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Regreso a Chernóbil 40 años después: la Generación Z de Ucrania se aleja del drama nuclear por la invasión de Putin

Regreso a Chernóbil 40 años después: la Generación Z de Ucrania se aleja del drama nuclear por la invasión de Putin
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En la memoria de los ucranianos más jóvenes la guerra ha terminado de desplazar el recuerdo colectivo que se tenía en el país del peor accidente nuclear de la historia. Más información: Comandante Aquiles, el pionero de los drones en Ucrania: "Si la Rusia de Putin sobrevive, la guerra llegará a Europa"
Europa Regreso a Chernóbil 40 años después: la Generación Z de Ucrania se aleja del drama nuclear por la invasión de Putin

En la memoria de los ucranianos más jóvenes la guerra ha terminado de desplazar el recuerdo colectivo que se tenía en el país del peor accidente nuclear de la historia.

Más información:Comandante Aquiles, el pionero de los drones en Ucrania: "Si la Rusia de Putin sobrevive, la guerra llegará a Europa"

Kramatorsk (Ucrania) Publicada 25 abril 2026 02:33h Las claves

Las claves Generado con IA

Mikita no fue consciente de la magnitud de la catástrofe de Chernóbil hasta 2021, cuando vio una exposición multimedia que se había instalado en Kiev con motivo del 35 aniversario. El accidente nuclear más grave de la historia se produjo en su país, Ucrania, pero como la mayoría de los veinteañeros ucranianos, Mikita lo sentía como algo demasiado lejano.

Son la generación que más información tiene al alcance de su mano sobre el accidente de Chernóbil; mucha más de la que tuvieron sus padres o abuelos en el momento en que el reactor número 4 de la central explotó, y la radiactividad empezó a comerse la vida de todo lo que había alrededor.

A la generación Z le basta hacer una pregunta a Chat GPT para poder leer en la pantalla de su teléfono móvil todo lo relacionado con el tema, y además, en cuestión de segundos. Sin embargo, en Ucrania la Gen Z es también la primera generación que está olvidando Chernóbil, o al menos, que no considera la catástrofe nuclear como parte de su identidad.

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Ellos han tenido que lidiar con otro suceso que les ha atravesado desde una edad muy temprana: la invasión rusa de su país. Un conflicto armado que primero puso sus vidas en pausa, y que después de cuatro años las ha cambiado para siempre. La guerra será el trauma generacional que les defina como individuos, como Chernóbil lo fue para sus padres o abuelos.

Niños de Chernóbil

Hay que recorrer casi 500 kilómetros desde Chernivtsí, la ciudad natal de Mikita, para llegar hasta el pueblo de Ivankiv. Situado a 65 kilómetros de la central de Chernóbil, en Ivankiv la historia del accidente nuclear está más presente que en otras regiones del país.

Faina tiene 19 años y asegura que conoce los hechos desde muy pequeña. “Creo que en la guardería ya nos empezaban a hablar sobre aquello, y después en el colegio nos lo contaban con mucho detalle. Lo que pasó, quiénes fueron los primeros en saberlo, cómo se reaccionó”, enumera.

“Nos contaron que la gente tuvo que huir muy rápido de sus casas, dejando atrás todas sus cosas. Que todos estaban muy asustados y que no conocían toda la información en los primeros momentos. A la gente que vivía en Pripyat –la ciudad donde estaba la central– les aseguraron que sólo tenían que abandonar sus casas por un tiempo, pero ninguno volvió por las consecuencias de la radiación”, recuerda la joven.

“Cuando yo nací se suponía que no había niveles peligrosos de radiación en Ivankiv, pero a pesar de lo que decían, la tierra donde plantábamos vegetales y los ríos donde nos bañábamos en verano seguían contaminados”, asegura Faina. “Por eso recomendaban a la gente que se fueran a otros lugares al menos durante unos meses al año”.

Esa recomendación a la que hace referencia Faina iba dirigida especialmente a los niños, tanto a los que vivían en la región de Chernóbil, como a los que habían nacido en la región de Kiev. El objetivo era alejarlos de esos restos de contaminación al menos durante el verano, para prevenir problemas de salud.

Para hacerlo posible se implantó una red de programas nacionales e internacionales “de descanso y recuperación”, que facilitaban que esos menores pasaran los meses de verano con familias de otros países. Francia, Italia, Austria, Dinamarca, España… fueron más de una docena los que participaron en la iniciativa.

Estos programas estuvieron activos más de 25 años, desde finales de los ochenta hasta mediados de la década de 2010. Y los niños que vacacionaban con las familias de acogida, año tras año, pasaron a conocerse popularmente como “niños de Chernóbil”.

Faina y su hermano Ruslan en una fotografía familiar, tomada cuando eran niños, en su ciudad Ivankív (a 65 kilómetros de la central de Chernóbil). María Senovilla

Ivankiv, el pueblo que habla español

”En mi casa no se hablaba de Chernóbil cuando yo era pequeña, lo explicaban principalmente en la escuela”, cuenta Luda, que también nació en Ivankiv y ahora tiene 23 años. “La única historia que recuerdo es la que me contó mi abuelo sobre el día que explotó el reactor”, prosigue.

