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Regreso a Fukushima, 15 años tras el tsunami: entre el renacer económico mediante la energía limpia y los 'pueblos fantasma'

Regreso a Fukushima, 15 años tras el tsunami: entre el renacer económico mediante la energía limpia y los 'pueblos fantasma'
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Japón ha convertido la región devastada por el tsunami de 2011 en un polo de hidrógeno, robótica e innovación tecnológica, mientras miles de evacuados siguen sin regresar. Más información: Así degustó pescado el primer ministro de Japón para atenuar la polémica del vertido nuclear

Un trabajador con un traje y una mascarilla protectora pasa junto al muro del edificio del reactor número 3 de Fukushima. Issei Kato Reuters

Asia Regreso a Fukushima, 15 años tras el tsunami: entre el renacer económico mediante la energía limpia y los 'pueblos fantasma'

Japón ha convertido la región devastada por el tsunami de 2011 en un polo de hidrógeno, robótica e innovación tecnológica, mientras miles de evacuados siguen sin regresar.

Más información:Así degustó pescado el primer ministro de Japón para atenuar la polémica del vertido nuclear

Tokio Publicada 4 abril 2026 03:04h

Las claves nuevo Generado con IA

Quince años después del terremoto, el tsunami y la crisis nuclear que sacudieron el noreste de Japón el 11 de marzo de 2011, la prefectura de Fukushima se ha convertido en uno de los mayores laboratorios de innovaciónenergética y tecnológica del país.

Hidrógeno, robótica, energías renovables y centros de investigación forman hoy parte de la estrategia con la que Japón intenta transformar una de las mayores catástrofes de su historia reciente en un proyecto de futuro económico y tecnológico.

Sin embargo, mientras la reconstrucción avanza y las infraestructuras se multiplican, el regreso de la población sigue siendo mucho más lento.

A primera hora de la mañana, el Michi-no-Eki de Namie abre sus puertas como cualquier otra área de servicio rural en Japón.

Tiendas de productos locales, un pequeño restaurante y paneles informativos reciben a los visitantes que recorren la costa de la prefectura.

Todo transmite normalidad.

Pero basta mirar más allá del aparcamiento para entender que Namie no es un pueblo cualquiera: durante más de una década permaneció completamente vacío dentro de la zona de evacuación de la central nuclear de Fukushima Daiichi.

Operarios decomisan material de la planta de Fukushima Daiichi. REUTERS/Issei Kato

La historia de ese vacío comenzó el 11 de marzo de 2011.

A las 14:46 horas, un terremoto de magnitud 9 con epicentro frente a la costa de Sendai desencadenó uno de los mayores desastres naturales en la historia reciente del país.

El seísmo generó un tsunami de más de 15 metros que arrasó pueblos enteros, provocó cerca de 19.000 muertes y desencadenó una crisis nuclear en la planta de Daiichi que obligó a evacuar a más de 160.000 personas en los meses siguientes.

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El tsunami no solo devastó la costa.

Al inundar los generadores de emergencia de la central nuclear, dejó sin refrigeración a varios reactores y convirtió la planta en una crisis tecnológica sin precedentes para Japón.

En los días siguientes se produjeron explosiones de hidrógeno y la liberación de material radiactivo a la atmósfera.

Lo que había comenzado como un desastre natural se transformó en una emergencia nuclear que obligó a las autoridades a tomar decisiones inéditas en tiempo real.

La evacuación fue tan rápida como traumática.

En un radio inicial de 20 kilómetros alrededor de la central, decenas de miles de personas recibieron la orden de abandonar sus hogares de forma inmediata.

En el primer año tras el accidente más de 160.000 residentes fueron desplazados, muchos sin saber cuándo —o si alguna vez— podrían regresar.

Utilizando un contador Geiger en la planta de Fukushima Daiichi. REUTERS/Issei Kato

Pueblos enteros quedaron vacíos de un día para otro, con casas, escuelas y comercios cerrados a toda prisa, congelando una vida cotidiana que en algunos casos nunca ha vuelto a reanudarse.

Uno de los testimonios más reveladores de aquel momento es la escuela primaria de Ukedo, en el municipio de Namie.

El 11 de marzo de 2011, alumnos y profesores evacuaron el edificio en menos de diez minutos tras sentir el temblor y ver aproximarse el tsunami, siguiendo los protocolos aprendidos en los simulacros.

Gracias a esa reacción todos sobrevivieron.

Hoy el edificio permanece prácticamente intacto y convertido en un museo: aulas vacías, relojes detenidos y libros abiertos recuerdan el instante en que la vida cotidiana se interrumpió de forma abrupta.

Tras la evacuación comenzó un proceso de descontaminación sin precedentes en Japón.

