JOSÉ M. DOMÍNGUEZ MARTÍNEZ. CATEDRÁTICO DE HACIENDA PÚBLICA DE LA UNIVERSIDAD DE MÁLAGA
Domingo, 15 de febrero 2026, 01:00
... Premier League. Noble se remite a una investigación reseñada en 'Soccernomics', de Simon Kuper y Stefan Szymanski, para proporcionar una sorprendentemente rápida respuesta negativa, respaldada, días después, por el consejo editorial del mismo periódico.Tan firme es su creencia en esa visión de que los entrenadores no tienen incidencia en la marcha de sus equipos que proclaman lo siguiente: «Parecen añadir tan poco valor que es tentador pensar que podrían ser reemplazados por sus secretarios, por sus presidentes, o por ositos de peluche, sin que cambien las posiciones de sus clubes en la liga». La obtención de buenos resultados es vista simplemente como uno de los criterios para la contratación de los entrenadores, a los que también se puede atribuir el rol de representación del espíritu de un club o el de aunar, gracias al carisma, los distintos grupos de interés.
Para sustentar su tesis señalan que los principales clubes futbolísticos tienen acceso a las mejores prácticas existentes en el mundo, y se mueven en un mercado con información casi perfecta. Por ello, consideran que muy pocos entrenadores pueden marcar una diferencia. Y se preguntan por qué la actuación de estos varía a lo largo del tiempo mucho más que la de los jugadores. Los buenos deportistas pueden tener momentos malos, pero, en general, mantienen esa condición y no se suele proponer que sean despedidos. En contraposición, «la historia de la gestión deportiva está plagada de tipos nombrados como mesías y que luego son despedidos como perdedores».
En fin, Kuper y Szymanski arguyen que la obsesión general con los entrenadores es fruto de una versión de la teoría del 'gran hombre', sustentada en la idea de que hay individuos prominentes que cambian el curso de la historia. La imagen del sacrificio humano de los aztecas es la elegida para ilustrar los episodios de despido de los responsables del vestuario, que suele verse como la salida más obvia cuando un equipo se ve sumido en una situación crítica, de mayor o menor intensidad en función del grado de paciencia de los dirigentes deportivos, de la actitud de los propietarios, y también de los recursos presupuestarios a su alcance.
Si el diagnóstico señalado acerca del impacto de los técnicos nos parece limitado, nos encontramos otros que incluso lo rebajan, como es el caso del difundido por la consultora deportiva 'Twenty First Group' (TFG), según la cual solo el 2% de los entrenadores mejora significativamente la probabilidad de victoria subyacente de un equipo de fútbol profesional.
Aun siendo interesantes los análisis de este tipo, resultaría aconsejable no eludir la extraordinaria complejidad del proceso productivo de un club deportivo profesional. A diferencia de una organización o de una empresa que actúa en el mercado, su posición depende de una amplia gama de factores, algunos de ellos completamente fuera de su control: estrategia deportiva, sostenibilidad financiera, jugadores (cualificación, experiencia, motivación, rendimiento efectivo), efecto ambiental, actuación arbitral, nivel y comportamiento de los equipos rivales, azar, tácticas, y reacciones a circunstancias del juego, entre otros. Evidentemente, en mayor o en menor medida, todas estas variables influyen en los resultados, pero se antoja un tanto extraño no atribuir una gran trascendencia a quien se convierte en la referencia de un equipo y asume la misión de integrar, en cada partido, todos los elementos gestionables, además de adoptar de manera inmediata las decisiones necesarias con la información disponible y las restricciones existentes.
Según TFG, «el éxito real y sostenido de un club requiere un horizonte de diez años, pero muchos clubes mantienen una responsabilidad de tres años mientras construyen tiendas de campaña en lugar de catedrales». Es posible que así sea, pero ¿podría construirse o repararse una catedral sin contar con un arquitecto? ¿Haría falta alguien con experiencia y conocimientos específicos, o bastaría alguien dotado, exclusivamente, de las denominadas 'soft skills'?
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