El 25 de diciembre de 1989, Leonard Bernstein reunió en el Konzerthaus de Berlín Este a músicos de países vencedores y vencidos en la Segunda Guerra Mundial para interpretar una versión memorable de la Novena Sinfonía de Beethoven. Bernstein, a pocos meses de su fallecimiento pero aún con extrema lucidez, cambió la palabra Freude del poema de Schiller cantado en el último movimiento por Freiheit, de tal manera que la Oda a la Alegría se convirtió en la Oda a la Libertad. Un símbolo del momento que vivía Berlín, Alemania, Europa y el mundo entero. El Muro había caído apenas un mes antes y la Guerra Fría llegaba a su fin, con la derrota del comunismo y el autoritarismo frente a la libertad y el progreso.
El día 23 se había celebrado el mismo concierto en Berlín Oeste, pero la mañana en el Konzerthaus fue inolvidable, seguida a través de pantallas en la ciudad y por millones de personas por televisión. Vista hoy, 36 navidades después, sabemos que fue el momento culminante de Europa. Siglos de guerras, odios, nacionalismos, dictaduras y alianzas de unos contra otros daban paso a una época desconocida de paz y unidad.
El sueño del fin de la historia no se hizo más realidad en ningún sitio como en Europa. Creímos que los ejércitos habían dejado de ser necesarios, que la guerra era un anacronismo y que el futuro solo nos depararía prosperidad. Nuestro mundo de democracia, libertad, Estado de Derecho y orden internacional sería universal, con sus subidas y sus bajadas, pero sin vuelta atrás. La guerra en Yugoslavia era solo un accidente y ya estaba Estados Unidos para arreglarla. Los conflictos pasaron a ser una cosa tercermundista, algo exótico que ocurría en el Congo, Somalia o Afganistán, y donde a veces enviábamos misiones internacionales para acompañar a los soldados americanos que se encargaban del trabajo duro.
Las señales de alarma se fueron acumulando, pero Europa no tenía tiempo para atenderlas. La crisis de 2008 fue el principio del fin del sueño, pero ahí tampoco hubo espacio para mucha reflexión. El desnorte estratégico llevaba a no ver que China empezaba a ofrecer una tentadora alternativa al orden liberal internacional; a poner en manos de Rusia nuestro suministro energético, y a no contemplar que en Washington alguien pudiera algún día decir basta.
Europa asumió con entusiasmo único el mundo unipolar nacido en 1989, en el que Estados Unidos era el árbitro del planeta y los europeos formaban parte del equipo ganador. Era un win win: podíamos dedicar nuestros presupuestos a hospitales, pensiones y sueldos de funcionarios porque el Pentágono se encargaba de nuestra Defensa, mientras nos seguíamos sentando en las mesas importantes y simulábamos que influíamos en las grandes decisiones. Vivíamos en un mundo de reglas internacionales y multilateralismo que se basaba en el poder militar muy real y muy unilateral del amigo americano. Y nos parecía perfecto.
La estrategia europea con Trump, la que ahora está saltando por los aires, era seguir igual. Ir aplacándole con unos aranceles por aquí y una promesa de subida del gasto militar por allá, y esperar a que pasara su segundo mandato, de la misma manera que pasó el primero. Pero resulta que esta vez va en serio. La OTAN ha entrado en parálisis y si Trump se hace con el control de Groenlandia por la fuerza se acabó lo que hasta ahora hemos entendido como defensa europea. La desconfianza crece, Putin está esperando y puede no ser el único.
En Ucrania planeamos mandar tropas pero siempre con un cálculo a la baja. ¿Ingenieros e instructores? Para asegurar una línea de frente de más de 1.000 kilómetros hablamos de decenas de miles de soldados. Y ni siquiera nos hemos pasado la pantalla anterior: ¿quién y con qué va a ejercer la intimidación suficiente sobre Putin para que acepte un alto el fuego? La UE, en la situación actual, acaba de rechazar utilizar los activos rusos congelados para no provocar de más a Putin.
¿Y España? Los esfuerzos del Gobierno por exhibir su retórica contra Trump o simular que jugamos algún papel en Venezuela son enternecedores. Si se materializa la amenaza contra Groenlandia después puede venir cualquier cosa. ¿Por qué no Ceuta y Melilla? Afirma Sánchez que no hay que ser «vasallos». Perfecto, ¿pero cómo lo hacemos? ¿Siendo vasallos de otro? La defensa española depende de EEUU en un grado incluso mayor que el de otras naciones europeas, con un acuerdo bilateral de 70 años de antigüedad. Si Trump es capaz de cuestionar la OTAN se puede limpiar los mocos con nuestro acuerdo. Y ya sabemos que con él no sirven los análisis racionales que señalan las bases de Morón y Rota como demasiado imprescindibles para EEUU.
Como con todo lo demás, el Gobierno no esconde que está a los cálculos políticos: mientras se hable de Trump no se habla de lo demás. Es muy posible que el resto de Europa esté parecido, cada uno con sus cosas. No se percibe que las amenazas y ataques desde el otro lado del Atlántico estén despertando un orgullo europeo, español o danés. Otra mala señal. En España, el único partido que sube en las encuestas es uno que respalda a Trump al cien por cien. Así están las cosas. Y mientras gastemos la energía en denunciar los males ajenos en lugar de en arreglar las debilidades propias estaremos más cerca de representar un Réquiem allí donde cantábamos emocionados la Oda a la Libertad no hace tanto tiempo.