Mi hermosa lavandería
Salvar los cines de verano de Córdoba Regala esta noticia Añádenos en Google 14/09/2026 a las 19:08h.Es una pantalla blanca contra la noche. Es el sonido de una película mezclándose con el de una conversación lejana. Es el calor de Córdoba, ... que, por unas horas, parece soportable. Es una silla que cruje, una cerveza fría, el olor a dama de noche y a salmorejo; alguien que llega tarde y busca su sitio a oscuras; el suelo mojado gracias al riego de albero. Es mirar hacia arriba y recordar que el cine nació, también, para ser visto bajo las estrellas.
Por eso perderlos sería mucho más que cerrar unas salas.
Sería borrar una forma de habitar Córdoba.
En una ciudad cuyo centro histórico corre el riesgo de convertirse poco a poco en un escenario para visitantes, estos cines son lugares vivos. Espacios que todavía pertenecen a quienes viven allí. Que producen comunidad. Que hacen que una ciudad no sea solamente bella, sino respirable y habitable.
Al leer el informe de estas mujeres que luchan ante la especulación desenfrenada y la inoperancia administrativa, entiendes sin equívoco que una ciudad necesita memoria y de lugares donde esa memoria siga ocurriendo
Córdoba, gracias a la pasión y el tesón de Martín Cañuelo, fallecido en 2023, tuvo el privilegio extraordinario de conservar cuatro cines de verano en pleno casco histórico: Delicias, Olimpia, Coliseo San Andrés y Fuenseca. Una tradición que formaba parte de su identidad y que, por su escala, su continuidad y su relación con la ciudad, resultaba excepcional.
Hay ciudades que gastan millones intentando inventar aquello que Córdoba todavía conservaba de manera natural.
Un cine al aire libre en una noche de verano.
Una pantalla entre casas antiguas.
El cielo encima.
El sonido de una película atravesando las calles.
Y cientos de personas sentadas juntas, durante un par de horas, mirando hacia el mismo lugar.
Eso también es patrimonio.
Patrimonio arquitectónico, sí, pero también patrimonio emocional, social y cultural. Y quizá sea este último el más frágil, porque no siempre aparece en los catálogos ni tiene una cifra que permita medirlo.
Un grupo de mujeres cordobesas de diferentes disciplinas –arquitectas, antropólogas, historiadoras– está luchando para que, frente a la especulación desenfrenada y la inoperancia del Ayuntamiento, estos cines sean declarados Bienes de Interés Cultural por la Junta de Andalucía y, para ello, han elaborado un completísimo informe que recoge la memoria de estos lugares ligados a la historia y a la ciudadanía. Al leerlo, entiendes de manera inequívoca que una ciudad necesita memoria, pero también necesita lugares donde esa memoria pueda seguir ocurriendo.
Por eso hoy debemos protegerlos.
No mañana.
Y porque hay noches de verano que solamente pueden suceder en Córdoba, delante de una pantalla blanca, cuando empieza a oscurecer y alguien apaga las luces.
Y entonces, durante un instante, la ciudad entera es una película que termina bien. Ojalá.
«Un día —relata—, mientras pintaba redes de líneas y puntos por toda la superficie del lienzo, mi pincel, contra mi voluntad, se separó del lienzo y comenzó a cubrir la mesa, luego el suelo, y se extendió por toda la habitación con puntos. Sin duda, fue una alucinación». Aterrorizada por esta visión, fue llevada al hospital. Su enfermedad mental fue confirmada.
El éxito le llegó en la década de 1980. Se dedicó entonces a la pintura acrílica en lugar de al óleo, lo que les otorgó a sus lienzos colores vibrantes. Las retrospectivas se multiplicaron, desde Bilbao hasta San Francisco, pasando por Miami y Oporto. Desde 2017, hay un museo dedicado a ella en Tokio. La calabaza cubierta de lunares que colocó en un muelle de la isla/museo de Naoshima se convirtió en objeto de peregrinación. Sus obras y su rostro invadieron pañuelos, bolsos, camisetas, calcetines…
En los últimos años ha vivido rodeada de un séquito de asistentes y respaldada por poderosas galerías. La artista cumplía con todas las peticiones produciendo a un ritmo vertiginoso, colaborando con la marca Vuitton, lo que la ayudó a convertirse en una estrella del pop incluso a riesgo de convertirse en una caricatura de sí misma. Sus entrevistas eran cada vez más extravagantes. «Los seres humanos son algo terrible. ¿Cuántas tazas de café tendrán que beber, cuántos macarrones tendrán que comer antes de morir?», decía en 2012. Hace poco han salido a la luz comentarios absolutamente racistas que pronunció durante su estancia en Estados Unidos. ¿Cómo unir todos esos aspectos de Yayoi Kusama sin perder de vista su enfermedad mental? ¿Se ha convertido ya en una especie de icono a lo Frida Kahlo con acento japonés y el don de la ubicuidad?
Quedan muchos interrogantes en la vida y la obra de la artista. Mientras tanto, el público sigue fascinado con sus instalaciones de espejos que sumergen al visitante en el vértigo del infinito.
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