En las biografías de personajes históricos existían dos categorías predominantes. La primera remitía a lo que se llamó desde el renacimiento «vidas edificantes y curiosas». Es decir, la que mostraba modelos de ejemplaridad pública, santidad, sacrificio heroico y, según la nueva preceptiva moderna, ... fama individual y gloria, dentro de un entorno ordenado por el providencialismo, pues contra Dios no había triunfo posible.
Precisamente, la segunda categoría abarcaba los contraejemplos. Aquellas vidas desafiantes de pecado y perdición, cuyas conductas nefastas educaban en el rechazo a la maldad y la vana gloria de este mundo. La fijación de los modernos géneros historiográficos pasó luego por la fabricación de majestad, la celebración de virtudes cívicas, o la ciudadanía positiva recompensada. La economía moral de nuestro tiempo ya no tolera ambigüedades, contradicciones o faltas de transparencia.
De ahí que un personaje como Grigori Yefímovich Rasputín pueda representar para ciertos públicos estancados en estereotipos románticos «los extremismos de la atormentada alma rusa», mas constituye, por encima de cualquier consideración factual o moral, una catástrofe.
Desde el punto de vista de un historiador profesional y formidable especialista en guerras y conflictos, como el británico Antony Beevor, su investigación, basada en una documentación exhaustiva, podía responder una cuestión clave. ¿Fue la revolución soviética causante del final de los trescientos años de imperio de los Romanov en Rusia? ¿O, por el contrario, en abierta contradicción con la publicística triunfalista de los bolcheviques y sus seguidores, incluso hasta los comunistas actuales, llegaron tarde y constituyeron un grupúsculo que se impuso a través del terror y la guerra civil? ¿Por tanto, luego de 1918, fue cuando en verdad se apoderaron de un imperio autocrático que ya se había extinguido por incompetencia manifiesta, corrupción estructural, ausencia de patriotismo y perversión moral?
De la formidable prueba que supone el retrato vertiginoso del poder patológico realizada en este libro, Beevor sale reforzado. Deja claro que no cree en apriorismos. No hay ninguno de los treinta capítulos breves en los que está dividido el volumen que no produzca asombro por lo que cuenta del personaje, un monje loco, fanático y manipulador, cuya capacidad de influencia y tergiversación aceleró la crisis terminal del régimen zarista.
Nacido en el pueblo de Pokróvskoye al este de los Urales, Rasputín, cuyo apellido quiere decir «encrucijada», qué ironía, fue asesinado por monárquicos fervorosos que querían salvar a Rusia y al propio zar que lo había encumbrado de una completa descomposición política y militar. Desde joven se narra la biografía de un santón encumbrado, irregular, violento, abusador de mujeres y hombres y bebedor incontrolable.
Contra el argumento repetido de la inmovilidad social en la Rusia de los zares, que alguien como él llegara tan lejos viene a probar que una combinación de arrojo, contactos y oportunismo podía conducir al encumbramiento. Lo que parece excepcional en el personaje es la proclamación de un principio según el cual «solo los pecados graves pueden guiarnos al arrepentimiento fallido».
Con contundencia metódica, Beevor narra la asombrosa permisividad con la que Nicolás II entregó el poder a la camarilla de ministros manejada por su esposa y Rasputín
También lo caracteriza un sentido carismático de la influencia, que el autor considera se podría circunscribir a una filiación sectaria cristiana ortodoxa, de la cual habría aprendido las herramientas de la manipulación emocional del prójimo y, en especial, de las mujeres.
Una de sus seguidoras fanáticas fue Olga Lojtina, que se presentaba en sus aposentos en San Petersburgo con una gorra de piel de lobo que le había pertenecido, trenzada de cintas de colores. «Bajo una capa de piel de cabra vestía varios velos, con los que cubría una camisa roja. En la cintura se había colgado bolsitas en las que guardaba alimentos a medio comer y raspas de pescado rescatadas, como si de reliquias de santo se tratara, de los platos de Rasputín».
Su predicamento se vinculó de modo determinante con la influencia que tuvo sobre la zarina Alejandra de Hesse, la esposa de Nicolás II, a quien, como se sabe, había dado cuatro hijas. En palabras del autor, «cuatro inocentes grandes duquesas a las que nunca se permitió crecer de veras». Finalmente, tuvo un heredero hombre con hemofilia, Alekséi, cuyos sufrimientos explican tanto la conducta progresivamente errática de Alejandra como la promoción de Rasputín, que según ella lo había salvado en diferentes episodios de su atroz enfermedad.
El último tercio del volumen desmiente cualquier determinismo en torno al final del imperio de los zares y explica los efectos de una crisis dinástica que explotó en todas direcciones. Con contundencia metódica, Beevor narra la asombrosa permisividad con la que Nicolás II, refugiado en una jefatura militar desastrosa, entregó el poder a la camarilla de ministros manejada por su esposa y Rasputín. Fueron los «gobiernos del tocador de la emperatriz». En los quince meses anteriores al final del trágico año 1916, Rusia tuvo cuatro primeros ministros, tres ministros de exteriores, cinco de interior, tres de la guerra, tres de transporte y cuatro de agricultura. Lenin, mientras tanto, en Suiza, hacía planes para el futuro.
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Rasputín por Antony Beevor, ni siquiera una mediocridad
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