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Vivir | Relaciones humanas ¿Seguro que no hay ni pizca de maldad en ti?Esta fórmula dice lo contrario
Lunes, 23 de febrero 2026, 19:00
... cerca de casa, el dramaturgo español Jacinto Benavente dejó escrito que «lo peor que hacen los malos es obligarnos a dudar de los buenos». Hablamos mucho del mal, que se cuela en el refranero y hasta en los estudios neurocientíficos, pero en realidad, sabemos poco de él.1. La biología hace la puñeta
«Me viene a la cabeza un caso bastante conocido en EE UU. Era un hombre normal, que empezó a tener comportamientos muy extraños, con pornografía infantil incluso. Le identificaron y le condenaron y se dieron cuenta de que el cambio de comportamiento había comenzado con un tumor cerebral. Se lo extirparon y volvió a ser el de antes. Tiempo después notó que volvía a tener una conducta rara y esa vez pidió ayuda y era lo mismo, que volvía a crecer otro tumor. Ahí lo biológico tenía un gran peso», valora el experto. Nada justifica, ni mucho menos, semejante comportamiento aberrante, pero quizá sí pueda servir para contextualizarlo.
2. La presión
Esto quizá sea más fácil de entender. Qué no seríamos capaces de hacer cualquiera de nosotros en situaciones extremas. Para salvar a un hijo o proteger a cualquiera de los nuestros, por ejemplo. «El modo más claro para entender el peso que puede tener la situación se observa en que existe un atenuante, que puede ser incluso una eximente, que es el estado de necesidad. Alguien está tan acuciado que hace lo que sea necesario, aunque vaya contra nuestras creencias», explica Soto.
3. El contexto
Imaginémonos en medio de una guerra. «Se hacen cosas que en otro contexto serían inaceptables. Pero ahí sí se aprueban y se ven como correctas», concreta. «Todos traemos una mochila genética, pero se tiene que dar una situación que propicie la expresión de esos genes», detalla Enrique Soto. Esto asusta un poco. ¿Estamos rodeados de potenciales delincuentes y seres violentos? «Ahora hay varias guerras, alguna en Europa. Quienes nacen con una predisposición a la violencia se integrarán como soldados sin ningún problema. Oficinistas anodinos que, de un día para otro, estarán cómodos torturando al vecino. Esa es la base. «Otra persona, con ese mismo equipaje genético, si recibe una educación correcta y está en un entorno tranquilo, no lo desarrolla en absoluto».
... ¡y llega el cóctel!
Entonces, cuando hacemos algo malo -casi nadie es un alma tan pura como para no convertirse en un villano (aunque sea pequeñito) alguna vez-, ¿cómo se combinan estos factores? «Unas veces tiene más peso lo biológico, otras lo situacional, otras la cultura, pero suele ser una mezcla de todo eso que varía en intensidad. Así que hay que estudiar caso a caso si queremos saber qué ha llevado a una persona a cometer una maldad».
¿Alguna de las tres variables es más relevante? «Yo creo que lo más importante es la situación. Casi podemos decir eso de que 'cualquier persona ante una situación determinada es capaz de hacer cualquier cosa'». Si la presión llega a una cota, se actúa casi por impulso. «Y eso pasa en lo bueno y en lo malo. Hay gente que dice que no se tiraría al mar para salvar a alguien y, llegada la situación, se tira».
La falta de escrúpulos marca la diferencia
Se habla mucho de los psicópatas integrados, esas personas que tenemos alrededor, que no están presionadas ni viven en un ambiente violento que 'explique' sus maldades. Y tampoco parecen tener una causa física detrás de sus fechorías. Sin embargo, ahí están, boicoteando la vida a los demás. ¿Quiénes son los malos? ¿Podemos distinguirlos? «Siempre digo lo mismo: si vemos a personas con muchísima ambición y sin escrúpulos, lo son. Y si eso se traduce en daño, sí, estamos ante un psicópata integrado».
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