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“Solo 8 puntos separan a Alonso de 5 títulos mundiales”: lo que los expertos dicen sobre su carrera

“Solo 8 puntos separan a Alonso de 5 títulos mundiales”: lo que los expertos dicen sobre su carrera
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Fernando Alonso, piloto de Aston Martin F1 Dos de los periodistas más respetados de la Fórmula 1, Mark Hughes y Edd Straw, analizan la figura de Fernando Alonso: su capacidad única para el pilotaje, los títulos que se le escaparon y cómo su propia inteligencia ha definido —para bien y para mal— su carrera. Hay una estadística que circula entre quienes siguen la Fórmula 1 de cerca y que, cada vez que se menciona, provoca el mismo efecto entre los aficionados de Fernando Alonso: el inevitable lamento de lo que pudo ser y no fue. Mark Hughes, uno de los analistas técnicos más rigurosos del periodismo de motor, la resume así: si se redistribuyeran ocho puntos de forma diferente a lo largo de la carrera de Fernando Alonso, el asturiano no tendría dos títulos mundiales, sino cinco. Ocho puntos. el equivalente a lo que vale un sexto puesto en la era actual. La diferencia entre una leyenda reconocida y una de las carreras más injustamente valoradas en la historia del deporte del motor. «Nunca he conocido a un personaje tan talentoso y brillante en lo que hace, y que a la vez tenga una necesidad tan fuerte de contárselo a todo el mundo»Edd Straw, periodista y experto en Fórmula 1 El piloto que los números no reflejan Dos títulos mundiales (2005 y 2006) es el registro oficial de Fernando Alonso en la Fórmula 1. Para Hughes, esa cifra es, sencillamente, engañosa. ¿Por qué? El piloto asturiano tuvo tres opciones serias de ganar más campeonatos: 2007, 2010 y 2012. En la primera, Kimi Räikkönen se hizo con el título por un punto, mientras que en la segunda y en la tercera el campeón fue Sebastian Vettel, que superó al español por cuatro y tres puntos respectivamente. «Lo lamentable es que las circunstancias de su carrera no se ajustan del todo a su nivel», explica el periodista británico. «Dos títulos mundiales lo subestiman enormemente. Pero eso es simplemente una consecuencia de cómo funciona este deporte». La estadística de los ocho puntos no es una hipótesis caprichosa. Remite a momentos concretos, a vueltas específicas, a malas decisiones. En definitiva, a temporadas en las que Alonso estuvo ahí, compitiendo al límite, y en las que el resultado final premió a otro piloto. En un deporte donde el coche importa tanto como el piloto, Alonso pasó buena parte de su carrera compitiendo con monoplazas inferiores, y aun así estuvo realmente cerca. «Ese es el gran relato de su carrera», expresa Hughes. «Y existe esa gran estadística: si se distribuyeran ocho puntos de forma diferente a lo largo de sus temporadas, tendría cinco títulos». Edd Straw y Mark Hughes radiografían al Fernando Alonso piloto y persona Lo que siente Alonso cuando conduce La figura de Fernando Alonso permite realizar un análisis realmente complejo, pero también es aconsejable detenerse en lo más elemental: sigue siendo alguien para quien conducir un coche de carreras es una fuente pura de satisfacción. No es una obligación, ni un trabajo. Es algo más parecido a una vocación, aunque también una necesidad. Hughes lo describe con una precisión que va más allá del tópico: «Es ese puro entusiasmo por conducir. Y está muy, muy satisfecho consigo mismo cuando completa una secuencia de diez vueltas y todas están en media décima de segundo entre sí. Y llega al siguiente Gran Premio y de eso es de lo que te habla». Lo cierto es que es una imagen que dice mucho. No habla de posiciones, ni de puntos, ni de rivales. Habla de consistencia. De control. De la satisfacción de hacer algo difícil de forma impecable y repetida. Eso es lo que mueve a Alonso, y es también, probablemente, la explicación más honesta de por qué sigue en las carreras cuando podría haberse retirado hace años con la reputación intacta. Edd Straw, redactor jefe de The Race y otro de los periodistas con mayor acceso al paddock, añade un matiz más: «Nunca he conocido a un personaje tan talentoso y brillante en lo que hace, y que a la vez tenga una necesidad tan fuerte de contárselo a todo el mundo. Y es genial y honesto». En 2007, Fernando Alonso tenía en la mano su tercer título mundial consecutivo, pero la guerra interna de McLaren acabó regalándoselo a Kimi Räikkönen. La inteligencia que le sirve en pista Hay un consenso entre quienes han cubierto la carrera de Alonso de cerca: dentro del coche, comete errores muy raramente. Hughes es tajante al respecto: «No es inmune a los errores, pero los comete muy rara vez». ¿Qué hay detrás de esa fiabilidad? Una combinación de atributos que Hughes describe con una cadena de adjetivos que bien puede ser una definición por sí misma: «Es muy astuto, sagaz, peleador