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José IbarrolaCarmela del Moral
Responsable de Políticas de Infancia de Save the Children España
Viernes, 20 de febrero 2026, 00:21
... sin aplicar ningún tipo de ética ni control, es una amenaza para los derechos de niños, niñas y adolescentes. La 'todopoderosa' IA de una de las redes sociales más masivas a nivel mundial ha sido utilizada por sus usuarios para desnudar fotografías de mujeres, niñas y niños: la generación de material de abuso sexual infantil a un clic.¿Por qué, de entre todas las posibilidades que ofrece la inteligencia artificial, hay empresas que optan por ofrecer este tipo de funcionalidades? ¿Por qué, de entre todas las posibilidades 'creativas' que ofrece la IA generativa, hay usuarios (mayoritariamente hombres) que deciden utilizarla para vulnerar los derechos de la infancia y de las mujeres? Por el mismo motivo por el que los vídeos e imágenes protagonizados por niñas en redes sociales se llenan de comentarios pedófilos; por el mismo motivo por el que, a finales del año pasado, el mundo se escandalizaba ante la venta de muñecas sexuales con apariencia de niñas. Porque la sexualización de la infancia, especialmente de las niñas, se normaliza y no tiene consecuencias para quienes la promueven, la aplauden o son partícipes de la misma.
Debemos exigir responsabilidades individuales y a las empresas que monetizan estas acciones
Así, el porno está plagado de vídeos que simulan relaciones entre adultos y menores de edad. Por ejemplo, de redes sociales de niñas que no tienen edad para usarlas bailando coreografías sexualizadas o llevando a cabo «rutinas faciales» ante los ojos de cualquiera que tenga acceso a la cuenta o de vídeos que promocionan y normalizan las relaciones de chicas jóvenes con 'sugar daddies'. También de 'influencers' infantiles que, al cumplir los 18, se abren una cuenta de OnlyFans, para regocijo público de miles de hombres adultos que las llevan siguiendo desde niñas.
La sexualización y objetificación de (mayoritariamente) las niñas se convierten, así, no solo en una realidad de la que podemos ser testigos con solo desbloquear nuestros teléfonos móviles, sino también en una oportunidad comercial para plataformas que, principalmente, operan en internet. En resumen, sexualizar a niñas y adolescentes supone una fuente de ingresos. En parte, de nuevo, porque las consecuencias legales no existen, son insuficientes o no son lo suficientemente rápidas. Y, por otra parte, porque seguimos teniendo la sensación de que lo que ocurre en la red no es del todo real. Internet sigue percibiéndose como una suerte de éter en el que se mueven distintas fuerzas y corrientes, sin nadie que sea verdaderamente responsable o que verdaderamente las sufra. En consecuencia, todo acaba valiendo, todo acaba siendo pasado por alto. Con suerte, la opinión pública se ocupa durante un par de días del asunto, para luego pasar al siguiente drama o escándalo de la semana.
Es nuestra obligación parar esta dinámica, cambiar esta percepción. Lo que sucede en internet tiene consecuencias en el mundo real. La banalización de las imágenes sexualizadas de niños, niñas y adolescentes tiene un impacto en cómo se percibe a nivel social esta realidad, y el termómetro de la tolerancia hacia determinados discursos y actitudes se va moviendo hacia una normalización de determinados abusos y agresiones. La hipersexualización impacta en cómo se autoperciben las niñas y las adolescentes, en dónde sitúan su valor social y qué tipo de dinámicas y relaciones afectivas y sexuales toleran y asumen. Por no hablar de que no hay nada artificial en el dolor, el sufrimiento y el impacto en el desarrollo de las víctimas de las distintas formas de violencia sexual digital.
Por ello, debemos exigir actuaciones claras y responsabilidades concretas no solo a los individuos que perpetúan estas acciones, sino a las empresas que las facilitan y monetizan. En internet no todo puede valer, no todo puede comercializarse, vulnerar derechos no puede salir gratis. Sabemos que hay avances legales, que nuestro Estado está poniendo en marcha legislación, también la UE. Pero no es suficiente, ni se está desarrollando lo suficientemente rápido. Tenemos que dejar de normalizar actitudes, imágenes y discursos; cambiar nuestro propio uso de las tecnologías, protegiendo la imagen de los niños y las niñas de nuestro entorno, para limitar su exposición a la violencia digital; educar en un uso responsable y adecuado de las tecnologías; y fomentar, entre todas, un discurso crítico ante los avances tecnológicos.
Ante el desarrollo de una inteligencia artificial carente de ética, fomentemos comunidades humanas con pensamiento crítico, herramientas y la sensibilidad y dignidad suficientes como para proteger a la infancia y adolescencia de la sexualización y la objetificación.
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