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Rebélate ante la dictadura de las vacaciones: ¿Y tú qué haces? Nada, gracias

Rebélate ante la dictadura de las vacaciones: ¿Y tú qué haces? Nada, gracias
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Viajes, cenas, festivales... Llenar la agenda y demostrar que nos lo pasamos bien se ha convertido en la obligación invisible del verano
Rebélate ante la dictadura de las vacaciones: ¿Y tú qué haces? Nada, gracias

Viajes, cenas, festivales... Llenar la agenda y demostrar que nos lo pasamos bien se ha convertido en la obligación invisible del verano

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Ekaitz Vargas

24/08/2026 Actualizado a las 19:12h.

El verano llega con una especie de contrato no escrito: hay que aprovecharlo. Y aprovecharlo, aparentemente, significa tener la agenda como la de un ministro, ... encadenar cenas, festivales, escapadas, playas, pueblos, terrazas y viajes y, a ser posible, documentarlo todo en Instagram. Quedarse un sábado en casa, echarse la siesta y no tener nada que hacer parece casi una pequeña derrota.

La trampa está en que el verano debería ser el momento de quitarse peso de encima y muchas veces hacemos justo lo contrario. Llegamos a julio con meses de rutina, trabajo y prisas acumuladas y, en lugar de soltar la mochila, la llenamos todavía más. Solo que ahora metemos dentro festivales, cenas, excursiones, viajes y planes que durante el año no hemos podido hacer. «Existe una obligación implícita de aprovechar el verano al máximo. Aprovechar no tiene que ver con la cantidad de eventos sino con la calidad de la presencia», señala la especialista, que pasa consulta en Bilbao. También puede ser dormir, leer, estar solo, darse una vuelta sin rumbo o pasar una tarde entera mirando al techo sin sentir que hay que justificarlo. Porque descansar también es hacer algo, solo que no luce demasiado en una historia de Instagram.

La gasolina de las redes

Las redes han añadido gasolina a un incendio que no es nuevo, pero sí más intenso. Antes uno podía pasar el sábado en el sofá y nadie tenía por qué enterarse. Ahora, si no cuelgas nada, mal. Cuando abres el móvil, te encuentra con el colega que está en Maldivas, el que toma el sol en una cala de Menorca, el que disfruta de un festival y el que acaba de terminar su ruta por los Alpes. Todos parecen estar viviendo el verano de su vida. «Las redes sociales nos muestran un espejo en el que compararnos con la vida de los demás», explica la psicóloga. El problema es que ese espejo está trucado: enseña el viaje, la copa, la playa y la puesta de sol, pero no las discusiones, el cansancio, las horas de carretera o la tarde de sofá que también forman parte de esas vidas.

El psicólogo David Sojo lo resume de una manera más directa. Las redes funcionan como una especie de escaparate de estatus en el que «solo se enseña lo bueno». Basta con ver las vacaciones de los demás para que el viaje propio, el que hasta hace cinco minutos parecía estupendo, empiece a saber a poco. «Te metes y ves que fulanito y fulanita se han ido de vacaciones a una isla remota, y te sientes un fracasado», explica.

Luego está el grupo de amigos. Ese maravilloso WhatsApp que en verano puede convertirse en una central de operaciones. «¿Qué hacemos hoy?», «¿quién se apunta?», «venga, que estamos todos», «no puedes faltar». Y uno mira el móvil mientras piensa que, en realidad, lo único que le apetece es ponerse el aire acondicionado y desaparecer unas horas.

Decir que no, sin embargo, no siempre es tan sencillo. «Si nos vinculamos desde el miedo al rechazo o la desaprobación, puede confrontarnos con la idea de un posible aislamiento o de ser juzgados», explica García de Cortázar. Así que acabamos diciendo que sí aunque no queramos.

¿Y si me pierdo algo?

También nos afecta el famoso FOMO ('Fear of Missing Out'), ese miedo a perderse algo que quizá no vuelva a ocurrir. Una sensación bastante absurda si se piensa en frío, porque planes habrá más, pero a la que es difícil sustraerse cuando llega el mensaje de «última oportunidad» o sabemos que estarán todos. Además, hay grupos que alimentan esa dinámica. No acudir puede significar perderse la conversación posterior, las bromas internas...

Y aparece la culpa. «Muchas veces vamos a decidir según cómo anticipamos que nos vamos a sentir después», señala. Si pensamos que nuestra amiga se quedará sin plan, que estamos dejando tirado a alguien o que quizá la próxima vez no nos llamen, el malestar pesa más que las ganas reales de descansar. Así que vamos. Sonreímos. Pedimos algo de beber. Y a mitad de la cena estamos deseando estar en casa.

Quizá aprovechar el verano sea algo mucho más sencillo de lo que nos hemos acostumbrado a pensar. García de Cortázar anima a parar y a escuchar qué necesitamos. Una tarde de sofá, una siesta, apagar el móvil o decir que no a un plan también es un plan. El verano no tiene por qué ser una competición para demostrar quién se lo pasa mejor.

Aprender a decir no

El músculo del no también se entrena. El psicólogo David Sojo considera que muchas personas tienen miedo al conflicto y han aprendido a evitarlo diciendo sí a todo, pero insiste en que esa respuesta puede desaprenderse. Su recomendación es empezar poco a poco: primero decir que no con una explicación, después hacerlo sin justificar demasiado y, finalmente, asumir que el «no me apetece» también puede ser una razón. «A medida que te das cuenta de que no cambia nada en tu vida ni pasa nada, la angustia pierde fuerza», explica. García de Cortázar plantea los límites como una forma de cuidarse. «No es por castigarte a ti, es por cuidarme a mí», resume. La clave está en que nos preguntemos qué necesitamos realmente antes de aceptar otro plan. El objetivo no es convertirse en un ermitaño de agosto ni mirar con desprecio a quien propone una barbacoa. Se trata de que el sí vuelva a significar que queremos ir.

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Fuente original: Leer en Diario Sur - Ultima hora
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