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Sombra de árbol

Sombra de árbol
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Uno de mis deseos ha sido tener mi propio jardincillo, pasar horas bajo las hojas y ramas con grata melancolía
Sombra de árbol

Uno de mis deseos ha sido tener mi propio jardincillo, pasar horas bajo las hojas y ramas con grata melancolía

Regala esta noticia Añádenos en Google Personas disfrutan bajo la sombra de los árboles. (Juan Carlos Roman)

Juan Bas

17/09/2026 a las 00:04h.

Permítanme esta vez una columna sencilla y apacible, un elogio de los árboles y de la lectura a la sombra de sus acogedoras frondas. Necesito ... un poco de aire fresco que no esté enrarecido por la profusión en todas direcciones de incapacidades, mentiras, maquinaciones, impiedades y ramalazos fascistas acompañados con exabruptos que me consternan.

He disfrutado muchas veces de leer libros cómodamente instalado bajo los árboles. Siempre ha sido en jardines de amigos o de hoteles o en espacios verdes de casas rurales de alquiler. Árboles bajo los que las horas de lectura se me han hecho más intensas y absorbentes. Me viene a la memoria un pino mediterráneo en Menorca que me dio cobijo mientras leía los cuentos completos de Ignacio Aldecoa.

Uno de mis deseos poco importantes incumplidos ha sido tener mi propio jardincillo con un buen árbol, un árbol de fuste que me sobreviviera. Pasar muchas horas bajo sus hojas y ramas recibiendo la luz tamizada por su verdor, y observarlo con grata melancolía cuando llueve o soporta una tormenta. Quizá todavía me sea posible, pero lo veo improbable. En fin, seguiré disfrutando de los árboles en los parques públicos. Los principales que he frecuentado a lo largo de mi vida son: el de Doña Casilda de Bilbao, El Retiro de Madrid, el de La Ciudadela de Barcelona y el de María Luisa de Sevilla en la infancia.

Ocupa un lugar especial en mis buenos recuerdos un limonero en el diminuto jardín de una casita rural, también muy pequeña, en Niembro, un pueblo del concejo asturiano de Llanes. La casita estaba en el alto (el pueblo es en cuesta), cerca de la hermosa playa. Era agosto de 1995. No recuerdo qué libros leí sentado bajo aquel árbol (del que la dueña de la casa nos dijo que podíamos coger limones, que salían muy buenos), pero sí a Ángela muy embarazada, ya que nuestra hija nació al principio de octubre, la armonía, lo que me gustaba mirar los limones en contrapicado cuando levantaba la vista del libro y notar el perfume que emanaba de su piel cuando sostenía uno en la mano libre y cerca de la cara. En aquel momento no sabía que era feliz; lo supe bastantes años después, por contraste.

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Fuente original: Leer en Diario Sur - Ultima hora
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