La crisis de Ceuta acelera el desgaste del Gobierno mientras el presidente busca oxígeno en el tablero territorial y en la batalla europea contra la ultraderecha
Regala esta noticia Añádenos en Google El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, ante el Congreso. (EP)Alberto Surio
06/09/2026 a las 00:05h.La crisis de Ceuta ha hecho algo más que poner a prueba la capacidad de respuesta del Gobierno. Ha actuado como catalizador de una sensación ... que empieza a extenderse incluso entre sectores que hasta ahora habían defendido a Pedro Sánchez: la sensación de que el ciclo político se agota y de que el presidente comienza a caminar sobre un terreno cada vez más incierto.
Sánchez se ha quedado solo. Y cuando un presidente empieza a quedarse solo, la aritmética parlamentaria deja de ser suficiente para garantizar la estabilidad política. Por eso, el intento de aprobar los Presupuestos puede acabar convirtiéndose en un brindis al sol destinado, sobre todo, a prolongar una legislatura que se resiste a morir. Quizá hasta marzo. Con mucho estiramiento del chicle, hasta julio. Pero cada semana adicional tendrá un precio político mayor si el Gobierno no consigue recuperar la iniciativa y, sobre todo, una cierta sensación de autoridad.
El presidente necesita tiempo. Y necesita también recomponer el tablero territorial. Ahí aparece una de sus principales bazas: el eventual regreso de Carles Puigdemont a España y la posibilidad de que ese acontecimiento contribuya a desactivar, siquiera parcialmente, la fibra emocional del agravio que alimenta a Junts. Sánchez sabe que el conflicto catalán no desaparecerá por decreto, pero también sabe que la política española necesita encontrar una salida al bucle territorial en el que lleva atrapada demasiados años. Su apuesta podría pasar, en una próxima legislatura, por una entente plurinacional con los nacionalistas vascos y catalanes que permita abrir una negociación sobre el modelo de Estado y rebajar la presión soberanista. Es una baza poderosa, pero también peligrosa. Porque la cuestión territorial no solo tensiona al independentismo: atraviesa al propio PSOE y puede abrir nuevas fracturas en su interior.
Sánchez juega además otra carta: Europa. Y aquí aparece una fecha que puede acabar teniendo una importancia política mucho mayor de la que ahora parece. El 4 de mayo, con la segunda vuelta de las elecciones presidenciales francesas, el debate español podría quedar conectado con la batalla ideológica que atraviesa Europa. Para Sánchez sería una oportunidad excepcional para presentarse como dique de contención frente al avance de la ultraderecha y situar la elección española en un escenario europeo de mayor alcance.
La estrategia tiene sus ventajas, pero también sus riesgos. El marco europeo puede movilizar a los propios, pero no sustituirá indefinidamente a una gestión convincente de los problemas nacionales. Y presentar cada elección como un plebiscito sobre la ultraderecha no basta cuando una parte del electorado reclama respuestas concretas, estabilidad y liderazgo.
El próximo curso político se presenta, por tanto, como una carrera de obstáculos. Sánchez necesita recuperar iniciativa, ordenar sus alianzas, contener las tensiones internas y llegar con posibilidades a unas elecciones que ya proyectan su sombra sobre toda la legislatura. Pero conviene desconfiar de los pronósticos definitivos. La política española ha demostrado demasiadas veces que lo que parece el final de un ciclo puede ser apenas el comienzo de una nueva mutación.
Sánchez está solo. Sí. Pero la soledad de hoy no garantiza la derrota de mañana. En política, nada está escrito hasta que las urnas hablan.
comentarios Reportar un error