Animales de compañía
Retirarse a tiempo Regala esta noticia Añádenos en GoogleJuan Manuel De Prada
11/09/2026 a las 11:44h.Resultan desgarradoras las derrotas últimas de Novak Djokovic, uno de los más grandes deportistas de nuestra época, enfrentado a tenistas de medio pelo, indignos de ... desatar la correa de sus sandalias, que sin embargo acaban doblegándolo, porque el serbio –a punto de cumplir los cuarenta años– ya no tiene fuelle para aguantar el ritmo de los partidos. ¿Por qué un hombre que ha ganado más torneos que nadie, que ha derrotado a los mejores rivales de tres generaciones distintas, que ha sido campeón innumerable y establecido récords imbatibles se obstina en alargar este último coletazo de su carrera con derrotas acompañadas de vómitos y vahídos, calambres y dolores que le hacen poner el grito en el cielo? Hay, desde luego, mucha grandeza en su sufrimiento; pero me temo que también mucha ofuscación y cabezonería. Está luchando contra el tiempo; y esa lucha siempre resulta estéril.
¡Es tan costoso discernir el momento en que se inicia la propia decadencia y aprovecharlo para una honrosa retirada!
Son innumerables los escritores y pensadores ancianos que siguen al pie del cañón, desafiando el invierno; y no son pocos los que mueren empuñando la pluma. Sin embargo, la vejez impone, incluso a los escritores más fértiles, una suerte de freno en su trabajo; aunque no los 'retire' en el sentido vulgar de la palabra, los obliga a espaciar los libros (o a rebajar la ambición de los mismos), a abandonar o reducir la colaboración periodística, a no prodigarse tanto, en fin. Y no siempre porque fallen o declinen estrepitosamente las facultades intelectuales, sino porque los alifafes propios de la edad aconsejan (o exigen) bajar el pistón de la producción. No se cavan zanjas con el mismo brío cuando se padece reuma o arteriosclerosis; pero tampoco se escribe con la misma facilidad. Desde luego, el escritor anciano podrá todavía brindar a sus lectores páginas magistrales; pero será a costa de que sean también más escasas y quintaesenciadas. Y todo ello mientras los jóvenes pujantes y los maduros todavía sin goteras escriben facilísimamente, como quien mea.
¿Dónde se halla el secreto de saber retirarnos a tiempo, o siquiera de ir recortando nuestra actividad y asumiendo papeles secundarios? Retirarnos cuando la vida todavía nos exige deberes y nos reclama esfuerzos constituye una cobarde deserción; pero insistir en estériles aventuras y empeños contumaces que ya no podemos acometer en plenitud es necedad y soberbia. Recoger velas a tiempo, renunciar ascéticamente a aquello que ha sido nuestra vocación más amada puede ser el cáliz más amargo; pero a veces, cuando el amargor se desvanece, parece como si paladeásemos una dulzura secreta. La felicidad más plena no se halla –como a veces nuestra ansiedad quiere hacernos creer– en apurar ilimitadamente nuestros recursos, incluso cuando ya están exhaustos; la felicidad más plena nace de aceptar nuestras limitaciones, llegando incluso a amarlas. La retirada sabia y tempestiva de ciertas actividades que requieren capacidades y potencias ligadas a la juventud, no significa, ni mucho menos, una liquidación general de la vida, sino más bien un acto de cordura que la puede tornar mucho más intensa, desde el punto de vista espiritual. ¡Pero es tan difícil renunciar al aplauso mundano, al halago y la celebración, a nuestro afán por estar en el machito! ¡Es tan costoso discernir el momento en que se inicia la propia decadencia y aprovecharlo para una honrosa retirada! Sin embargo, en ese discernimiento se halla la más alta sabiduría. Hay un momento en la vida en que no conviene dejar que se apague el fuego en el atrio de la casa, para que todos nos vean tiritar de frío; mucho mejor es llevarse el fuego declinante al interior del hogar, antes de que se haya apagado del todo, para que sus rescoldos nos sigan calentando.
Como dijo don Quijote, con exhausta y amorosa melancolía: «Señores, vámonos poco a poco, pues ya en los nidos de antaño no hay pájaros hogaño». Y es verdad que no hay pájaros, pero en el nido abandonado pueden haber crecido flores, o haber tejido allí los gusanos la crisálida que los convierta en mariposas.
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