“Él me dijo que en un primer momento no hablaron de lo sucedido en las noticias, ni se avisó tampoco a la gente que vivía cerca; pero mi abuelo tenía un amigo que trabajaba en la central y fue él quien le llamó para decirle que se fuera lejos. Entonces cogió a mi abuela y a mí madre, que por aquel entonces tenía 1 año, y condujo durante dos días para poner a salvo a sus mujercitas".

Cuenta la historia en un perfecto español, que aprendió en el País Vasco, como muchos otros niños de Ivankiv que hoy son parte de esa Generación Z y que fueron acogidos por familias españolas.

Los liquidadores

Ruslan es el hermano mayor de Faina. Tiene 26 años y reconoce que, al haber nacido en una región directamente afectada por el accidente nuclear, es imposible no saber la historia de Chernóbil. Pero lo cierto es que a su familia aquella catástrofe le toco más de cerca: el hermano de su abuelo fue uno de los que apagó el incendio tras la explosión del reactor.

Aquella catástrofe no se gestionó tan rápido como cabía esperar: se tardó horas en actuar y en dar la orden de evacuar. Nadie se atrevía a hacer nada hasta que no llegara la delegación del Gobierno, desde Moscú, que daba las órdenes.

Luda en los brazos de su abuela, que vivía a 65 kilómetros de Chernóbil cuando se produjo el accidente nuclear.

Cuando por fin se empezó a desalojar a la gente de las zonas afectadas, hubo que pensar cómo contener el vertido de residuos lo antes posible.

Todos conocemos el resultado: un sarcófago gigante de hormigón cubrió los restos del reactor, conteniendo la radiactividad. Pero antes hubo que retirar una gran cantidad de escombros contaminados que se habían esparcido con la explosión.

Se intentó usar robots para esa tarea, pero se estropearon casi de inmediato por la cantidad de radiactividad. Así que no quedó más remedio que utilizar personas, como el tío abuelo de Ruslan

Cientos de miles de personas que desconocían que, en muchos casos, estaban asumiendo una sentencia de muerte. Se les llamó " liquidadores", y eran trabajadores de la central, bomberos, mineros y militares. Muchos militares.

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"El hermano de mi abuelo se llamaba Sasha y era militar. Vinieron soldados regulares de muchas partes de la Unión Soviética, en total hubo más de 600.000 personas trabajando en la zona, porque sólo podían permanecer un par de minutos, y cuando salían unos tenían que entrar otros frescos", relata Ruslan.

Sasha tuvo suerte –dentro de lo que cabe– porque vivió hasta una edad avanzada. Pero su calidad de vida se vio deteriorada por diversas enfermedades relacionadas con la exposición a la radiactividad. Una situación familiar que hizo que Ruslan se interesara aún más por lo que sucedió aquel 26 de abril de 1986

Vivir Chernóbil en un videojuego

“En realidad nuestra generación sabe más sobre lo que sucedió en Chernóbil que la generación de nuestros padres, porque tenemos internet. Y en el caso de las personas que vivimos en la región, creo que todos nos hemos interesado por el tema en algún momento de nuestras vidas y hemos indagado al respecto”, asegura Ruslan.

Ruslan en una foto que le tomaron de niño, cuando vivía en Ivankiv.

“Incluso hay chicos de otros países que ahora están mostrando interés, y la prueba de ello es lo popular que se ha vuelto el videojuego ucraniano Stalker. Está ambientado en Chernóbil, con un nivel de detalle que hace que automáticamente quieras saber más sobre lo que ocurrió allí”, añade, haciendo referencia a un juego online que tiene una legión de adeptos dentro y fuera de Ucrania

“Yo creo que ni siquiera es una cuestión de tener más o menos interés en lo que sucedió por el hecho de ser de la región –explica Luda, sobre la actitud de otros jóvenes de su generación–, lo que sucede es que a nosotros nos han repetido tantas veces que somos ‘niños de Chernóbil’ que lo hemos normalizado sin profundizar en las consecuencias”.

“Yo veo Chernóbil como algo que pasó hace mucho, pero ahora siendo adulta entiendo que para una catástrofe de ese tipo en realidad ha pasado muy poco tiempo para considerar que está superado”, concluye Faina.

“En la escuela nos hablaban mucho de Chernóbil, pero nosotros asumíamos ese conocimiento como si estuviera en un segundo plano, como algo que no nos afectaba directamente”, dice Mikita. En el caso de los jóvenes que, como él, crecieron a la otra punta del país “es algo que conoces, pero en lo que no piensas habitualmente. Nuestra generación ya no tiene Chernóbil tan presente”.

Luda durante uno de los veranos que pasó en España, en el contexto de los programas de descanso para los llamados niños de Chernóbil.

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