La mayoría de los fallecidos el año pasado conocía la técnica. La clave está en otros asuntos, como sobrevalorar nuestras propias capacidades, alertan los expertos
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Regala esta noticia Añádenos en Google 18/08/2026 Actualizado a las 00:02h.Las abuelas, esa fuente de la sabiduría ancestral, siempre andaban al quite: «Ojo en el río que ese niño no sabe nadar»; «atento a la ... pequeña que está jugando cerca del pozo»; «poned cuidado en las piscinas con los enanos»... Aquellos mensajes moldearon nuestra percepción del riesgo y crecimos pensando que el peligro se acababa si aprendíamos a nadar. Sin embargo, no es así. La mayoría de la gente que se ahoga en España domina la técnica de 'crol' perfectamente.
No hay datos de cuántas de estas 472 víctimas sabían nadar pero los socorristas no tienen dudas: la inmensa mayoría. En estos tiempos, los niños aprenden incluso en la escuela. Las causas son otras. La percepción del riesgo es una de las principales. «Valoramos mal nuestro estado físico. Lo sobrevaloramos y olvidamos que cambia, por ejemplo, en medio de una ola de calor», explica Koldo Larrazabal, coordinador de los socorristas vizcaínos desde hace décadas. Hay mayores que se creen inmunes al envejecimiento. Esos que consideran que, si hace 5 años llegaban fácil al islote más lejano de la playa, no hay motivo para no hacerlo ahora y celebrar así el 70 cumpleaños. Pero esta advertencia sobre el estado de forma vale también para los jóvenes: «Incluso un atleta o alguien con una forma física muy buena tiene alteraciones» en sus capacidades con el bochorno.
Nadar no nos blinda ante la posibilidad de morir ahogados. Un cambio brusco de profundidad o una corriente intensa pueden ponernos en aprietos. En nuestras playas, especialmente en las del norte de España, suele haber zonas acotadas por corrientes y también por rompientes. Ahí está prohibido hacerse unos largos. «El golpe de una ola nos puede provocar un traumatismo y dejarnos sin capacidad de respirar», señala Larrazabal.
Mejor en compañía
Todo es más divertido en compañía y, además, si estamos en el agua, es más seguro. Nadie nos libra de sufrir un golpe accidental, un desvanecimiento o una dolencia repentina, como un infarto. En estas situaciones, que alguien esté pendiente de nosotros lo cambia todo. Aunque hay alguna norma básica a tener en cuenta: ante cualquier molestia repentina, «hay que salir inmediatamente del agua», recomienda el coordinador de socorristas. Cuidado, también, a la hora de ayudar a otro: lo primero es avisar a los socorristas, en caso de que los haya. Si no están en ese momento, lanzar desde fuera del agua medios de flotación es mejor que intentar un rescate por nuestra cuenta. No sería la primera vez que la situación termina en un doble ahogamiento.
¿Hay una edad en la que es más peligroso meterse en el agua? Para responder a la pregunta vamos primero a las estadísticas. En los registros, lidera la tabla de ahogamientos la franja entre 65 y 74 años –con 89 víctimas–, seguida por los mayores de 75, que suponen 72 casos. El resto de fallecidos se encuentra en una franja de edad en la que se supone una forma física buena o aceptable: entre la mayoría de edad y los 44 años son un centenar, hasta los 64, otros tantos. Los bebés representan 13 casos y entre los 11 y los 17 años se registraron 24 muertes el año pasado.
En cada tramo, las causas de los accidentes son diferentes. «Los ancianos se ahogan cuando hay una enfermedad o un problema físico», precisa Larrazabal. En los jóvenes, hay cierta influencia de la presión de grupo y los retos de tiktokers. «Cuando pensamos en qué cosas hacíamos cuando éramos chavales, nos damos cuenta de que la mayoría tenía más riesgo de lo que percibíamos y seguramente ya no lo haríamos ahora, de adultos», aporta comprensivo el experto. Menos hay que serlo con el alcohol y otras sustancias: al volante y en el agua, cero cero.
Sin vigilancia
Según el Informe Anual de Ahogamientos, la mayoría de estas situaciones se producen en playas y, concretamente, en calas sin vigilancia. Además, en los ríos se registran más muertes que en las piscinas, pese a que el número de bañistas en esas aguas es mucho menor. Esto tiene explicación: «Tanto en los ríos como en los pantanos no sabemos cómo está el fondo. Igual vemos una calma chicha pero debajo hay corrientes, vegetación y elementos donde nos podemos quedar enganchados y fallecer ahogados», advierte Larrazabal. A lo que hay que unir otro fenómeno: las zambullidas. «Cuando vamos en estas fechas a los ríos es fácil ver saltando al agua a personas que no son de la zona y que ni preguntan a los lugareños dónde hay más profundidad», lamenta.
Evitar cualquier espacio sin socorristas minimiza mucho los riesgos. En el fondo, parece de sentido común. Casi cuesta comprender por qué algo que parece relativamente sencillo cuesta cada año medio millar de vidas en España. Pero es que va a ser verdad la frase de que el sentido común es el menos común de los sentidos.
«Y ahora que me he metido en la corriente, ¿cómo salgo?»
La tendencia natural en una playa es meternos directamente en las corrientes. Los humanos, que no siempre tenemos bien calibrado el instinto. «Es donde ves que no hay rompiente. Por eso, las señalizamos con banderines rojos y alertamos con el silbato», explica Koldo Larrazabal, coordinador de socorristas. De pronto, nos vemos metidos de lleno en la boca del lobo y ahí se disparan los nervios. ¿Qué hacemos en estos casos? «Hay que pedir ayuda lo antes posible». Nada de hacernos los valientes y pensar en que vamos a quedar fatal con los amigos. Cada segundo cuenta: «Está nuestra vida en juego». Como el agua suele empujarnos mar adentro, muchos intentan luchar contra la corriente para salir, pero es un error: «Lo mejor es nadar en paralelo a la playa, no contra ella». Y mantener la calma, que suena fácil pero no siempre lo es.
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