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Érase una vez el oeste en Ceuta

Érase una vez el oeste en Ceuta
Artículo Completo 1,521 palabras
Querido Nickie:Me preguntas por Ceuta y no sé muy bien cómo explicártelo porque sospecho que para comprender lo que está ocurriendo tendrías que haber leído menos prensa española y más novelas del Oeste . Imagina uno de aquellos poblados que aparecían al otro lado de la vía del ferrocarril, esos a los que todavía no había llegado el juez, el sheriff disponía de tres ayudantes y la ley consistía en averiguar quién de ellos tenía el rifle. Solo que esta vez los colonos llegan del sur y los indígenas somos nosotros . No te ofendas por lo de los colonos, querido Nickie. Al fin y al cabo, eres inglés y, si de algo sabéis los ingleses, además de preparar el té y de perder mundiales de fútbol, es de llegar a sitios donde ya vivía alguien . Tampoco los norteamericanos deberían sentirse escandalizados por la comparación: la historia de su país consiste en una interminable caravana de hombres que llegaban a un lugar, clavaban cuatro tablas, levantaban una tienda, abrían un 'saloon' y decidían que aquello empezaba de nuevo. La diferencia es que entonces la frontera avanzaba hacia el Pacífico y ahora parece avanzar por la playa de El Trampolín .No te tomes demasiado en serio la comparación, porque en España las metáforas tienen últimamente la peligrosa costumbre de acabar en un juzgado. Pero hay algo fascinante en observar cómo unos cuantos kilómetros cuadrados de una ciudad europea pueden convertirse en pocas semanas en una especie de experimento antropológico sobre el nacimiento de una sociedad. Si a Rousseau , Hobbes o Locke les hubieran dado una acreditación de prensa y un billete de ferry, probablemente habrían abandonado Londres para escribir en Ceuta. Al principio no había nada: una playa, unas toallas, algunos plásticos y gente durmiendo al raso. Algo después aparecieron las tiendas de campaña y, detrás de las tiendas, como sucede desde que el primer fenicio decidió cambiar una cabra por un ánfora, apareció el comercio. En El Trampolín hay ya un mercado negro que se prolonga aproximadamente durante un kilómetro. Se vende comida, ropa, zapatillas, tabaco, café, teléfonos, cargadores, objetos usados, sexo y droga. Hay cocinas, peluquerías y lugares donde cargar el móvil. Se han levantado espacios para rezar y se alquilan tiendas de campaña por veinticinco euros la noche. «En España, el mercado inmobiliario es más resistente que la civilización»Esto último me parece particularmente curioso porque demuestra que, en España, el mercado inmobiliario es más resistente que la civilización. Aquí puede desaparecer el Estado, la policía y el Registro de la Propiedad. Pero bastan tres palos y una lona para que nazca un casero. Algún día terminará el mundo, querido Nickie , y mientras los últimos supervivientes contemplen desde una montaña el hongo nuclear habrá uno que le estará explicando a otro que su cueva tiene mucha luz, está cerca del Metro y solo piden dos meses de fianza.Pero lo verdaderamente interesante comienza después, porque donde aparece una propiedad aparece alguien dispuesto a defenderla; donde aparece una mercancía, alguien que la vigila; donde surge un negocio, alguien que cobra; y donde diez hombres necesitan algo termina apareciendo un undécimo que descubre cómo proporcionárselo. «Dentro de una ciudad española está naciendo una sociedad paralela porque la oficial no consigue absorberla»No hace falta un Ayuntamiento para fundar una ciudad: basta la necesidad . Y así van apareciendo las jerarquías. Unos tienen dinero y otros no; unos consiguen mercancías y otros disponen de tiendas; algunos conocen el terreno y otros tienen fuerza para hacerse respetar. En cualquier comunidad humana nacen inmediatamente relaciones de dependencia, protección y autoridad. Y cuanto menos eficaz es la autoridad pública, mayor importancia adquiere la privada. La naturaleza tendrá horror al vacío, como decía Aristóteles . Pero el poder