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¿Quién gobernaría EEUU si cae el presidente y su Gobierno? La sucesión preparada para el peor escenario posible

¿Quién gobernaría EEUU si cae el presidente y su Gobierno? La sucesión preparada para el peor escenario posible
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La legislación estadounidense establece con precisión quién asume el poder si el jefe del Ejecutivo no puede ejercer. Más información: Trump, ileso tras un nuevo intento de asesinato durante la cena de corresponsales: el atacante ha sido detenido

El presidente de EEUU, Donald Trump, este domingo durante una rueda de prensa en la Casa Blanca. Reuters

EEUU ¿Quién gobernaría EEUU si cae el presidente y su Gobierno? La sucesión preparada para el peor escenario posible

La legislación estadounidense establece con precisión quién asume el poder si el jefe del Ejecutivo no puede ejercer.

Más información: Trump, ileso tras un nuevo intento de asesinato durante la cena de corresponsales: el atacante ha sido detenido

Publicada 27 abril 2026 02:39h Actualizada 27 abril 2026 06:31h Las claves

Las claves Generado con IA

La escena fue breve, pero reveladora: disparos, pánico y evacuación inmediata de Donald Trumpen la Cena de Corresponsales de la Casa Blanca. En la sala estaban tambiénJD Vance, Melania Trump y varios miembros del Gobierno. No era un acto institucional en sentido estricto, pero sí una concentración significativa de poder político en un mismo espacio.

Durante unos segundos, la posibilidad de que un ataque dejara fuera de juego al presidente, al vicepresidente y a parte de la cúpula del Gobierno estadounidense dejó de ser una hipótesis teórica. No era la primera vez que ese riesgo se hacía tangible: Trump ya había sobrevivido a un intento de asesinato en julio de 2024 y a otro aparente intento apenas dos meses después. La imagen —asistentes refugiándose bajo las mesas, el Servicio Secreto activando los protocolos de evacuación— volvió a situar ese escenario en primer plano.

Estados Unidos tiene un plan para ese supuesto. Pero esa respuesta, diseñada para garantizar la continuidad del poder en cualquier circunstancia, abre una pregunta incómoda: quién acabaría realmente en el Despacho Oval si todo fallara a la vez.

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Una cadena de mando milimétrica

Washington lleva décadas preparando ese escenario. La legislación estadounidense establece con precisión quién asume el poder si el jefe del Ejecutivo no puede ejercer.

El mecanismo arranca de forma automática. Si muere, dimite o es destituido, el vicepresidente se convierte en presidente. Si la incapacidad es temporal, asume sus funciones como presidente en funciones hasta que el titular pueda recuperarlas. Así lo fija la 25ª Enmienda, aprobada en 1967 tras el impacto institucional que supuso el asesinato de John F. Kennedy.

Pero el verdadero diseño del sistema empieza después. Si también cae el vicepresidente, la presidencia pasa al presidente de la Cámara de Representantes, seguido del líder del Senado. Solo a partir de ahí entra en juego el resto del Gobierno: los secretarios del gabinete, encabezados por el de Estado, en un orden que no responde al peso político de cada cargo, sino a la antigüedad de los departamentos que dirigen.

Ese detalle —aparentemente técnico— encierra una de las claves del sistema. No se trata de elegir al más preparado para una crisis, sino de asegurar una cadena de mando clara, automática e incontestable. Una lista cerrada que evita disputas internas en el momento más crítico.

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La historia ha demostrado que esa previsión no es retórica. La sucesión se ha activado en nueve ocasiones: ocho tras la muerte de un presidente en el cargo —desde Abraham Lincoln hasta el propio Kennedy— y una por la dimisión de Richard Nixon en 1974. En todos los casos, el relevo se resolvió en cuestión de horas.

Más discretos, pero igual de reveladores, han sido los traspasos temporales de poder. Vicepresidentes como George H. W. Bush o Dick Cheney asumieron las funciones presidenciales durante intervenciones médicas de los mandatarios, en una aplicación casi quirúrgica de la 25ª Enmienda. El poder cambió de manos sin ruido y volvió a su titular horas después.

Sin embargo, el sistema nunca ha tenido que enfrentarse a su escenario más extremo. En más de dos siglos de historia, la sucesión se ha resuelto siempre en el primer escalón, sin necesidad de descender por la cadena completa de mando.

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Esa es la incógnita que episodios como el vivido en Washington vuelven a situar en primer plano: no si habría relevo, sino hasta dónde llegaría.

El protocolo para el peor escenario

El riesgo no está tanto en la teoría como en la práctica. Aparece cuando el poder se concentra físicamente en un mismo lugar. Y eso no es una excepción: ocurre varias veces al año, en eventos como el discurso del Estado de la Unión, las investiduras presidenciales o grandes ceremonias en Washington donde coinciden presidente, Gobierno y líderes de las cámaras.

