Familias enteras viviendo en una sola estancia y sin zonas comunes para el esparcimiento o amigas que ya no comparten piso, sino cuarto, son realidades que Cáritas detecta que se generalizan
Regala esta noticia Añádenos en Google 08/06/2026 a las 01:25h.El realquiler entre las personas a las que atiende Cáritas ha crecido un 60% desde el año 2021 y ya afecta a uno de cada cuatro hogares a los que presta su ayuda ... . Y no es sólo que cada vez más personas vivan en un piso que a su vez ha alquilado otra y tengan por ello que pagar un sobreprecio, sino que es cada vez más habitual que una familia entera resida en una sola habitación o que amigos compartan, no ya piso, sino cuarto. Testimonios de tres personas a las que apoya Cáritas ponen rostro a los números y a cómo se está agravando la crisis habitacional española que en lugares como Málaga se manifiesta aún con mayor virulencia.
«Comparto cuarto con una amiga: el antiguo salón es nuestro dormitorio y no tenemos donde sentarnos»
Marina (nombre figurado) es peruana, tiene treinta años, lleva poco más de año y medio en España, nueve meses en Málaga y vive con una amiga con la que comparte habitación. «Yo no vine aquí buscando ayuda sino oportunidades, a crecer profesionalmente», afirma, porque en su país se formó como decoradora de interiores. También reconoce que le sorprendió cómo funciona el mercado inmobiliario en España: «Entiendo que es por seguridad, pero te piden exponerte tanto sobre tus ingresos y forma de vida que es desesperante porque necesitas encontrar un lugar para vivir». «Te piden una nómina, pero tampoco es suficiente con eso, exigen que sea de un determinado monto, porque tienes que pagar un mes de fianza o dos, los honorarios de la inmobiliaria…», continúa la mujer. «Nunca había vivido con la amiga con la que comparto habitación. Pero yo no tenía trabajo y me propuso compartir hasta que consiguiera algo. Luego nos dimos cuenta de que cada vez los precios iban subiendo más y más y ya no bajan de los 500 euros. Pensamos que apenas íbamos a necesitar apoyarnos un par de meses y ya llevamos ocho», explica, para precisar que únicamente ha encontrado trabajos con salarios de 900 euros a los que tiene que descontar lo que envía a su país para ayudar a su familia, sobre todo a su padre, que necesita atención especial porque tiene alzhéimer. A los elevados precios se suma otra dificultad: el alquiler de habitaciones, el compartir piso, los propietarios lo prefieren destinar a estudiantes, no a gente ya trabajadora como ella.
«Nunca había vivido con la amiga con la que comparto habitación. Pero yo no tenía trabajo y me propuso compartir hasta que consiguiera algo. Pensamos que apenas íbamos a necesitar apoyarnos un par de meses y ya llevamos ocho»
De la primera habitación que encontraron las dos amigas tuvieron que salir corriendo porque el ambiente del piso les daba miedo, había más gente compartiendo de la que les dijeron en un primer momento y terminaron recalando en la vivienda en la que se encuentran ahora que cuenta con cuatro habitaciones, la que ella comparte con su amiga -con cama de matrimonio, la propiedad no les ha puesto camas individuales-, la que ocupa una pareja y las dos de dos chicas que viven solas cada una en su cuarto. «No tenemos ni salón ni comedor. De hecho, el salón es nuestro cuarto que lo han convertido en dormitorio», explica. Dice que ha hecho buenas migas con las chicas con quienes comparte piso, pero le entristece no tener un lugar donde sentarse y charlar. Ni siquiera en la cocina hay sitio para todos: «La mesa sólo tiene cuatro sillas y nosotros somos seis. Pero es el único lugar en el que me puedo sentar, porque no tengo un salón, no tengo terraza, no tengo absolutamente nada». Aduce también problemas de convivencia en el piso: un fin de semana que se puso mala la fue a cuidar su hermana para quien compró un tablón con un colchón, la pareja con la que comparte se quejó al propietario, que entonces pensó que había más gente viviendo en la habitación de lo pactado, razón por la cual de los 450 euros les va a subir la renta a 500. «Ese tablón y ese colchón lo usó mi hermana ese fin de semana y ahora nosotras para tener un lugar donde sentarnos o donde dejar nuestras cosas», lamenta, triste, la chica.
«Pagaba 450 euros por una habitación en la que hasta yo, que soy delgada, tenía que entrar de canto»
«Me he visto en casa de amigas para poder ducharme, me he visto durmiendo en el Materno, en un cajero, en un parque, con mi hermana que me recogió en su casa pequeñísima en la que yo dormía en un colchón que si lo ponía en el suelo no podía abrir la puerta…», relata Tania (nombre figurado). Víctima de violencia de género, rompió con su pareja y se fue a vivir a una habitación por la que pagaba 450 euros y por la que le pidieron, para entrar, pagar tres meses de golpe. «Era muy cara, porque era muy pequeña. Hasta yo, que soy muy delgada, tenía que entrar de canto. No le pagaba al propietario, le pagaba a un corredor, como aquel que dice, que le llevaba las casas al dueño», detalla. Pero llegó un día en que sospechó que no iba a poder seguir pagando porque con la prestación que percibía y que no sabía si iba a seguir recibiendo no le alcanzaba, así que dejó la habitación y por eso se quedó en la calle: «Avisé quince días antes porque no sabía si iba a seguir cobrando y no quería quedar malamente con nadie». Además, en ese ínterim se enteró de que estaba sin empadronar: la familia de su expareja la borró de la casa que habían estado compartiendo hasta la ruptura. Sin lugar fijo donde alojarse, pierde el derecho al empadronamiento.
«He tenido que salir de Málaga, allí no se puede vivir. Pero me he tenido que venir a la otra punta. Y no soy la única, hay muchísimas criaturas en mi misma situación»
Por fortuna, unos amigos que viven en Fuente de Piedra le han dado cobijo y han apalabrado para ella una habitación en Antequera por la que pagará entre 250 y 300 euros con los gastos incluidos. Está a la espera también de que le concedan el ingreso mínimo vital con los atrasos que le corresponden a finales de este mes o principios del que viene y eso también la aliviará. «En Antequera la cosa está más baratita. En la capital, todo está por las nubes: por una habitación te piden hasta 600 o 700 euros, así que por un apartamento son mil o mil y pico. He tenido que salir de Málaga, allí no se puede vivir. Pero me he tenido que venir a la otra punta. Y no soy la única, hay muchísimas criaturas en mi misma situación», lamenta, invitando a los gobernantes a que se pongan «la mano en el pecho»: «Supongo yo que serán padres y madres y no les gustaría ver a sus hijos de esta manera. A ver si todos un día podemos llegar a vivir dignamente», clama. La mujer ve un poco de luz al final del túnel, pero no se autoengaña: sabe que se ha tenido que alejar de su entorno, de los lugares donde tenía contactos para buscarse su trabajo. Pero concluye: «Tampoco podía estar en la calle».
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