callejero». No es la elegancia de un Hamilton en sus mejores años, ni la precisión milimétrica de un Schumacher. Es algo más rugoso, más adaptable, más capaz de improvisar bajo presión. La inteligencia de alguien que ha aprendido a leer una carrera como si fuera un tablero de ajedrez en movimiento. Esa capacidad de análisis en tiempo real, esa habilidad para anticipar lo que va a ocurrir dos frenadas más tarde, es lo que ha permitido a Alonso exprimir coches que, sobre el papel, no debían estar donde él los llevaba. Es el núcleo de su talento y la base de su reputación entre sus compañeros de parrilla. La misma inteligencia que le complica fuera de ella Aquí es donde el relato se vuelve más incómodo, y también más interesante. Porque la misma inteligencia que hace de Alonso un piloto excepcional —esa capacidad de análisis, esa desconfianza instintiva, esa tendencia a anticiparse a los problemas—, fuera del coche trabaja en su contra. Straw plantea esta teoría con cuidado pero con claridad: «Me pregunto si a veces piensa demasiado, porque eso combinado con... ya sabes, todo el mundo tiene sus propias características, a veces ve fantasmas, lo que acelera los problemas. No creo que sean defectos que le hayan costado la grandeza, pero definitivamente hay muchas cosas que a veces te llevan a un punto en el que has pensado demasiado las cosas y alimentas tu propia situación de forma negativa». Hughes comparte ese diagnóstico y lo conecta directamente con el tipo de inteligencia que Alonso despliega al volante: «Creo que cuando esas cualidades se aplican fuera del coche en un entorno más sofisticado, a veces juegan en tu contra». Fernando Alonso en 2012, en un circuito de Interlagos en el que perdió su última oportunidad de ser tricampeón.Y es que la Fórmula 1 no es solo una competición deportiva. Es un entorno político, corporativo y mediático de una complejidad extraordinaria. Y en ese terreno, las reglas son distintas. La velocidad de reacción que salva una frenada no sirve necesariamente para navegar una negociación contractual o gestionar una relación con la dirección de un equipo. La cita más lapidaria sobre este asunto no viene directamente de Hughes ni de Straw, sino de Pat Symonds, director técnico de Renault F1 en la época de Alonso. Esta fue recogida por el periodista Ben Anderson en un reportaje publicado en Autosport en 2015 bajo el título El verdadero Alonso: «Es muy inteligente como piloto de carreras en muchos sentidos, pero no siempre es tan inteligente en otros aspectos de la vida». Hughes lo amplía: «Siempre pensé que era el meollo del asunto. Una vez que estás fuera del coche, creo que, ciertamente en sus inicios profesionales, una vez que dejó Renault, McLaren y Ferrari, creo que hubo algunos movimientos que podría haber hecho mejor. Pero no es una falta de intelecto. Es solo que probablemente sea un error de juicio en ese tipo de entorno». El contexto que lo explica Mark Hughes va más allá del análisis de la personalidad de Fernando Alonso y ahonda en sus origenes, en sus raíces asturianas: «Tienes que pensar en sus antecedentes. Su padre era un experto en explosivos en una cantera y lograron reunir suficiente dinero para que compitiera en karts. Era una región de España en la que no hay mucha actividad comercial. Es de ahí de donde viene; son los valores que le inculcaron». Straw matiza, sin desacreditar la lectura: «Como cualquier región, tendrá las mentalidades y culturas un tanto estereotipadas. Pero hay algo de cierto en esto. Es como la mentalidad de Estados Unidos contra el resto del mundo, que creo que él sí comparte. Todos tenemos algo de esto en nuestro pasado». Para ambos, Alonso llegó a la Fórmula 1 con unos valores forjados en un entorno donde la sofisticación política no era una herramienta necesaria. La lealtad, el esfuerzo, la desconfianza ante lo que no se ve venir: activos inestimables en una pista de carreras, pero a menudo poco útiles en los despachos de los grandes capos. La comparación que lo resume todo Edd Straw cierra el retrato con una referencia que, pensándola bien, encaja a la perfección: Muhammad Ali. «Nunca he conocido a un personaje tan talentoso y brillante en lo que hace, y que a la vez tenga una necesidad tan fuerte de contárselo a todo el mundo. Es genial y honesto. Pero sí, te dice algo sobre la psicología de Muhammad Ali, tal vez». Ali era el mejor. Lo sabía. Y necesitaba que el mundo también lo supiera. ¿Por inseguridad o por una convicción tan profunda en su propio talento que el silencio le habría parecido una forma de deshonestidad? Alonso funciona de una manera similar: la necesidad de reconocimiento probablemente no es vanidad vacía; en realidad, es la expresión de alguien que sabe exactamente lo que vale y no consigue asumir que los resultados no siempre lo reflejen.
“Solo 8 puntos separan a Alonso de 5 títulos mundiales”: lo que los expertos dicen sobre su carrera

