Sancho de Londoño, ya en el siglo XVI, decía que empezar la guerra depende de quien la quiera hacer, pero no suele estar en su mano acabarla
Regala esta noticia 05/05/2026 a las 02:00h.Ahora que la guerra vuelve a ser el método preferido para dirimir los problemas internacionales, no está de más echar un vistazo a la historia ... reciente de las confrontaciones bélicas, con vistas a extraer de ella algunas enseñanzas que nos ayuden a afrontar este siglo de conflicto de manera menos atolondrada y, si es posible, a evitar la repetición de los errores pasados.
Uno de los hechos que más llaman la atención a lo largo del relato, e invitan al lector a una mirada no exenta de amargura sobre la condición humana, es que las distintas revoluciones que se han ido encadenando han tenido traslación inmediata a la forma de combatirnos: la revolución liberal trajo la novedad del servicio militar; la revolución nacional, al pueblo en armas y las guerras de aniquilación; y la revolución industrial, la mejora dramática de los medios letales y la aparición de invenciones, desde la máquina de vapor hasta el ferrocarril, que en seguida conocieron, además de sus utilidades civiles, el empleo bélico.
Ya que el de guerrear entre nosotros parece ser un impulso del que no logramos desembarazarnos, resulta aconsejable no echar en saco roto las advertencias de quienes en otro tiempo estudiaron el fenómeno y teorizaron sobre él. Quizá sea el más célebre de todos ellos el prusiano Carl von Clausewitz, que no sólo dejó escrito que la guerra es continuación de la política por otros medios; también avisó sobre el impacto que el azar y las contingencias tienen en las contiendas, aunque rara vez los que las desencadenan se paren a considerarlo como deberían.
De especial interés son los tratadistas militares españoles, mucho menos conocidos, que Puell recupera en sus páginas, como Sancho de Londoño, que sobre la guerra ofensiva advierte, ya en el siglo XVI, que empezarla sólo depende de quien la quiere hacer, pero «no suele estar en su mano acabarla». O como el marqués de Santa Cruz del Marcenado, que en el siglo XVIII nos hace notar que la finalidad principal de la guerra es recuperar la paz previa al conflicto. Ojalá los belicosos de hoy prestaran oído al sentido común de estos hombres, que nos ilustran desde el escarmiento de la experiencia.
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