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Radiografía de una guardia

Radiografía de una guardia
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Higinia Garay La Tribuna Radiografía de una guardia

María Vidal Denis

Neurorradióloga en el Hospital Regional Universitario de Málaga

Miércoles, 18 de marzo 2026, 01:00

... siquiera son trabajo. Se opina sobre algo que se desconoce casi por completo. Y ese es el problema: la gente habla de las guardias médicas sin saber qué ocurre en un hospital cuando solo queda lo urgente, lo grave, lo imprevisible y lo que no puede esperar.

Una guardia de radiología es una cadena continua de decisiones. Es velocidad con cabeza. Es tensión mental constante. Es priorizar rápido, afinar sin margen de error, protocolizar estudio a estudio y seguir cuando el cuerpo ya empieza a pedir tregua. Es trabajar y trabajar sabiendo que detrás de cada imagen hay una decisión clínica inmediata, una sospecha que confirmar o descartar, un tratamiento que depende de ti, una familia que reza y un paciente cuyo pronóstico puede cambiar por una interpretación hecha a tiempo. Y muchas veces es, sencillamente, no parar en 24 horas.

La guardia empieza mucho antes de que el cuerpo asuma que no va a dormir. Empieza cuando llegas y ves la lista de pacientes que ya te esperan. Empieza con el primer TAC que entra cuando aún no has terminado de abrir todas las ventanas del sistema y con la primera llamada que te obliga a decidir quién va antes y quién puede aguantar unos minutos más. A partir de ahí, el tiempo deja de medirse en horas y empieza a medirse en estudios: un TC craneal, otro de abdomen, una ecografía urgente, un angio-TC, un politrauma, una sospecha de apendicitis, una obstrucción intestinal, una hemorragia, un código ictus, un cólico renoureteral, una fiebre que no convence, un dolor que al final no resulta ser nada grave -y que, precisamente por eso, exige la misma atención que el que sí lo es-.

En mi hospital, el Regional de Málaga -antiguo Carlos Haya-, con dos residentes y un adjunto, podemos informar entre 200 y 300 estudios urgentes en 24 horas. Pero además de ese número, hay muchísimo más. Hay llamadas, consultas clínicas, interrupciones constantes, necesidad de supervisar, enseñar, decidir, corregir, reevaluar y volver a empezar. Hay residentes formándose en mitad de la presión asistencial, y adjuntos que sostienen todo, responden, priorizan y asumen la responsabilidad final. Porque, en realidad, todos sabemos que lo que hay no son 300 informes: detrás de cada una de esas pruebas hay alguien que ese día entró en el hospital con miedo, con dolor o con una situación inesperada.

Hay algo que parte de la sociedad parece no entender: un trabajo es trabajo aunque en ese momento solo consista en 'estar por si acaso'. Porque estar disponible también es trabajo. Mantener la atención en alerta durante una noche entera es trabajo. Dormir a medias, o no dormir, porque en cualquier momento puede entrar un código ictus, un trauma grave, una sospecha de isquemia mesentérica, una complicación postquirúrgica o una urgencia pediátrica, también es trabajo. La responsabilidad no desaparece en los ratos de aparente calma. Sigue ahí. Tú sigues ahí, esperando y alerta.

Y el descanso posterior, el saliente, no compensa la exigencia previa. Y después de ese saliente, vuelta a trabajar de 8:00 a 15:00. Toca regresar a la actividad ordinaria, intentas recuperar sueño, ritmo, concentración y vida familiar, con una normalidad que sólo existe sobre el papel. Durante años hemos asumido todo esto como si formara parte natural de nuestro oficio.

Porque esto no va solo de cansancio. Va de dignidad profesional. Va de reconocer que las guardias son horas extraordinarias, de enorme exigencia. Va de entender que no son un añadido anecdótico al trabajo del médico, sino una parte estructural del funcionamiento real del hospital. Sin guardias, un hospital no funciona. Sin guardias, no hay respuesta a la urgencia, no hay cobertura de lo imprevisible.

Y estas son mis guardias. No son mejores ni peores que las de mis compañeros neurocirujanos, cardiólogos, internistas, ginecólogos, pediatras, anestesistas o médicos de urgencias. Todas son duras. Todas son exigentes. Todas sostienen, a base de esfuerzo, de preparación y de entrega, al hospital. Cada especialidad lo hace desde su lugar, con su propia carga y con sus propias decisiones críticas. Pero todas comparten una misma verdad: las guardias no son tiempo muerto. Son tiempo de trabajo real, intenso y decisivo.

Quien quiera opinar sobre lo que es una guardia médica está invitado a pasar 24 horas con cualquiera de nosotros. No para romantizar el sacrificio ni para convertirlo en una medalla moral, sino simplemente para comprender la realidad. Quizá entonces entienda por fin algo esencial: mientras otros turnos terminan y llegan los relevos, los médicos seguimos ahí. Sin detenernos. Sosteniendo, con nuestras guardias, una parte imprescindible del sistema sanitario.

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Fuente original: Leer en Diario Sur - Ultima hora
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