Dos de los periodistas más respetados de la Fórmula 1, Mark Hughes y Edd Straw, analizan la figura de Fernando Alonso: su capacidad única para el pilotaje, los títulos que se le escaparon y cómo su propia inteligencia ha definido —para bien y para mal— su carrera.

Fernando Alonso, piloto de Aston Martin F1David Plaza[email protected]

Publicado: 18/04/2026 09:00

13 min. lectura

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Hay una estadística que circula entre quienes siguen la Fórmula 1 de cerca y que, cada vez que se menciona, provoca el mismo efecto entre los aficionados de Fernando Alonso: el inevitable lamento de lo que pudo ser y no fue.

Mark Hughes, uno de los analistas técnicos más rigurosos del periodismo de motor, la resume así: si se redistribuyeran ocho puntos de forma diferente a lo largo de la carrera de Fernando Alonso, el asturiano no tendría dos títulos mundiales, sino cinco.

Ocho puntos. el equivalente a lo que vale un sexto puesto en la era actual. La diferencia entre una leyenda reconocida y una de las carreras más injustamente valoradas en la historia del deporte del motor.

El piloto que los números no reflejan

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Dos títulos mundiales (2005 y 2006) es el registro oficial de Fernando Alonso en la Fórmula 1. Para Hughes, esa cifra es, sencillamente, engañosa. ¿Por qué? El piloto asturiano tuvo tres opciones serias de ganar más campeonatos: 2007, 2010 y 2012. En la primera, Kimi Räikkönen se hizo con el título por un punto, mientras que en la segunda y en la tercera el campeón fue Sebastian Vettel, que superó al español por cuatro y tres puntos respectivamente.

