Viernes, 03 de julio de 2026 Vie 03/07/2026
RSS Contacto
MERCADOS
Cargando datos de mercados...
Internacional

Sobre la cobardía moral

Sobre la cobardía moral
Artículo Completo 1,009 palabras
Puede derivar en una suerte de resignación que opta por no participar en cualquier foro de la palabra o, como se apuntaba, por no hacer nada

LA TRIBUNA

Sobre la cobardía moral

Puede derivar en una suerte de resignación que opta por no participar en cualquier foro de la palabra o, como se apuntaba, por no hacer nada

Regala esta noticia Añádenos en Google

JOSÉ F. JIMÉNEZ TRUJILLO. PROFESOR DE HISTORIA

03/07/2026 a las 02:00h.

En su último y luminoso ensayo, Alejandro Gándara reflexiona sobre la cobardía moral, a la que nadie es ajeno, y que deriva de no hacer ... nada con lo que sabemos. Cuando el ser humano esconde su conocimiento de las cosas y decide no actuar, o simplemente callar, atenta a su propia dignidad. «La cobardía moral -escribe- es el más desalentador de los espectáculos cuando no va seguida de su propia confesión y cuando no hace nada con ella. No es un cáncer, es un suicidio. O un genocidio». La comprobación está en los telediarios.

La cobardía moral también puede derivar en una suerte de resignación que opta por no participar en cualquier foro de la palabra o, como se apuntaba, por no hacer nada. A ello ha contribuido el que dos principios básicos en el debate democrático se hayan ido diluyendo. Uno, la crítica del poder, de cualquier poder. Una crítica que sólo se hace efectiva cuando no gobiernan «los míos» y, entonces, es posible ver la calle clamar de banda a banda con el insulto más vulgar (la verdadera ofensa requiere también de un ejercicio de inteligencia) o leer en las redes un vómito continuado. Y a la viceversa. Los acólitos del poder en cualquier instancia sienten la necesidad de justificar o minimizar los errores -incluso los más clamorosos-, y en demérito de una alternativa que se califica de inepta o reaccionaria. O más corrupta.

Un segundo principio atañe a la escucha. Se ha convertido en una ingenuidad, cuando no en una sospecha, prestar oídos al que piensa de otra manera. Cambiar el telediario de una a otra cadena o leer otra cabecera periodística es, como poco, una pérdida de tiempo. Y, sobre todo, escuchar al discrepante viene a ser darle la razón. Mejor atender los mensajes de quien me refuerza en mis principios, no vaya a ser que me los cambie. Salirse del camino y de los propios preceptos parece peligroso. No estaría mal una relectura de «El miedo a la libertad» de Erich Fromm que es un miedo que corroe las bases de la democracia y que deriva en soluciones fáciles y autoritarias. Cualquier clase de populismo bebe en estas aguas. El fascismo, también.

Sólo faltaba en este panorama que Dios viniese a verlo. En el centro del poder más importante del mundo -del que se usa y se abusa- un presidente aparece arropado por una cohorte de dignatarios religiosos que bendicen sus decisiones. Al otro lado del Mediterráneo todavía parece que la Tierra Prometida no ha encontrado sus fronteras definitivas en esa tierra que, Dios mediante, les pertenece. Más allá, un régimen teocrático postula toda una forma de vivir a una sociedad que gobierna despóticamente; Y la Europa ilustrada, cristiana vieja, la que presumía de ser un faro moral, se quedó sin luz ante los horrores de Gaza. Ante todo ello es fácil de imaginar a Moisés, si volviera, rompiendo de nuevo en mil pedazos la piedra en que grabara, entre otros, aquel mandato de «no usarás el nombre del Señor tu Dios en vano». Dicho de otra manera, también existe una mística de la cobardía moral.

Esa cobardía asoma igualmente en la política en relación a la vida diaria de los ciudadanos. Las trifulcas partidarias y los escándalos propios y ajenos se mezclan con asuntos capitales como el de la vivienda. Todos sabemos de este drama -cuando no, tragedia-, visible desde hace años. Todos saben que las propuestas discordantes -cada uno con la suya- apenas son alivios para un problema que ya es calamitoso para el país. Y todos saben también que se necesita de un acuerdo nacional para su abordaje, incluyendo instituciones y agentes sociales de todos los niveles. Pero también parece asumido que hoy aquella foto del 25 de octubre de 1977 en la firma de los Pactos de la Moncloa por parte de todas las fuerzas políticas, incluidas las nacionalistas, es una quimera. Allí se acordó, por ejemplo, una construcción masiva de centros escolares por todo el país que generase cientos de miles de plazas y que se hiciera posible una enseñanza universal y gratuita. Hoy en la geografía urbana de nuestra ciudad se pueden ver ejemplos de aquellos colegios uniformes, básicos, pero que aseguraban la educación en barrios obreros y emergentes.

Es un buen espejo. Otro más de la hoy cuestionada Transición. Tuvo sus sombras, sin duda, azuzada por sus propios miedos. Pero, entonces, los que sabían decidieron que tenían que hacer algo con su saber. La cobardía moral les podía llevar al abismo y escogieron el pacto. Aquel año la inflación, también se sabía, podía rondar el 30%. Hoy, que nos preocupa que supere el 3% y que la economía parece que va como un cohete, los que saben no aparecen juntos en ninguna foto.

O es que tal vez no saben. Quizás habría que recurrir, entonces y en tiempos de la Inteligencia Artificial, al sentimiento de la compasión que explicaba Sócrates. No se trata de tener lástima, sino de comprender su ignorancia; y de que lo que se necesita es una actitud compasiva para poder educarlos en el descubrimiento de la verdad. Lo que ocurre es que para ello hay que usar el diálogo y la razón. ¡Áteme usted esas moscas por el rabo!

comentarios Reportar un error
Fuente original: Leer en Diario Sur - Ultima hora
Compartir