todavía más. No quiero decirte que diez mil personas hayan constituido la República Independiente del Trampolín ni que exista allí un alcalde con banda y bastón de mando. La realidad es más seria y algo menos pintoresca. Lo que quiero decir es que estamos contemplando el sueño libertario, el edén anarcocapitalista, ese proceso elemental de 'laissez faire' mediante el cual un grupo humano abandonado durante el suficiente tiempo empieza inevitablemente a organizarse por su cuenta. Y ése es el aspecto de Ceuta que menos estamos mirando. Discutimos sobre inmigración, devoluciones y derechos humanos. Pero mientras tanto está sucediendo ante nuestros ojos algo extraordinario: dentro de una ciudad española está naciendo una sociedad paralela porque la oficial no consigue absorberla. Tendemos a imaginar la anarquía como la ausencia de reglas, cuando suele ser la proliferación de reglas que desconocemos. Cuando desaparece la ley no queda la libertad, sino el horror. Y cuando la autoridad legítima no comparece, no es que desaparezca, sino que se está privatizando .«Finalmente España no puede jugar en España porque España no puede garantizar la seguridad de España»Por eso las sociedades primitivas, las cárceles y los barrios abandonados terminan produciendo sus propios jefes. Para mandar no hace falta un decreto; basta con que los demás crean que puedes hacerles daño. Y en un mundo así la reputación adquiere un valor extraordinario. Ser temido es una forma rudimentaria de seguridad social. La crueldad se convierte así en publicidad: quien demuestra que es capaz de responder con violencia necesita ejercerla menos veces porque los demás ya conocen el precio de desafiarlo. No afirmo que ésa sea la explicación de cada delito que ocurre estos días en Ceuta . Pero precisamente por eso resulta tan grave abandonar a una multitud durante semanas en un limbo: porque el vacío administrativo acaba convirtiéndose en vacío de autoridad.Mientras tanto, la ciudad formal empieza a retroceder. El hospital trabaja sometido a una presión extraordinaria , las fuerzas de seguridad llevan semanas desbordadas y los recursos de acogida son insuficientes. Más de mil menores continúan deambulando por la ciudad sin que las administraciones consigan encajarlos en el sistema. Y ahora ha ocurrido algo que quizá sea la metáfora perfecta de todo . España iba a jugar contra México un partido de fútbol sub-20 en Ceuta el próximo día 30. Era una de esas pequeñas ceremonias con las que los países recuerdan que su territorio llega hasta donde llega su selección nacional. Pero la Policía Nacional desaconsejó celebrar el encuentro por no ser capaz de garantizar la seguridad. Es una paradoja formidable : para demostrar que Ceuta es España habíamos decidido que España jugara en Ceuta y finalmente España no puede jugar en España porque España no puede garantizar la seguridad de España.Supongo, Nickie, que esto es lo que en Sheffield llamáis un problema. Pero a mí me parece una lección. Durante siglos hemos construido Estados precisamente para no depender del hombre más fuerte de la tribu. Inventamos policías para no necesitar pistoleros, jueces para no necesitar vengadores, hospitales para no depender de la caridad y escuelas para que la educación no estuviera en manos del primero que pasara por allí. Y ahora resulta que en una playa española podemos contemplar el proceso contrario: primero desaparece la institución. Después aparece la necesidad . Luego alguien la satisface. Después cobra por hacerlo y finalmente adquiere poder sobre quien depende de él. El Lejano Oeste no empezó con los duelos al sol, Nickie. Empezó cuando la sociedad llegó antes que el Estado . Y si Ceuta me preocupa es porque estamos viendo en directo cómo nace una sociedad donde ya había otra. Y cómo, entre ambas, queda un espacio que nadie quiere gobernar. En las películas del Oeste, al final llegaban el médico, el juez y el sheriff y aquello dejaba de ser la frontera. Lo inquietante, querido Nickie, es que en Ceuta esos ya estaban allí.

