La confesión del delito por parte de Pujol en 2014 tuvo una lectura primaria de entusiasmo en Madrid y de preocupación en Barcelona: la caída del padre de la Cataluña nacionalista moderna iba a significar la inevitable muerte del procés. Hoy todos sabemos que no fue así. Aunque la verdadera preocupación -no confesada- entre las elites españolas fue que su inesperada inmolación pública y probable condena tuvieran un efecto de arrastre de fatales consecuencias sistémicas, ya que Pujol había sido una pieza fundamental en la Transición y el posterior desarrollo de un modelo autonómico que acumula luces democráticas y sombras de corrupción. Para el PP y el PSOE, con los pactos de CiU con González y Aznar, para La Zarzuela y la gran empresa, Pujol era uno de los suyos, una útil pieza de «consenso». De ahí que muchas de las decisiones judiciales y movimientos políticos en estos doce años han ido dirigidas a conseguir su exoneración y evitar que declarara en el tribunal.
De la importancia de la utilidad en política, como un valor de transacción y supervivencia -como la de Pujol-, saben mucho el nacionalismo vasco y catalán. Sus apoyos intermitentes a los presidentes de España se han basado en ese principio de utilidad que les ha permitido arrancar concesiones y conservar privilegios. De hecho, cuando González, Aznar, Zapatero o Rajoy dejaron de ser útiles al PNV y CiU les dejaron caer de una manera más o menos evidente. Un fatal destino que es inherente a todo aquel presidente que entrega su suerte a los nacionalistas, como es el caso de Sánchez.
Las advertencias que le están lanzando en las últimas semanas Junts y el PNV, señalando su soledad parlamentaria y el colapso de un proyecto que exige elecciones, indican que Sánchez ya no les resulta útil, incluso que se ha transformado en un elemento tóxico debido a la corrupción.
En este contexto de desconfianza, si los nacionalistas vascos y catalanes mantienen artificialmente a Sánchez en La Moncloa se debe a que consideran que sería aún más dañino electoralmente para ellos aparecer como los propiciadores de un gobierno de la derecha española.
Pero al margen de los cálculos y cábalas de Vitoria y Barcelona, la verdadera amenaza existencial para Sánchez -y para cualquier líder- pasa por la pérdida de confianza de los suyos, que la duda sobre su utilidad penetre en el PSOE y se extienda de tal manera que haya quien se ponga a pensar en posibles sustitutos que eviten una debacle electoral. Este sentimiento de desapego emergió brevemente y matizado en las filas socialistas cuando Sánchez escribió la carta de defensa de su mujer y se enclaustró para aparentar que sopesaba renunciar a su puesto.
Si bien la ruptura sentimental de una parte de los cuadros del PSOE con un Sánchez cada vez más bunkerizado en La Moncloa se dio de manera definitiva por la corrupción de Ábalos-Koldo-Cerdán, ante el riesgo de que el escándalo del sanchismo arrastre a alcaldes y líderes locales, y por el hundimiento en Aragón y Extremadura.
Desde entonces, cada vez hay más cargos territoriales que ven en Sánchez una amenaza letal para sus aspiraciones en las municipales y, lógicamente, desearían tenerlo bien lejos. Es aún una incipiente ola de desafecto y dudas sobre la figura de Sánchez entre cuadros socialistas pero que, seguramente, crecerá si el partido recibe un severo correctivo en Andalucía. Unas elecciones que serán decisivas también en la percepción que haya en el PSOE respecto a la utilidad de su secretario general.