La prioridad de los socios que acompañan a Sánchez y que ahora encabezan la movilización por la vivienda no es acabar con la escasez sino con la propiedad.
Dice Pedro Sánchez que "el Gobierno de la gente se va a dejar la piel hasta el último minuto del mandato por causas que, como la vivienda, merecen la pena". Lo dice 270.000 desahucios después de llegar al poder. Lo dice el presidente que menos vivienda pública ha construido desde que se reinstauró la democracia, a pesar de haber recaudado 116.000 millones de euros más. Y no por una brillante gestión sino por, fundamentalmente, freír a impuestos a los españoles al no deflactarles el IRPF, incrementando su esfuerzo fiscal en 7,5 puntos.
Lo dice el atleta que cuenta con récords tan poco presentables como haber logrado dejar a oscuras a este país, acabar una legislatura sin haber aprobado un solo presupuesto o irse de vacaciones quince minutos después de que invadan tus fronteras. El señor que comerciaba con indultos y amnistías, mientras construía muros. El mismo que dijo hace solo unos días que "cuando el Congreso da la espalda a lo que se vive en la calle, el Gobierno no puede mirar para otro lado", una frase que unida a aquella otra de gobernaremos "con o sin el concurso del poder legislativo" no desentonaría como epitafio en la tumba de ningún golpista. Si esto lo hubiera dicho Abascal, quienes ahora justifican ciegamente a Sánchez estarían echando las muelas y con razón.
A principios del siglo pasado, Victor Lustig se hizo famoso por hacerse pasar por un funcionario del Gobierno francés y vender hasta en dos ocasiones como chatarra la Torre Eiffel. Tenía una capacidad innata para adoptar identidades falsas con las que engatusaba a gente crédula. Era comprensible porque ni había redes sociales ni fácil acceso a la hemeroteca y seguro que en aquellos años muchos todavía pensaban que el símbolo de París era una aberración que debería ser achatarrada. Lustig llegó a timar al propio Al Capone. Hoy tal engaño sería imposible. Tan imposible como que Sánchez con ayuda de estos socios acabe con el problema de la vivienda. Intentaré explicarlo.
La izquierda arrastra traumas que le impiden dar solución a la escasez de vivienda y basta con echar un vistazo a sus propuestas recientes para comprobarlo. El primer problema es que sigue mamando de una ideología tan obsoleta como el marxismo clásico y de la idea de que la propiedad de los medios de producción o del capital sirve para explotar al trabajador y arrebatarle de esta manera la plusvalía. De ahí que crea que quien tiene más de una vivienda y la alquila es ya un explotador, llámese rentista.
La razón por la que aparentemente van solo contra el gran tenedor y no contra el pequeño obedece no a un principio sino a un interés electoral. Entienden que los votantes ligados a un gran fondo buitre, como ellos denominan a casi cualquier cosa, son pocos, pero los propietarios con derecho a escrutinio con al menos un inmueble que alquilan son muchos (alrededor de cuatro millones en España), con lo cual intentan disimular. Le odian igual que al gran fondo, pero le ocultan su animadversión para que no deje de votarles.
La función social del gran propietario y el pequeño es exactamente la misma. Ambos alquilan sus inmuebles en el mercado. En sus casas vive gente que o no tiene suficiente para comprar una vivienda o ha optado por pagar un alquiler. Son figuras que siempre han estado ahí y nadie se había fijado en ellas hasta que ha sido necesario buscar un chivo expiatorio.
Los traumas de esta izquierda chocan además con varias premisas básicas que el economista Juan Francisco Jimeno recordaba estos días para hacer una buena política de vivienda. La primera y más importante es que no puede haber derecho a vivienda sin viviendas suficientes. Es como decir que vas a acabar con el hambre en el mundo sin producir alimentos. Y en España faltan 750.000 viviendas y el déficit no para de crecer.
La segunda es que no puede haber vivienda suficiente si la inversión inmobiliaria no es rentable. De la misma manera que nadie trabaja por amor al arte, el que invierte en vivienda se va a otra actividad si no hay retorno. Estaríamos obligando al Estado a construir esa vivienda, detrayendo recursos de actividades como educación, sanidad, infraestructuras o Televisión Española.
La prioridad de los socios que acompañan a Sánchez y que ahora encabezan la movilización por la vivienda no es acabar con la escasez sino con la propiedad. Y toda su producción legal ha estado orientada a ese fin. Incluso han negado constantemente la existencia de esa escasez, mientras soñaban con grandes tenedores que acumulaban viviendas vacías con el único objetivo de practicar el mal y hacer sufrir a la gente.
Esta es la única razón por la que en España, el país constructor por antonomasia, no se construye la vivienda que se necesita. Esta es la razón por la que, con un Gobierno de izquierda, se ha construido menos vivienda que nunca.
Es lo que viene a ser esa frase que se le atribuye falsamente a Churchill, pero que serviría perfectamente para ilustrar el problema: "Si pones a comunistas a cargo del desierto del Sáhara, en cinco años habrá escasez de arena". Pues Sánchez se presenta a las elecciones subcontratando la política de vivienda a los mismos que barrerían el Sáhara. Si te venden la Torre Eiffel como chatarra una vez, el culpable es el timador; si te la venden dos veces la culpa es tuya.
Iñaki Garay, director adjunto de EXPANSIÓN
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