Me preguntas por Ceuta y no sé muy bien cómo explicártelo porque sospecho que para comprender lo que está ocurriendo tendrías que haber leído menos prensa española y más novelas del Oeste. Imagina uno de aquellos poblados que aparecían al ... otro lado de la vía del ferrocarril, esos a los que todavía no había llegado el juez, el sheriff disponía de tres ayudantes y la ley consistía en averiguar quién de ellos tenía el rifle. Solo que esta vez los colonos llegan del sur y los indígenas somos nosotros.

No te ofendas por lo de los colonos, querido Nickie. Al fin y al cabo, eres inglés y, si de algo sabéis los ingleses, además de preparar el té y de perder mundiales de fútbol, es de llegar a sitios donde ya vivía alguien.

Tampoco los norteamericanos deberían sentirse escandalizados por la comparación: la historia de su país consiste en una interminable caravana de hombres que llegaban a un lugar, clavaban cuatro tablas, levantaban una tienda, abrían un 'saloon' y decidían que aquello empezaba de nuevo. La diferencia es que entonces la frontera avanzaba hacia el Pacífico y ahora parece avanzar por la playa de El Trampolín.

Opinión 'El cazador' y la España irreparable

No te tomes demasiado en serio la comparación, porque en España las metáforas tienen últimamente la peligrosa costumbre de acabar en un juzgado. Pero hay algo fascinante en observar cómo unos cuantos kilómetros cuadrados de una ciudad europea pueden convertirse en pocas semanas en una especie de experimento antropológico sobre el nacimiento de una sociedad. Si a Rousseau, Hobbes o Locke les hubieran dado una acreditación de prensa y un billete de ferry, probablemente habrían abandonado Londres para escribir en Ceuta.

Al principio no había nada: una playa, unas toallas, algunos plásticos y gente durmiendo al raso. Algo después aparecieron las tiendas de campaña y, detrás de las tiendas, como sucede desde que el primer fenicio decidió cambiar una cabra por un ánfora, apareció el comercio. En El Trampolín hay ya un mercado negro que se prolonga aproximadamente durante un kilómetro. Se vende comida, ropa, zapatillas, tabaco, café, teléfonos, cargadores, objetos usados, sexo y droga. Hay cocinas, peluquerías y lugares donde cargar el móvil. Se han levantado espacios para rezar y se alquilan tiendas de campaña por veinticinco euros la noche.

«En España, el mercado inmobiliario es más resistente que la civilización»

Esto último me parece particularmente curioso porque demuestra que, en España, el mercado inmobiliario es más resistente que la civilización. Aquí puede desaparecer el Estado, la policía y el Registro de la Propiedad. Pero bastan tres palos y una lona para que nazca un casero. Algún día terminará el mundo, querido Nickie, y mientras los últimos supervivientes contemplen desde una montaña el hongo nuclear habrá uno que le estará explicando a otro que su cueva tiene mucha luz, está cerca del Metro y solo piden dos meses de fianza.

Pero lo verdaderamente interesante comienza después, porque donde aparece una propiedad aparece alguien dispuesto a defenderla; donde aparece una mercancía, alguien que la vigila; donde surge un negocio, alguien que cobra; y donde diez hombres necesitan algo termina apareciendo un undécimo que descubre cómo proporcionárselo.

«Dentro de una ciudad española está naciendo una sociedad paralela porque la oficial no consigue absorberla»

No hace falta un Ayuntamiento para fundar una ciudad: basta la necesidad. Y así van apareciendo las jerarquías. Unos tienen dinero y otros no; unos consiguen mercancías y otros disponen de tiendas; algunos conocen el terreno y otros tienen fuerza para hacerse respetar. En cualquier comunidad humana nacen inmediatamente relaciones de dependencia, protección y autoridad. Y cuanto menos eficaz es la autoridad pública, mayor importancia adquiere la privada. La naturaleza tendrá horror al vacío, como decía Aristóteles. Pero el poder todavía más.