«Lo lamentable es que las circunstancias de su carrera no se ajustan del todo a su nivel», explica el periodista británico. «Dos títulos mundiales lo subestiman enormemente. Pero eso es simplemente una consecuencia de cómo funciona este deporte».

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La estadística de los ocho puntos no es una hipótesis caprichosa. Remite a momentos concretos, a vueltas específicas, a malas decisiones. En definitiva, a temporadas en las que Alonso estuvo ahí, compitiendo al límite, y en las que el resultado final premió a otro piloto.

En un deporte donde el coche importa tanto como el piloto, Alonso pasó buena parte de su carrera compitiendo con monoplazas inferiores, y aun así estuvo realmente cerca. «Ese es el gran relato de su carrera», expresa Hughes. «Y existe esa gran estadística: si se distribuyeran ocho puntos de forma diferente a lo largo de sus temporadas, tendría cinco títulos».

Edd Straw y Mark Hughes radiografían al Fernando Alonso piloto y persona

Lo que siente Alonso cuando conduce

La figura de Fernando Alonso permite realizar un análisis realmente complejo, pero también es aconsejable detenerse en lo más elemental: sigue siendo alguien para quien conducir un coche de carreras es una fuente pura de satisfacción. No es una obligación, ni un trabajo. Es algo más parecido a una vocación, aunque también una necesidad.

Hughes lo describe con una precisión que va más allá del tópico: «Es ese puro entusiasmo por conducir. Y está muy, muy satisfecho consigo mismo cuando completa una secuencia de diez vueltas y todas están en media décima de segundo entre sí. Y llega al siguiente Gran Premio y de eso es de lo que te habla».

Lo cierto es que es una imagen que dice mucho. No habla de posiciones, ni de puntos, ni de rivales. Habla de consistencia. De control. De la satisfacción de hacer algo difícil de forma impecable y repetida. Eso es lo que mueve a Alonso, y es también, probablemente, la explicación más honesta de por qué sigue en las carreras cuando podría haberse retirado hace años con la reputación intacta.

Edd Straw, redactor jefe de The Race y otro de los periodistas con mayor acceso al paddock, añade un matiz más: «Nunca he conocido a un personaje tan talentoso y brillante en lo que hace, y que a la vez tenga una necesidad tan fuerte de contárselo a todo el mundo. Y es genial y honesto».

En 2007, Fernando Alonso tenía en la mano su tercer título mundial consecutivo, pero la guerra interna de McLaren acabó regalándoselo a Kimi Räikkönen.

La inteligencia que le sirve en pista

Hay un consenso entre quienes han cubierto la carrera de Alonso de cerca: dentro del coche, comete errores muy raramente. Hughes es tajante al respecto: «No es inmune a los errores, pero los comete muy rara vez».

¿Qué hay detrás de esa fiabilidad? Una combinación de atributos que Hughes describe con una cadena de adjetivos que bien puede ser una definición por sí misma: «Es muy astuto, sagaz, peleador callejero». No es la elegancia de un Hamilton en sus mejores años, ni la precisión milimétrica de un Schumacher. Es algo más rugoso, más adaptable, más capaz de improvisar bajo presión. La inteligencia de alguien que ha aprendido a leer una carrera como si fuera un tablero de ajedrez en movimiento.

Esa capacidad de análisis en tiempo real, esa habilidad para anticipar lo que va a ocurrir dos frenadas más tarde, es lo que ha permitido a Alonso exprimir coches que, sobre el papel, no debían estar donde él los llevaba. Es el núcleo de su talento y la base de su reputación entre sus compañeros de parrilla.

La misma inteligencia que le complica fuera de ella

Aquí es donde el relato se vuelve más incómodo, y también más interesante. Porque la misma inteligencia que hace de Alonso un piloto excepcional —esa capacidad de análisis, esa desconfianza instintiva, esa tendencia a anticiparse a los problemas—, fuera del coche trabaja en su contra.

