentos. Estas células suelen provenir de embriones o de células adultas donadas por pacientes que, en muchos casos, participan en tratamientos médicos experimentales.
Los autores del artículo señalan que una de las principales preocupaciones es que los mecanismos de autorización para utilizar estas células o muestras donadas son ambiguos y suelen omitir detalles sobre los posibles usos futuros de los tejidos cerebrales.
Según los investigadores, cuando una persona dona tejido para una investigación biomédica, se le suele preguntar si sus muestras biológicas pueden almacenarse en biobancos para emplearse en estudios posteriores. Esta opción, conocida como consentimiento abierto, advierte a los donantes que no existe certeza sobre el uso que sus muestras tendrán en el futuro. Sin embargo, también garantiza que cualquier posible aplicación sea revisada por comités de supervisión para asegurar que el material sea utilizado en estudios científicamente justificados.
precisan los autores.Aunque el consentimiento abierto es un mecanismo empleado ampliamente por diversos institutos y clínicas de investigación, su aplicación práctica no es uniforme y varía tanto entre regiones como entre instituciones de un mismo país.
Por ejemplo, en la Unión Europea este consentimiento se limita a investigaciones futuras relacionadas con el estudio principal, lo que cierra la posibilidad de utilizar las muestras en aplicaciones futuras no especificadas. Este enfoque difiere del adoptado en Estados Unidos, donde la llamada Regla Común establece que, cuando una persona otorga un consentimiento amplio para que su muestra sea utilizada en investigaciones futuras, los científicos pueden decidir qué usos serían aceptables basándose en lo que creen que una “persona razonable” habría esperado.
El problema es que esta idea puede interpretarse de distintas maneras. Lo que un investigador considera un uso razonable de una muestra podría ser algo que el donante nunca imaginó, como emplear sus células para desarrollar sistemas de computación biológica.
En este sentido, los autores consideran insuficiente el consentimiento abierto para abordar los riesgos relacionados con la privacidad y el uso ético de los tejidos cerebrales ante el avance de la biocomputación. En su artículo subrayan que estas inconsistencias han generado preocupación entre los donantes, quienes temen que sus muestras sean utilizadas con fines comerciales. Por ello, algunos han expresado interés en contar con una opción que les permita revocar su consentimiento si no están de acuerdo con futuras investigaciones que utilicen sus donaciones.
Para abordar el problema, el artículo propone adoptar modelos de reconsentimiento, así como crear comités independientes de revisión especializados no solo en biomedicina, sino también en ética, neurociencia, células madre, informática y aspectos legales. Estos organismos podrían analizar tanto los riesgos científicos como las implicaciones de utilizar tejido cerebral humano en computadoras biológicas.
Los autores concluyen que “los bioordenadores cerebrales requieren una estricta supervisión ética, ya que podrían materializar las preocupaciones de los donantes. Es posible que pronto se utilicen para tareas comerciales ajenas a la biomedicina, como el reconocimiento de voz o facial. Un enfoque de consentimiento abierto no constituye una buena solución ética en este caso”.
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