No quiero decirte que diez mil personas hayan constituido la República Independiente del Trampolín ni que exista allí un alcalde con banda y bastón de mando. La realidad es más seria y algo menos pintoresca. Lo que quiero decir es que estamos contemplando el sueño libertario, el edén anarcocapitalista, ese proceso elemental de 'laissez faire' mediante el cual un grupo humano abandonado durante el suficiente tiempo empieza inevitablemente a organizarse por su cuenta. Y ése es el aspecto de Ceuta que menos estamos mirando.

Discutimos sobre inmigración, devoluciones y derechos humanos. Pero mientras tanto está sucediendo ante nuestros ojos algo extraordinario: dentro de una ciudad española está naciendo una sociedad paralela porque la oficial no consigue absorberla. Tendemos a imaginar la anarquía como la ausencia de reglas, cuando suele ser la proliferación de reglas que desconocemos. Cuando desaparece la ley no queda la libertad, sino el horror. Y cuando la autoridad legítima no comparece, no es que desaparezca, sino que se está privatizando.

«Finalmente España no puede jugar en España porque España no puede garantizar la seguridad de España»

Por eso las sociedades primitivas, las cárceles y los barrios abandonados terminan produciendo sus propios jefes. Para mandar no hace falta un decreto; basta con que los demás crean que puedes hacerles daño. Y en un mundo así la reputación adquiere un valor extraordinario. Ser temido es una forma rudimentaria de seguridad social. La crueldad se convierte así en publicidad: quien demuestra que es capaz de responder con violencia necesita ejercerla menos veces porque los demás ya conocen el precio de desafiarlo. No afirmo que ésa sea la explicación de cada delito que ocurre estos días en Ceuta. Pero precisamente por eso resulta tan grave abandonar a una multitud durante semanas en un limbo: porque el vacío administrativo acaba convirtiéndose en vacío de autoridad.

Mientras tanto, la ciudad formal empieza a retroceder. El hospital trabaja sometido a una presión extraordinaria, las fuerzas de seguridad llevan semanas desbordadas y los recursos de acogida son insuficientes. Más de mil menores continúan deambulando por la ciudad sin que las administraciones consigan encajarlos en el sistema.

Y ahora ha ocurrido algo que quizá sea la metáfora perfecta de todo. España iba a jugar contra México un partido de fútbol sub-20 en Ceuta el próximo día 30. Era una de esas pequeñas ceremonias con las que los países recuerdan que su territorio llega hasta donde llega su selección nacional. Pero la Policía Nacional desaconsejó celebrar el encuentro por no ser capaz de garantizar la seguridad. Es una paradoja formidable: para demostrar que Ceuta es España habíamos decidido que España jugara en Ceuta y finalmente España no puede jugar en España porque España no puede garantizar la seguridad de España.

Supongo, Nickie, que esto es lo que en Sheffield llamáis un problema. Pero a mí me parece una lección. Durante siglos hemos construido Estados precisamente para no depender del hombre más fuerte de la tribu. Inventamos policías para no necesitar pistoleros, jueces para no necesitar vengadores, hospitales para no depender de la caridad y escuelas para que la educación no estuviera en manos del primero que pasara por allí. Y ahora resulta que en una playa española podemos contemplar el proceso contrario: primero desaparece la institución. Después aparece la necesidad. Luego alguien la satisface. Después cobra por hacerlo y finalmente adquiere poder sobre quien depende de él.

El Lejano Oeste no empezó con los duelos al sol, Nickie. Empezó cuando la sociedad llegó antes que el Estado. Y si Ceuta me preocupa es porque estamos viendo en directo cómo nace una sociedad donde ya había otra. Y cómo, entre ambas, queda un espacio que nadie quiere gobernar. En las películas del Oeste, al final llegaban el médico, el juez y el sheriff y aquello dejaba de ser la frontera. Lo inquietante, querido Nickie, es que en Ceuta esos ya estaban allí.

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Fuente original: Leer en ABC - Cultura
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