Durante años, brigadas especializadas retiraron capas de tierra, vegetación y escombros contaminados que fueron almacenados provisionalmente en millones de sacos negros repartidos por toda la región de Hamadori.

A esa limpieza física se sumó una compleja labor de medición radiológica, zonificación y reapertura gradual de áreas consideradas seguras, un proceso que permitió levantar progresivamente las órdenes de evacuación aunque con resultados desiguales en términos de retorno de población.

Con el paso del tiempo, el Gobierno japonés llegó a la conclusión de que la reconstrucción no podía limitarse a restaurar lo perdido.

La estrategia pasó a consistir en transformar la prefectura en un polo de innovación energética y tecnológica capaz de atraer inversión, empresas y nuevos residentes.

Esa apuesta se materializa hoy en proyectos como el Instituto de Investigación, Educación e Innovación de Fukushima (F-REI), creado en 2023 para impulsar investigación en ámbitos como robótica, energía, agricultura avanzada, ciencias de la radiación y gestión de desastres.

La transición energética se ha convertido en uno de los ejes más visibles de esta transformación.

En la localidad de Namie, las autoridades locales promueven proyectos piloto para construir una sociedad basada en el hidrógeno, integrando producción, almacenamiento y uso de esta energía limpia en la vida cotidiana.

Uno de los símbolos de esa estrategia es la planta experimental de hidrógeno de Fukushima, una de las mayores instalaciones del mundo dedicadas a producir hidrógeno a partir de energías renovables.

Operaciones de desmontaje en la planta de Fukushima Daiichi. REUTERS/Issei Kato

Pero la transformación tecnológica de la prefectura no se limita al sector energético.

En la ciudad de Minamisōma, el Campo de Pruebas de Robots de Fukushima recrea carreteras, edificios y zonas de desastre para probar drones, robots terrestres y sistemas autónomos diseñados para tareas de rescate, inspección de infraestructuras o logística.

La instalación se ha convertido en uno de los centros de referencia de Japón para el desarrollo de tecnologías aplicadas a la gestión de emergencias y a la automatización industrial.

La reconstrucción también busca atraer actividad económica y nuevos proyectos empresariales.

En Ōkuma, uno de los municipios que alberga parte de la central nuclear, un centro de incubación apoya a startups interesadas en instalarse en la región con iniciativas vinculadas a la energía, la sostenibilidad o la innovación tecnológica.

La idea es crear un nuevo tejido económico capaz de ofrecer empleo cualificado y dar razones para vivir y trabajar en una zona que durante años fue sinónimo de evacuación y contaminación.

Junto a estos proyectos de futuro, la memoria del desastre sigue muy presente.

El Museo Conmemorativo del Gran Terremoto del Este de Japón y el Desastre Nuclear, situado en la costa, documenta los acontecimientos del 11 de marzo de 2011 y sus consecuencias sociales y políticas.

Su objetivo es preservar el recuerdo de la catástrofe mientras la región intenta reconstruir su identidad entre la innovación tecnológica y las cicatrices que aún deja la evacuación.

Así degustó pescado el primer ministro de Japón para atenuar la polémica del vertido nuclear

Quince años después del desastre, Fukushima es hoy un territorio en tensión entre la innovación y la ausencia.

Las infraestructuras están reconstruidas, los centros de investigación avanzan y el discurso oficial habla de revitalización.

Sin embargo, el regreso de la población sigue siendo limitado. En algunos municipios de la región de Sōsō, el retorno apenas alcanza una quinta parte de los residentes que vivían allí antes de 2011, lo que dificulta recuperar una vida comunitaria estable.

Las autoridades japonesas sostienen que la recuperación no puede medirse únicamente en cifras de retorno inmediato.

La estrategia consiste en sentar las bases de un nuevo modelo económico basado en la investigación, la energía y la tecnología avanzada, capaz de atraer inversión y empleo cualificado a largo plazo.

Pero el desafío no es solo económico: volver a Fukushima sigue siendo, para muchos antiguos residentes, una decisión profundamente personal marcada por la memoria del accidente.

Los reactores 3 y 4 de la central nuclear de Fukushima Daiichi. REUTERS/Issei Kato

Ese contraste se percibe con claridad en lugares como Namie.

El Michi-no-Eki que hoy recibe visitantes, vende productos locales y presenta proyectos de futuro se levanta en un municipio que durante años permaneció completamente vacío.

Fukushima avanza, pero lo hace a dos velocidades: la de las infraestructuras y la tecnología, y la mucho más lenta del regreso de la vida cotidiana.

Reconstruir carreteras, centros de investigación o plantas de hidrógeno ha sido posible en pocos años; reconstruir la confianza necesaria para volver a casa está resultando mucho más difícil.

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