Straw plantea esta teoría con cuidado pero con claridad: «Me pregunto si a veces piensa demasiado, porque eso combinado con... ya sabes, todo el mundo tiene sus propias características, a veces ve fantasmas, lo que acelera los problemas. No creo que sean defectos que le hayan costado la grandeza, pero definitivamente hay muchas cosas que a veces te llevan a un punto en el que has pensado demasiado las cosas y alimentas tu propia situación de forma negativa».

Hughes comparte ese diagnóstico y lo conecta directamente con el tipo de inteligencia que Alonso despliega al volante: «Creo que cuando esas cualidades se aplican fuera del coche en un entorno más sofisticado, a veces juegan en tu contra».

Fernando Alonso en 2012, en un circuito de Interlagos en el que perdió su última oportunidad de ser tricampeón.

Y es que la Fórmula 1 no es solo una competición deportiva. Es un entorno político, corporativo y mediático de una complejidad extraordinaria. Y en ese terreno, las reglas son distintas. La velocidad de reacción que salva una frenada no sirve necesariamente para navegar una negociación contractual o gestionar una relación con la dirección de un equipo.

La cita más lapidaria sobre este asunto no viene directamente de Hughes ni de Straw, sino de Pat Symonds, director técnico de Renault F1 en la época de Alonso. Esta fue recogida por el periodista Ben Anderson en un reportaje publicado en Autosport en 2015 bajo el título El verdadero Alonso: «Es muy inteligente como piloto de carreras en muchos sentidos, pero no siempre es tan inteligente en otros aspectos de la vida».

Hughes lo amplía: «Siempre pensé que era el meollo del asunto. Una vez que estás fuera del coche, creo que, ciertamente en sus inicios profesionales, una vez que dejó Renault, McLaren y Ferrari, creo que hubo algunos movimientos que podría haber hecho mejor. Pero no es una falta de intelecto. Es solo que probablemente sea un error de juicio en ese tipo de entorno».

El contexto que lo explica

Mark Hughes va más allá del análisis de la personalidad de Fernando Alonso y ahonda en sus origenes, en sus raíces asturianas: «Tienes que pensar en sus antecedentes. Su padre era un experto en explosivos en una cantera y lograron reunir suficiente dinero para que compitiera en karts. Era una región de España en la que no hay mucha actividad comercial. Es de ahí de donde viene; son los valores que le inculcaron».

Straw matiza, sin desacreditar la lectura: «Como cualquier región, tendrá las mentalidades y culturas un tanto estereotipadas. Pero hay algo de cierto en esto. Es como la mentalidad de Estados Unidos contra el resto del mundo, que creo que él sí comparte. Todos tenemos algo de esto en nuestro pasado».

Para ambos, Alonso llegó a la Fórmula 1 con unos valores forjados en un entorno donde la sofisticación política no era una herramienta necesaria. La lealtad, el esfuerzo, la desconfianza ante lo que no se ve venir: activos inestimables en una pista de carreras, pero a menudo poco útiles en los despachos de los grandes capos.

La comparación que lo resume todo

Edd Straw cierra el retrato con una referencia que, pensándola bien, encaja a la perfección: Muhammad Ali.

«Nunca he conocido a un personaje tan talentoso y brillante en lo que hace, y que a la vez tenga una necesidad tan fuerte de contárselo a todo el mundo. Es genial y honesto. Pero sí, te dice algo sobre la psicología de Muhammad Ali, tal vez».

Ali era el mejor. Lo sabía. Y necesitaba que el mundo también lo supiera. ¿Por inseguridad o por una convicción tan profunda en su propio talento que el silencio le habría parecido una forma de deshonestidad? Alonso funciona de una manera similar: la necesidad de reconocimiento probablemente no es vanidad vacía; en realidad, es la expresión de alguien que sabe exactamente lo que vale y no consigue asumir que los resultados no siempre lo reflejen.

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Fuente original: Leer en Motor - Noticias
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