Rosalía, en el primero de sus conciertos en Madrid. EUROPA PRESS
Música Rosalía conquista Madrid con sus mil caras: de la mística a la rave, de la ópera a la saetaLa cantante demostró sus dotes vocales y su amor por la ciudad en el primero de los cuatro conciertos de su gira 'LUX' en el Movistar Arena.
Más información:La gira 'Lux' de Rosalía en España, entre la polémica y la incertidumbre: las claves de su "ópera" pop
Fernando Díaz de Quijano Publicada 30 marzo 2026 23:27h Actualizada 30 marzo 2026 23:40hFue una bailarina de Degas en una cajita de muñecas, fue el macho cabrío en el aquelarre de Goya, fue la Gioconda, fue una cantante de saetas envuelta en incienso, la jefa de una rave en Berlín, la reina despechá del electrolatino y, por supuesto, la mística entregada a Dios de LUX.
Se metió en el bolsillo al público —heterogéneo como corresponde a su estatus de diva transversal— con su simpatía, su aparente ingenuidad que de súbito se transformaba en picardía, con un espontáneo llanto al agradecer lo mucho que le debía a Madrid y cuánto había crecido como artista desde que venía a la capital hace una década para cantar en Casa Patas, y cómo no, con su espectacular voz, indiscutiblemente una de las mejores voces del mundo en el panorama de la música popular contemporánea.
Atrás quedó la incertidumbre por la intoxicación alimentaria que la obligó a cancelar a la mitad su último concierto, la pasada semana en Milán, cuando a las 20:51 apareció en escena la gran caja blanca de madera de la que fue extraída, con tutú y zapatillas de ballet, como si fuera la bailarina de una cajita de muñecas, Rosalía Vila Tobella. Y el público, que había dado algunas muestras de impaciencia minutos antes, enloqueció.
Rosalía suspende su concierto en Milán por una intoxicación alimentariaLa acompañaban, desde una plataforma en el centro de la pista, una veintena de músicos de la Heritage Orchestra y varios músicos y coristas flamencos, dirigidos todos ellos por la cubana Yudania Gómez Heredia.
El sonido, digámoslo ya, fue mucho mejor que la media en los conciertos del Movistar Arena, pero tan afilado y atronador que hacía daño a los oídos, al menos desde nuestra posición en la grada.
La puesta en escena era minimalista: una luna llena lorquiana al fondo, dos estructuras escalonadas a los lados y poco más. Su espectáculo, concebido como una ópera pop, se inspira en el género lírico hasta en la forma semicircular del proscenio y la inclusión de sobretítulos, algo especialmente útil para seguir las letras de un disco cantado en 14 idiomas.
Crítica de 'Lux': Rosalía se eleva como icono mundial con una monumental Torre de Babel popEl elemento escenográfico más destacado fue el botafumeiro gigante que apareció en medio de la pista, penduleando y lanzando humo y luces estroboscópicas a diestra y siniestra del Movistar Arena. Así dejaba claro Rosalía, por si alguien aún no lo había pillado, que su religiosidad no va de ir a misa los domingos, sino de sudar a Dios en la pista de baile.
Arrancó la velada como el disco: con Sexo, violencia y llantas seguida de Reliquia. Los bailarines la transportaron rígida, como la muñeca que en ese momento era, al frente del escenario. Acometió Porcelana, nada porcelánica si entendemos este material como sinónimo de fragilidad, ya que la canción sonó especialmente poderosa y oscura, con un buen trabajo coreográfico detrás.
Durante la primera parte del show se atrevió a ejecutar movimientos de ballet con relativa soltura —al menos para el ojo no entrenado en esta disciplina— e incluso se paseó en puntas por el escenario sin aparente esfuerzo.
“He estado un poco delicadilla de salud, pero ya estoy mucho mejor”, dijo con esa naturalidad que se gasta, antes de cambiar el tutú por el velo y comenzar Mio Cristo Piange Diamanti, la canción que desató la polémica en un concierto anterior por un supuesto uso del playback —o lip sync, como se dice ahora—.
Es cierto que al final de la canción Rosalía quedó completamente en penumbra justo en el momento de la nota final y más aguda de la canción, por lo que es imposible saber si hubo playback o no justo en esa nota, pero el resto de la canción es lo suficientemente difícil y la ejecutó de una manera tan perfecta que cuesta creer que necesite hacer esa trampa y, en caso de hacerlo, no importa demasiado.
Fue evidente, no obstante, cómo evitó las partes más agudas de Dios es un stalker —con el clásico truco de dejar que cante el público—, interpretada hacia el final del concierto, algo comprensible en un espectáculo que exige bailar y moverse sin parar, dentro y fuera del escenario, durante más de hora y media.
Otra de las críticas que ha recibido la gira de LUX es la mezcla de las canciones de este nuevo disco tan conceptual, solemne y místico, con las del mucho más frívolo Motomami, pero es evidente que tenía que introducir otros temas de su repertorio anterior para llenar el espectáculo. Supo introducirlas en el momento adecuado, y algunas de ellas con nuevos arreglos aprovechando que la acompañaba una orquesta. La cosa se puso sandunguera, con estas canciones antiguas, en dos tandas: una con Saoko, La fama y La combi Versace; y otra más hacia el final con Bizcochito y Despechá. El público, en cualquier caso, las recibió con entusiasmo.
El momentazo de la noche lo protagonizó Eugenia, una espectadora. La cantante acababa de decir que ella no tenía muchos vicios, solo una copita de vino blanco de vez en cuando (antes de cantar Sauvignon Blanc). De charla con el público, le preguntó el nombre a la mujer y ella aprovechó para preguntarle: “¿Sabes por qué no tienes vicios? ¡Porque el vicio eres tú!”, con un desparpajo que dejó a la catalana boquiabierta.
No solo hubo guiños a Degas y a Goya, también a la Gioconda: la cantante encarnó el cuadro rodeada por un marco mientras interpretaba el clásico Can’t Take My Eyes Off Of You, y también un guiño final a El cisne negro de Aronofsky, desapareciendo al dejarse caer desde una plataforma.
Regresó para el bis, que no podía ser otro que Magnolias, el precioso réquiem en el que Rosalía imagina su propia muerte. Y el público se quedó allí plantado unos minutos más, como esperando un milagro, una nueva aparición rosaliana o simplemente una reliquia que llevarse a casa.