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Gabriel Rufián, durante una intervención en el Congreso. Chema Moya (Efe)Viernes, 13 de febrero 2026, 00:01
... meterse bajo la epidermis del personaje. Transmutarse y ser carne de su carne. Niño mimado y espontáneo de Esquerra Republicana, encontró dentro del partido unos padrinos adecuados que lo hicieron saltarse salas de espera, bambalinas en las campañas electorales y ronda de pasillos reservadas para el común de los afiliados. Apareció como amenaza para España. Perdón, para el Estado español. El que robaba sin antifaz a los sufridos catalanes. El independentismo como destino, la rebeldía como seña de identidad.Pero he aquí que el muchacho abandonó la guerra contra el mundo, comenzó a ascender dentro del escalafón de su partido y en el conocimiento popular. Dejó de transportar bártulos a la tribuna. Fue arrumbando las camisetas contestatarias en el fondo de los cajones. Madrid molaba. La tele molaba. La fama. Se hizo de una chaqueta primero, de corbatas finas después. Empezó a reconocer algunos de sus pecados, de sus ímpetus juveniles. El chico malote abandonó la jungla. Descubrió que la política también podía tener otras maneras sin caer en las de las madres ursulinas. Más sosegadas, apelando más a las neuronas que a las vísceras, aunque sin olvidar nunca el extrarradio como programa político. Le empezaron a preocupar los desarrapados no solo de Manresa y Sabadell sino también los de Logroño y Algeciras. Orador brillante, domador de los tiempos y los espacios. Listo como el hambre. Ahora quiere aglutinar a la izquierda a su alrededor. Seguir siendo independentista, pero ya razonable, acomodado ante la contundencia de la realidad. Recuperar aquel impulso del ya viejo y desvencijado Podemos. Sin la coleta ni el látigo de Iglesias. Con esa mano izquierda que da el barrio y de cuya ciencia no se imparten clases en las aulas universitarias. En su partido está bajo sospecha. En la calle, sin embargo, ya es Rufián.
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