Escuchar y validar no equivale a evitar enfados: dos expertos recuerdan que los niños también necesitan normas y frustración
Escucha el artículo. 5 min
Escucha el artículo. 5 min
Regala esta noticia Añádenos en Google (Adobe Stock) 25/09/2026 Actualizado a las 00:10h.Toca regresar a casa pero el niño quiere seguir en el parque. Entonces llega el enfado, el llanto o una de esas rabietas que sonrojan ... a los padres y hasta les hacen dudar de si realmente deben marcharse ya. ¿Mantenemos la decisión? ¿Cedemos para que se calme? En situaciones tan cotidianas como esa surgen algunas de las confusiones que acompañan hoy a la llamada crianza respetuosa. Tras años defendiendo una educación sin gritos ni castigos, el debate gira hacia otro punto: qué ocurre cuando el deseo de acompañar al peque se convierte en permisividad para no contrariarlo. ¿Se nos ha ido de las manos?
La diferencia es sustancial. Un niño puede estallar en llanto por no recibir algo en cuanto lo pide, tener que esperar su turno, perder un juego o abandonar un lugar en el que está a gusto. Y ahí el adulto puede reconocer ese enojo sin cambiar la decisión. «Entiendo que estés enfadado porque sé que te quieres quedar jugando, pero aun así toca irnos», pone como ejemplo la psicóloga. «Se puede abrazar la emoción y sostener el límite a la vez». Acompañar es precisamente eso: aceptar que el malestar existe. Ceder sería cambiar la norma para contener las lágrimas o la protesta y, de paso, aliviar la incomodidad del propio adulto.
«Muchas familias han entendido respeto como ausencia de malestar y eso es una confusión importante»
Para entender la importancia de establecer normas, Javier Rodríguez Contreras, doctor en Medicina y miembro del Comité de Salud Mental de la Asociación Española de Pediatría, recurre a una metáfora muy fácil de visualizar. «Los límites delimitan en el campo el espacio concreto en el que se puede jugar. A nadie se le ocurriría ir a una zona de bosque que no conocemos y permitir que un niño se aleje él solo a 2 o 3 kilómetros de distancia».
Esas fronteras, claro, no son estáticas, ni fijas. Conviene adaptarlas «según la edad y el momento de desarrollo», subraya Rodríguez. Y aunque es importante escuchar y considerar las opiniones de los peques a medida que crecen, hay una condición que el pediatra considera irrenunciable: «Recordar siempre que quien está en el timón del barco es, y debe ser, el adulto».
Aportar seguridad
Banderas observa un fenómeno curioso en consulta. Habla de menores con «conductas cada vez más desafiantes buscando, paradójicamente, el límite que nadie les pone». Porque, según explica la también autora de 'Habla con ellos de pantallas y redes sociales', una norma no solo sirve para frenar un comportamiento: también aporta seguridad. «Un niño sin referencias claras no se siente más libre, se siente más desorientado y, muchas veces, más ansioso».
El miedo de muchos padres a hacer daño, a repetir una educación autoritaria o a que una negativa deje huella puede complicar esa tarea. «Un niño necesita una infancia donde la frustración se acompañe», aclara Banderas. Rodríguez también considera que enfrentarse a pequeños contratiempos adaptados a la edad constituye «un aprendizaje imprescindible» para ir entrenando estrategias de regulación emocional y aprender que las dificultades forman parte de la vida.
Cuando los padres evitan que sus hijos afronten dificultades, puede resentirse la autonomía. Rodríguez advierte de que si nunca se permite al niño enfrentarse a un problema, tampoco puede entrenar las habilidades necesarias para resolverlo. El riesgo es acabar dependiendo siempre de que otro elimine el malestar y desarrollar una sensación de «incompetencia, de dependencia, de inseguridad y de falta de una autoestima sana».
Entonces, ¿cómo llevar a la práctica una crianza respetuosa sin caer en ninguno de los extremos? El punto de partida lo tiene muy claro Banderas: «Un adulto no puede regular a un hijo desde su propia desregulación». Y por más que se lea y se estudie sobre el asunto, nadie está exento de gritar en el peor momento del día porque el cansancio, la rabia o la frustración también forman parte de la vida adulta. «Todos vamos a perder los nervios alguna vez, vamos a levantar la voz, vamos a equivocarnos en el tono o en la forma», admite la psicóloga.
Cuando algo así ocurre, es fácil sentir que se ha fallado como padre o madre. Sin embargo, Banderas pone el acento en cómo actuar tras el error: «Volver, mirarle y decir 'antes he gritado, no debí hacerlo, lo siento, hablemos'». Ese gesto permite enseñar también que los errores pueden reconocerse y los vínculos recomponerse. «No se trata de no fallar nunca, sino de retroceder e intentar reparar».
Rodríguez reconoce igualmente que los problemas y el cansancio del adulto «nos pondrán una zancadilla» más de una vez. No hay una receta infalible, pero sí cuatro ingredientes que, a su juicio, ayudan cuando toca mantener una norma en pleno enfado: «Calma, comprensión, cariño y firmeza». Y práctica. Mucha práctica.
Trabajos, pantallas y cuidados delegados, la otra cara del problema
No siempre que faltan normas en casa hay detrás una crianza respetuosa llevada al extremo. Javier Rodríguez Contreras, pediatra de Atención Primaria, advierte de que las razones pueden ser muy diferentes. Hay familias en situación vulnerable en las que «la necesidad de sobrevivir dificulta una adecuada crianza» y otras en las que los adultos están de alguna manera «ausentes» porque buena parte de su atención está volcada en el trabajo, el éxito profesional o las redes sociales. En algunos hogares, además, ese ritmo de vida lleva a delegar buena parte del cuidado cotidiano de los hijos en familiares o en personas contratadas para ello. También influyen, señala el experto, la inseguridad y el miedo de algunos padres a provocar daño emocional cuando dicen «no».
- Temas
- Redes sociales
- Educación