Durante la Guerra Fría, cuando el temor a un ataque nuclear formaba parte del día a día, la Administración estadounidense asumió que una sola acción podía descabezar al Gobierno en cuestión de segundos. De ahí nació una de las figuras más singulares del sistema político del país: el llamado designated survivor, el superviviente designado.

Su lógica es tan simple como inquietante. Cada vez que presidente, vicepresidente y buena parte de la línea de sucesión coinciden en un mismo lugar, un miembro del gabinete es apartado deliberadamente del evento. No se trata de una ausencia casual: esa persona es trasladada a una ubicación secreta, bajo protección del Servicio Secreto y con acceso inmediato a los mecanismos necesarios para asumir el poder.

A su lado, como en cualquier desplazamiento presidencial, se encuentran también los conocidos como "maletines nucleares" junto con un ayudante militar, que permiten mantener el control operativo de las fuerzas armadas en caso de emergencia.

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No es solo un protocolo de seguridad, sino una estructura paralela en la sombra. Mientras en la sala se celebra el acto público, en otro punto del país hay un miembro del Gobierno preparado para convertirse en presidente en cuestión de minutos.

La identidad del elegido se mantiene en secreto hasta el último momento, y su selección no es inocente. No suele recaer en las figuras más visibles del Ejecutivo, sino en perfiles de menor exposición pública, lo que añade una dimensión política al mecanismo: en un escenario extremo, la presidencia podría acabar en manos de alguien prácticamente desconocido para la mayoría de los ciudadanos.

En el último discurso del Estado de la Unión, por ejemplo, el papel recayó en el secretario de Asuntos de los Veteranos, un departamento encargado de gestionar la sanidad, las pensiones y la asistencia social de millones de exmilitares estadounidenses.

Al frente se encuentra Doug Collins, un cargo con peso administrativo pero alejado del núcleo duro de la política exterior o de seguridad nacional. Mientras el resto del poder político se concentraba en el Capitolio, él fue trasladado a una ubicación secreta, con la posibilidad —remota, pero real— de convertirse en presidente de la primera potencia mundial.

Este protocolo nunca ha sido necesario activarlo. Pero su mera existencia revela hasta qué punto Estados Unidos ha normalizado la idea de que incluso un ataque devastador contra su cúpula política no puede traducirse en un vacío de poder. El sistema no solo se protege frente a lo probable, sino, sobre todo, frente a lo impensable.

Continuidad garantizada, legitimidad en duda

En el actual contexto político, con Donald Trump en la Casa Blanca, la cuestión de quién asumiría el poder en una situación extrema adquiere un carácter mucho más inmediato. No se trata solo de identificar al sucesor, sino de en qué condiciones llegaría al cargo y con qué respaldo político lo haría.

En apenas unos meses, tres miembros del gabinete —Kristi Noem, Pam Bondi y Lori Chavez-DeRemer— han salido del Gobierno en medio de polémicas, investigaciones o tensiones internas.

Noem, al frente de Seguridad Nacional, dejó el cargo tras semanas de críticas por su gestión de la política migratoria y fricciones dentro del propio Ejecutivo. Bondi, como fiscal general —un cargo que forma parte de la línea de sucesión presidencial—, fue apartada en un contexto de enfrentamientos políticos y cuestionamientos sobre la independencia del Departamento de Justicia. Y Chavez-DeRemer, por su parte, dimitió tras una investigación por conducta indebida y uso irregular de recursos públicos.

Tres salidas distintas, pero con un patrón común: inestabilidad en puestos clave en un momento de alta polarización.

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A ello se suma el perfil de quienes siguen en sus puestos. Figuras como Pete Hegseth al frente del Pentágono han concentrado críticas por su trayectoria y su gestión en uno de los departamentos más sensibles del país. Otros nombramientos, como el de Robert F. Kennedy Jr. en el área de Salud, han generado controversia por sus posiciones en materia científica y sanitaria, evidenciando hasta qué punto algunos perfiles del Ejecutivo dividen a la opinión pública.

Incluso el propio vicepresidente JD Vance, primero en la línea de sucesión, es una figura marcada por la controversia política. Sus posiciones en política exterior, su evolución ideológica —de crítico a aliado de Trump— y su perfil combativo refuerzan la idea de que, en un escenario extremo, el relevo no solo sería automático, sino también políticamente complejo.

Ese es el punto ciego del sistema. La sucesión garantiza continuidad, no legitimidad. No distingue entre perfiles con respaldo nacional amplio y figuras controvertidas o con menor proyección pública.

El episodio de la Cena de Corresponsales no llegó a ese punto. Pero durante unos minutos dejó de ser una hipótesis lejana. Estados Unidos ha construido un sistema capaz de resistir el vacío institucional. La duda es si también resistiría el impacto político de quien tendría que ejercer el poder después.

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