Cómo deben estar las cosas para que Pedro Sánchez baje impuestos. La guerra en Irán se dirige a su primer mes y el miedo se ha colado en gobiernos, parlamentos y casas de todo el mundo. Las perspectivas son funestas y, aunque se quiera hacer un ejercicio de optimismo vital, es imposible no atender a la montaña de análisis que señalan que, aunque el conflicto terminara mañana mismo, el mundo ha entrado en una nueva era de inseguridad energética e incertidumbre económica de la que no va a salir ni fácil ni pronto.
Las medidas anunciadas tienen un precedente directo en la guerra de Ucrania y la gran inflación que provocó, aunque todos deberíamos tener claras las diferencias con aquel momento. En febrero de 2022, el salvaje ataque contra el pueblo ucraniano despertó una inédita ola de unidad y solidaridad en toda Europa. La inmensa mayoría de los europeos asumimos las consecuencias de aquel conflicto desde la resistencia a una agresión a nuestra identidad y nuestra libertad. Y también, y no es menos importante, desde un cierto remordimiento por no haber reaccionado a tiempo a las provocaciones de Putin, por haber seguido dependiendo de su gas y llenando su hucha con nuestras necesidades energéticas, y por haber ignorado la necesidad de aumentar nuestro gasto militar. Nada de esto se produce ahora. Europa está confusa y dividida, y el nuevo crash energético nos cae encima como una maldición no buscada.
En esta situación, las consecuencias sociales y políticas son una incógnita y nuestro Sánchez lo sabe mejor que nadie. Las bajadas lineales de impuestos que ha aprobado son tan poco de izquierdas como potencialmente populares entre una población que llega a esta crisis ya deprimida por los precios de la vivienda, los salarios precarios, el deterioro de los servicios públicos y la decadencia de las infraestructuras. Se perciben nervios en el Gobierno y el sainete de ministros negándose a entrar en la reunión del Consejo como si se tratara de una turbia comunidad de vecinos es una muestra más de ello. La confirmación de la estafa democrática que supone estar toda una legislatura sin ni siquiera presentar presupuestos es otra.
Mañana se celebran elecciones en Dinamarca, anticipadas por la primera ministra socialdemócrata, Mette Frederiksen, en el fragor de la amenaza de Trump contra Groenlandia. El suyo es uno de los únicos cuatro gobiernos de izquierdas en la UE y no hay ojos suficientes en La Moncloa para fijarse en lo que pase allí. Hace apenas unos meses, Frederiksen estaba hundida en los sondeos por debajo del 20% y su partido había perdido por primera vez en un siglo la alcaldía de Copenhague. Sin embargo, la consternación nacional sufrida por la amenaza de Trump ha dado una nueva vida a los socialdemócratas, que mañana acuden a las urnas liderando con claras opciones de repetir gobierno.
No hay espacio suficiente en esta columna para recrearse en las diferencias entre Sánchez y su homóloga danesa, que van desde el gasto en Defensa que él esquiva y ella defiende, a la política de control de la inmigración que Sánchez desprecia y Frederiksen ejerce. Ni tampoco para remarcar el shock nacional que ha significado la crisis de Groenlandia en el que ha sido siempre el país europeo más proestadounidense. Lo importante, lo que puede compartir España con el espejo danés, es que la disrupción que supone el trumpismo abre un nuevo escenario para todos.
En este todos hay otro gran aludido en España, que es Vox. La derecha populista avanza con fuerza en Europa. Lo hará con probabilidad en Dinamarca mañana, es favorito para las presidenciales de Francia del año que viene y compite por el primer puesto en las encuestas en Alemania. Aquí, sin embargo, ha bastado un frenazo en su dinámica electoral en unos comicios autonómicos en Castilla y León para que le estallen todos sus fantasmas. Defensor acrítico de todo lo que hace Trump, los aspavientos de sus seguidores no pueden ocultar un reguero de purgas, rivalidades y acusaciones de chanchullos que dejan más dudas que respuestas. Aunque él no lo quiera, sobre Abascal recae ahora buena parte de la responsabilidad de la respuesta a este momento de incertidumbre económica y a la situación de bloqueo político nacional. Es lo que tiene sacar muchos votos, que luego tienes que saber qué hacer con ellos.